Historia

El olvido de los siete curas muertos por los bombardeos franquistas

La iglesia de Girona no rindió homenaje a los sacerdotes que las bombas mataron en 1939

GironaLa Guerra Civil española, iniciada ahora hace ochenta y seis años, conserva episodios poco explicados. Uno de ellos es el de los curas que fueron víctimas de las incursiones aéreas en la etapa final del conflicto armado contra la República, cuando la ocupación franquista de Girona, el 4 de febrero de 1939, fue precedida por el castigo desde el aire para empujar a las tropas derrotadas hacia la frontera. Un bombardeo el 27 de enero, otro importante el 28, dos más el 29 y nueve el 1 de febrero dejaron la señal de la muerte y la destrucción.

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Rafael Tasis recordaba el primero: “Las bombas rallan el aire con un silbato y estallan haciendo tambalear todas las piedras doradas de Girona, nada avezadas a estas agresiones”. El impacto global causado por los aviadores franquistas y legionarios en una ciudad tomada por el pánico, el caos y la incertidumbre significó –más allá de hacer tambalear las piedras– una cuarentena de bajas mortales, además de los heridos y los desperfectos materiales. Entre los óbitos hay que incluir a siete curas diocesanos.

Josep Bronsoms Soler, nacido en Garrigoles en 1902 y ordenado en 1926, había sido vicario de la Jonquera y Olot, y desde 1934 ejercía el cargo de ecónomo en Albons. En julio de 1936 lo habían amenazado con fusilarlo, pero un miembro del comité antifascista lo impidió y lo obligaron a ausentarse del pueblo. Refugiado en Girona, perdió la vida a raíz del ataque aéreo del día 27 de enero.

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Los seis curas restantes siguieron el camino de la desdicha en los bombardeos del día 1 de febrero de 1939. Cinco de los afectados habían sido acogidos en el asilo de las Germanetes dels Pobres en la carretera de Barcelona. Eran estos: Josep Balmaña Domènech, ordenado en 1902, que había nacido en Llagostera en 1875 y había hecho de vicario en Sant Julià del Llor, ecónomo en Queixàs y rector en Santa Seclina; Joan Domènech Roca, nacido en Sant Gregori en 1869, que fue ordenado en 1898 y residía en el seminario Sivilla de curas jubilados, en el sector de Vista Alegre; Manuel Grivé Ferrer, originario de la Bisbal, ordenado en 1901 y residente también en el seminario Sivilla, después de haber sido vicario en Cassà de la Selva, adscrito en Sant Feliu de Guíxols y vinculado a la catedral de Girona desde 1933; Martí Pujolar Serrat, nacido en Sant Miquel de Pera en 1867 y ordenado en 1892, otro de los residentes en el seminario Sivilla, y Joan Vilalta Carbó, nacido en Campllong en 1869 y ordenado en 1894, que fue adscrito en Roses en 1934.

Ofrenda por Dios y por la patria

Domiciliado en otra casa de la ciudad, en la parte alta, Joan Valls Albertí, nacido en Blanes en 1877 y ordenado en 1903, era beneficiado de Sant Lluc desde 1912 y director del Colegio de la Sagrada Familia desde 1918. Una gacetilla publicada el día 6 de octubre de 1939, en el diario local El Pirineo, lo situó entre las personas aplastadas en la misma casa de la calle de la Escola Pia, pero la información escondió el sentido del deceso diciendo que “ofrendaron todos su vida por Dios y por la Patria, en nuestra ciudad [...] el día 1 de febrero del corriente año, cuando inminente ya la liberación de la ciudad” y que Girona “iba a renacer a la vida digna y civilizada de que era anuncio y ha sido venturosa realidad la Victoria de España”.  

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Poco antes del cambio de régimen

A diferencia de los 195 curas exterminados a raíz del proceso revolucionario que incendió templos y persiguió a rectores y vicarios de pueblo, los presbíteros víctimas de la aviación de los ganadores de la Guerra Civil en la ofensiva final contra Catalunya nunca han tenido un trato de distinción o de memoria especial. Y esto a pesar de que resultara de un dramatismo innegable y se tratara de víctimas propias de la institución que bendijo la guerra como cruzada, puesto que eran profesionales de la religión que habían superado las etapas más duras y cruentas de la tragedia eclesiástica y que sucumbieron pocas horas antes del cambio de régimen favorable a la Iglesia católica, del cual esta aconteció puntal.

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Bombas sobre un convento de monjas

El libro Testimonio de fe y de fidelidad sobre los presbíteros víctimas de la “revuelta” de 1936, escrito por el padre Josep M. Cervera y editado por el obispado en 1991, con un prólogo del obispo Jaume Camprodon, no los tuvo en cuenta. Evidentemente, los siete sacrificados de 1939, en medio de la guerra de desgaste y psicológica del último momento, difícilmente podían ser incluidos entre los “caídos por Dios y por España”. Sufrieron el mal debido a un accidente violento, propiciado por el bueno de la película en la nueva situación política. Solo podía argumentarse que el vencedor no había estado suficientemente acertado a la hora de fijar el blanco o punto de tiro. En vez de lanzar las bombas sobre la estación del ferrocarril, las dejó caer encima del convento de unas monjas y, en lugar de dirigirlas al cuartel militar de Sant Domènec, fueron a parar a la casa Domènech, en la calle de la Escola Pia, y al tejado de la catedral.