Victoria Luengo y Javier Bardem brillan en el drama (demasiado) metafílmico de Sorogoyen
'El ser querido' contiene una muy oportuna crítica a la veneración ciega hacia los artistas atormentados y narcisistas
'El buen patrón'
- Dirección: Rodrigo Sorogoyen. Guion: Isabel Peña y Rodrigo Sorogoyen. 135 minutos. España y Francia (2026). Con Javier Bardem, Vicky Luengo, Raúl Arévalo y Marina Foïs.
Más allá del talento para orquestar escenas de acción –en el film As bestas y en la serie Antidisturbios–, el cineasta madrileño Rodrigo Sorogoyen acostumbra a construir sus afiladas odiseas existenciales alrededor de secuencias intimistas cargadas de densidad dramática y atención al detalle. Siguiendo este patrón, El ser querido se inaugura con un dilatado y vibrante encuentro entre un padre (Javier Bardem), un exitoso director de cine, y su hija (Victoria Luengo), a quien hace trece años que no ve y le ofrece el papel protagonista en su nueva película. Por sí misma, esta escena, filmada en primeros planos desde la lejanía, ofrece todo lo que puede pedir un espectador exigente: escritura de alta precisión, silencios elocuentes, ecos de John Cassavetes e Ingmar Bergman, y una dupla de intérpretes en estado de gracia.
Después del impecable primer acto, el estudio de la tensa relación entre un padre con un pasado turbio y una hija rencorosa se traslada al desierto del Sáhara, donde transcurre el rodaje de la película dentro de la película. Y aquí, tentado por el componente metafílmico, Sorogoyen toma la arriesgada decisión de convertir El ser querido en un tratado sobre el artificio cinematográfico. La imagen salta del color al blanco y negro, hay cambios de formato, y el sonido sube y baja para privilegiar las sensaciones de los personajes. Esta dimensión analítica nunca acaba de cuajar y se acaba convirtiendo en una distracción para el desarrollo del relato.
Finalmente, más allá de la creciente afectación formal y dramática, hay que decir que El ser querido contiene una muy oportuna crítica a la veneración ciega hacia los artistas atormentados y narcisistas, capaces de pasar por encima de todo para exorcizar sus aflicciones. Por este tipo de culto, los cinéfilos de la vieja escuela hemos de entonar un mea culpa.