¿Qué tienen en común el sadomasoquismo y Satie?

Pocas veces una música parece tan alejada de las imágenes que acompaña y, a la vez, tan inevitable para ellas mismas. Esa es la sensación que provoca la Gymnopédie núm. 1 de Erik Satie en la película Pillion, interpretada con errores, imprecisiones y fuera de tiempo por el motard dominante y protagonista de la película, el Ray (el actor Alexander Skarsgård), cuando lo escucha el otro protagonista, el sumiso, el Col (Harry Melling). Harry Lighton ha hecho una película que muestra desde una óptica a la que no estamos acostumbrados una relación sado-masoquista. Podría haber optado por una banda sonora densa, inquietante o explícitamente sexual. En cambio, escoge una de las obras más contenidas y silenciosas de la historia de la música. La decisión no es casual. Satie no acompaña la narración sino que la transforma.En la antigua Grecia las gimnopedias eran unas fiestas rituales de jóvenes desnudos, celebradas principalmente en Esparta en honor de Apolo y en representación de la disciplina, la belleza, la fortaleza y la armonía entre cuerpo y espíritu. Más que una celebración de la desnudez, el cuerpo era concebido como un espacio de formación moral y de cohesión colectiva. En Pillion, disponible en Filmin, el homoerotismo pasa por los códigos de las relaciones BDSM y, a pesar de que parezcan estar totalmente alejados de cualquier armonía, de cualquier formación moral, no es así.

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Cuando Erik Satie compone las tres Gymnopédies en 1888 no pretende reconstruir esta tradición griega, sino evocar su espíritu desde la sensibilidad simbolista. Apuesta por la lentitud, la repetición, la simplicidad y una atmósfera de suspensión temporal que invita a huir del tiempo y a explorar una nueva realidad. Precisamente por eso su presencia en Pillion resulta tan significativa, porque convierte la relación BDSM en un ritual en el que la música no acentúa la violencia ni el erotismo, sino que desplaza la atención hacia el consentimiento, la vulnerabilidad, la confianza, la admiración y el desprecio. La interpretación de la pieza en un Clavinova en casa de Ray y la versión con sintetizadores creada por el compositor de la banda sonora musical, Oliver Coates, cuando van en moto nos hacen evadir de la realidad a la que estamos acostumbrados, porque desactivan cualquier tentación de morbosidad, porque obligan al espectador a mirar de otra manera, a escuchar de otra manera y a intentar entender que cuando entre dos personas hay una convención "degradante y enfermiza", calificada así por la mayoría, quizás haya que entender más las complejidades psicológicas que se nutren de una luz que es entendida mayoritariamente como oscuridad.Es aquí donde Pillion adquiere una dimensión filosófica en la que la sumisión no aparece como una anulación del sujeto, sino como una manera particular de construirlo. Gilles Deleuze defendió que el masoquismo no es el contrario del sadismo, sino una estructura propia basada en el ritual, el contrato y la espera. La película parece recoger esta intuición, ya que el poder no es solo imposición, sino también una forma de comunicación profundamente codificada desde el ángulo de una sensibilidad inhóspita y cruel, en el caso de Lighton.El contraste entre la delicadeza musical (y de muchas de las imágenes) y la dureza aparente de las prácticas BDSM es lo que hace tan poderosa la película. Lejos de juzgarlas o de exotizarlas, las sitúa dentro de un mundo de una innegable complejidad humana. Para algunas personas, dentro de una relación plenamente consensuada y basada en la confianza, el dolor y la humillación pueden dejar de ser experiencias negativas para convertirse en formas de placer y, hasta incluso, de sublimidad. No porque el sufrimiento tenga un valor en sí mismo, sino porque es resignificado dentro de un ritual compartido en el que el cuerpo, el deseo y la vulnerabilidad adquieren un nuevo sentido. Y en el que la sublimidad del cuerpo se expone voluntariamente ante sus propios límites. El dolor deja de ser solo una sensación física y se convierte en una experiencia de transformación y una suspensión temporal de las jerarquías cotidianas que permite explorar formas diferentes de identidad, de relación con el otro y de una libertad encadenada. Aunque cueste de entender.Pillion, con esta amalgama de sentimientos contrapuestos, obliga al espectador a abandonar los prejuicios. Lo que emerge no es una historia sobre el poder, sino sobre la fragilidad humana, sobre la necesidad de ser visto, aceptado y amado a pesar de que el camino sea la degradación y la denigración.Quizás esta es la gran lección de Pillion: entender la posibilidad de salir de nosotros mismos durante los 106 minutos que dura la película. El dolor deja de ser solo dolor, la sumisión deja de ser solo sumisión y el silencio deja de ser solo silencio, porque se convierte en el lugar donde la intimidad puede manifestarse con toda su profundidad. La música de Satie no explica la película, pero crea un marco donde la imperfección de la ejecución por parte de Ray y la escucha por parte de Col pasan a segundo plano y donde la sensibilidad de las notas, aunque mal tocadas, hace comprensibles relaciones humanas a las que no estamos acostumbrados pero que forman parte de este mundo, por mucho que a veces cueste de creer.