The Black Crowes honran el rock'n'roll en el Cruïlla
El grupo de los hermanos Robinson domina el Parc del Fòrum en una jornada menos calurosa
BarcelonaEl diablo habría aprobado lo que pasó el viernes en el Cruïlla. En el escenario Estrella Damm, The Black Crowes despacharon una hora y media de rock'n'roll, la música del diablo. Miles de espectadores aceptaron el trato, y pasadas las ocho de la tarde recibieron a la banda de los hermanos Chris y Rich Robinson con ganas de pasar un buen rato. El diablo, satisfecho al ver la programación, fue misericordioso y envió nubes y brisa para apaciguar la ola de calor. No acabó con el bochorno, pero es que hasta el diablo tiene límites. Desde la actuación en el Sant Jordi Club de 2022, el grupo de Atlanta ha publicado los discos Happiness bastards (2024) y A pound of feathers (2026), pero en la gira que lo ha llevado a Barcelona el repertorio incide sobre todo en los dos primeros álbumes: Shake your money maker (1990) y The southern harmony and musical companion (1992). Es decir, en sintonía con la nostalgia de los noventa del jueves con Pixies, Suede y Garbage. Eso sí, el viernes con menos público.
Las guitarras de Remedy arrancaron el concierto marcando territorio mientras Chris Robinson jugaba con el pie de micro y animaba al público a unirse a la fiesta que quería montar. En una formación de ocho músicos, las dos coristas, Mackenzie Adams y Leslie Grant, enseguida aportaron el hecho diferencial de aquel soul del sur que tan bien se injerta en el rock. Rats and clowns, una de las del disco de 2024, fue una concesión temprana al presente antes de adentrarse en los clásicos de los noventa. Sting me, Jealous again y My morning song en lecturas expansivas, estimularon la entrega del público. Todo estaba en su sitio, menos el sonido de la voz, que llegaba frito a las primeras filas, un inconveniente que se desvanecía más atrás.
En el rock se juega en equipo
En el escenario Chris Robinson ejercía de frontman de aspecto desaliñado, como de parroquiano de bar abandonado por los servicios sociales, pero frontman fiable al 100% porque sabe transmitir que todavía vive dentro de las canciones. Por ejemplo, cuando canta con el fraseo y la intensidad dramática del soul para elevar Sometimes salvation y Seeing things, esta última completada como es debido por las coristas, rozando el góspel. La ovación fue bastante elocuente. Como en la versión de Hard to handle, de Otis Redding, un tema que llevan tatuado bajo la piel desde hace más de treinta años y que muchos espectadores acompañaron en el estribillo. La otra versión que tocaron fue Oh! Sweet nuthin', de The Velvet Underground (del disco Loaded) que cantó Rich Robinson mientras tocaba la guitarra con la mano lenta. Hace tiempo que la tocan y es una versión magnífica porque preserva el espíritu del rock que defendía Lou Reed a finales de The Velvet Underground (y que cristalizaría en la inminente carrera en solitario) y al mismo tiempo es perfectamente asimilable dentro del repertorio de The Black Crowes aunque no la cante Chris Robinson.
En los conciertos de The Black Crowes, el cantante se sitúa en el centro, pero no del todo delante sino entre los guitarristas y el bajista. Es la manera de hacer patente que el rock’n’roll es mejor cuando se juega en equipo. Y en equipo desplegaron Wiser time, con mucho espacio para el diálogo de guitarras de Nico Bereciartua y Rich Robinson, y sobre todo el tramo final de la actuación. Con el Fórum rendido a la evidencia del magnífico concierto que estaban haciendo, desataron Thorn in my pride y Chris sopló la armónica para recordar que siempre ha hecho equipo con el blues. La relativa calma de She talks to angels precedió al gran final con Twice as hard. Parece que no confían mucho en el presente, y sería interesante verles defendiendo discos con suficiente interés, pero al menos continúan honrando el rock'n'roll con acento del sur. El público que no se marchó a ver a Arde Bogotá al escenario Vueling puede explicar que The Black Crowes continúan en buena forma.
El gozo de Dan Peralbo y El Comboi
Un rato antes, a las 18.30 h, cuando el sol todavía gobernaba el Fòrum, Dan Peralbo i El Comboi tocaron en el escenario Vueling en formación de quinteto (y a ratos de sexteto). El grupo de Torelló repartió pistolas de agua entre el público para refrescar el ambiente mientras tocaban Bang, bang, bang. “Dudábamos si vendría alguien, con este calor que da”, había dicho Peralbo después de hacer Jimmy's the only one. Y al ver la reacción del público, cómplice con el rock melódico exultante del grupo, añadió: “Este concierto será para vosotros y lo daremos todo”. El cantante, además de portavoz, ejerce de líder descarado de una pandilla de amigos que defiende con uñas y sonrisas el material del disco Quingoig, como la strokesiana Que passin les hores, y también piezas antiguas como Diumenge, del 2022. Cuando la presentó, Peralbo recordó que hace cuatro años trabajó en producción del Cruïlla. “¡Era el encargado de los walkies!”. Para que quede constancia, a mitad de concierto empezó a soplar una brisa y alguna nube apaciguó el castigo solar. El bochorno, sin embargo, no se fue.
Buena parte de la actuación de Dan Peralbo i el Comboi coincidió con la de Alizzz en el escenario Occident. El artista de Castelldefels se presentó a trío, con guitarrista y batería, un formato bastante efectivo en temas como Salir y Callaíto, reminiscencias de indie-pop bailable, y en el más desgarrado Mirando al techo. También hizo Antes de morirme, la canción que compuso con C Tangana y Rosalía. En el Fòrum la interpretó con color de power pop, y recordó que fue la canción a partir de la cual pudo empezar a dedicarse plenamente a la música hace diez años. El público la recibió con entusiasmo y golpes de abanico para combatir el bochorno. Por cierto, entre el público estaba la hija de Alizzz, y a ella le dedicó El encuentro. “Es su preferida”, informó el padre.