Patrimonio

Barcelona creó uno de los primeros grandes hospitales de Europa hace 625 años: así era la vida dentro

La creación de un gran hospital en el Raval fue posible gracias a un acuerdo inusitadamente rápido

Los interiores del antiguo Hospital de Santa Creu en el Raval en 1915
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BarcelonaA finales del siglo XIV, Barcelona disponía de una red de centros de asistencia para los más desfavorecidos, pero habían quedado pequeños y eran poco eficientes. La peste negra y las plagas que estropearon cosechas causaron estragos: hacia 1340 la ciudad tenía unos 40.000 habitantes, pero a mediados del siglo XV la cifra se había reducido hasta 20.000; es decir, había perdido el 50% de sus habitantes en solo un siglo. "Más que una degradación absoluta, el problema real era la falta de eficiencia", explica Antoni Conejo, historiador del arte especialista en arquitectura y hospitales medievales. Ante esto, se planteó fusionar seis de estos pequeños centros en una única institución: el Hospital de la Santa Creu. La primera piedra se colocó el 17 de abril de 1401, hace 625 años. La fundación oficial tuvo lugar el 5 de septiembre del mismo año con la autorización del papa Benedicto XIII. El gran hospital fue uno de los primeros, por no decir el más precoz, del continente europeo en promover una fusión de este tipo.

“El caso de Barcelona es singular por la rapidez con la que se alcanzó el consenso entre el poder municipal (el Consell de Cent) y el eclesiástico (el obispo y el cabildo de la catedral). Las experiencias posteriores demuestran que fusiones de este tipo solían topar con resistencias y largos debates por miedo a perder el control de estos hospitales, pero en Barcelona el pacto se cerró en solo cuatro meses”, dice Conejo. Por ejemplo, el Hospital d'en Pere Desvilar o de la Ciutat (fundado en 1308) tenía una cláusula fundacional que prohibía explícitamente la gestión eclesiástica, hecho que requirió un encaje complejo. Esta rapidez se explica, en parte, por las excelentes relaciones políticas entre el rey Martín el Humano y el papa Benedicto XIII (la mujer del rey, María de Luna, era pariente del Papa), y por el hecho de que las instituciones religiosas vieron en la unión con la ciudad una vía para compartir gastos de centros que ya eran deficitarios y manteniendo, al mismo tiempo, voz y voto. El gobierno del centro hospitalario lo formaban dos ciudadanos escogidos por el Consell de Cent y dos canónigos de la catedral.

Desvalidos de diferentes naciones y condiciones

Las ordenanzas del Hospital de la Santa Creu aprobadas en 1417 son bastante explícitas: "Debía acoger a hombres o mujeres: pobres, tullidos, inválidos, locos, heridos (o lastimados) o que padecieran otras diversas miserias humanas, niños abandonados u otras personas desvalidas de diversas naciones y condiciones". En otras palabras, era el destino de los más pobres. "Las clases acomodadas disponían de atención médica domiciliaria y no pisaban el centro", detalla Conejo. La institución entendía el cuidado como un binomio indisoluble: la curación física dependía de la medicina y la alimentación, pero la curación espiritual era considerada igualmente fundamental. "En la época medieval y en la época moderna, el propósito esencial de la Santa Creu era ofrecer hospitalidad, acogiendo a la gente sin recursos. No debemos entenderlo como un hospital donde la gente iba a curarse como los de ahora", dice Conejo. Lo ilustra bastante bien el personal que formaba parte de la institución entre 1430 y 1431: había 18 cuidadores de enfermos e infantes, 11 recolectores de limosnas, 3 guardianes, 4 capellanes y monjas, 5 cocineros y panaderos, 4 enfermeros, 5 notarios y 5 médicos. Si en 1457 había 367 ingresados, la inmensa mayoría hombres (345), entre 1484 y 1492, el número era de 1.917.

Velar por los niños huérfanos

Uno de los grandes retos de gestión fue la acogida de niños huérfanos y expósitos (recién nacidos abandonados en la puerta del hospital). Para aliviar la carga económica que suponía su crianza, la institución utilizaba los "contratos de apadrinamiento" para darlos en adopción. Las familias preferían a los niños porque podían aprender un oficio y generar rendimiento, mientras que las niñas solían quedarse más tiempo en el hospital. La institución hacía un seguimiento de estos niños después de que fueran adoptados. Así, por ejemplo, la documentación recoge el testimonio de alguien llamado Bernadó, que fue adoptado por un tal Jordi Miquel: "Es un buen mozo y así vive y aprende con Jordi Miquel, que es maestro de la escuela mayor, y lo trata como a un hijo". Estos contratos no eran definitivos: la documentación demuestra que algunas familias devolvían a los niños si lloraban demasiado, no comían o eran conflictivos.

Con los siglos, el Hospital de la Santa Creu se convirtió en una institución económicamente muy potente. "Además de heredar las propiedades de los seis hospitales anteriores, amplió su patrimonio mediante donaciones particulares y las herencias procedentes de enfermos que morían en el centro, cuyos bienes pasaban automáticamente al hospital si no habían hecho testamento", destaca Conejo. De esta manera, reflejada rigurosamente en los registros de enfermos entre el siglo XV y el XIX, la institución acumuló un patrimonio mueble e inmueble bastante importante.

La construcción del edificio siguió un patrón habitual del gótico catalán: vastas salas articuladas con arcos diafragma apuntados y cubierta de madera. "Ubicarlo en el Raval respondió a criterios sanitarios, para alejar a los enfermos del centro para evitar el contagio, y a razones económicas, ya que era una zona de campos de pastoreo extramuros con solares más asequibles", explica Conejo. El edificio modeló definitivamente el urbanismo del barrio (el triángulo entre la Rambla y las calles Carme y Hospital) y se convirtió en un punto de referencia en la diagonal medieval de la ciudad. El recinto también albergaba su propio foso o cementerio, situado al lado. De hecho, recientemente se han encontrado muchas inhumaciones en la actual plaza de la Gardunya.

Gritos y enfermos encadenados

El modelo asistencial basado en la caridad cambió radicalmente entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, con la aparición de la clínica moderna, que otorgó a los hospitales una función esencialmente sanitaria. A finales del siglo XIX el antiguo edificio del Raval había quedado totalmente obsoleto y saturado. Un informe higienicosanitario de 1848 ya alertaba de las pésimas condiciones, especialmente en lo que respecta a la salud mental. Los enfermos estaban atados con cadenas y sus gritos se oían desde la calle en un Raval que ya se había urbanizado completamente. Esta insalubridad y esta masificación no eran exclusivas del hospital, sino de toda la ciudad industrial encajonada dentro de las murallas, hecho que motivó la aprobación del Plan Cerdà en 1860. Esta transformación urbanística buscaba combatir la elevadísima mortalidad y las epidemias mediante la construcción del Ensanche.

La construcción de la nueva sede del hospital extramuros fue posible gracias a Pau Gil, un banquero catalán nacido en una familia dedicada a las finanzas. En su testamento, estipuló que una parte de su gran fortuna (concretamente 3,06 millones de pesetas) se destinase a la construcción de un nuevo hospital en Barcelona que sustituyese al obsoleto de la Santa Creu. Gil dejó instrucciones claras: el centro debía responder a los principios del higienismo, reunir las innovaciones más avanzadas y llevar el nombre de su patrón, Sant Pau. Sus albaceas encargaron el proyecto a Lluís Domènech i Montaner.

Domènech i Montaner diseñó un complejo con capacidad para 1.000 enfermos, tomando como referencia hospitales punteros del mundo, como el Johns Hopkins de Baltimore y el Lariboisière de París, además de su propia obra en el Institut Pere Mata de Reus. El proyecto se levantó en unos terrenos al norte de Barcelona, fuera de los límites del Ensanche, articulando una auténtica "ciudad jardín". Los pabellones eran independientes, orientados de oeste a este para garantizar la insolación, rodeados de naturaleza y conectados por galerías subterráneas. La superficie se dividía en cuatro cuadrantes para separar a los enfermos (norte para infecciosos, sur para no infecciosos, este para hombres y oeste para mujeres), con el pabellón central (convento, cocina y farmacia) en medio de la encrucijada. El 16 de enero de 1930, 28 años después del inicio de las obras, el rey Alfonso XIII inauguró oficialmente el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau.

Con el centro ya en pleno funcionamiento, el siglo XX trajo una transformación capital en la gestión interna del hospital gracias a Adela Simón. Formada en la Escuela de Enfermeras de la Generalitat, Simón tuvo que exiliarse a Inglaterra cuando el franquismo invalidó su título. Allí se matriculó en la escuela profesional Nightingale. En 1958 Simón volvió a España y posteriormente se incorporó al Hospital de Sant Pau. Bajo su liderazgo, el centro pasó de un modelo asistencial benéfico tradicional a un modelo basado en la profesionalidad, la técnica y la autonomía en la gestión de la enfermería. Con esta aportación, se convirtió en la responsable directa de introducir las prácticas de enfermería de la medicina moderna en todo el Estado.

Un privilegio solo compartido con Brujas

El recinto modernista de Domènech i Montaner cumplió con éxito su función sanitaria hasta 2007. En 2009 la actividad médica se trasladó a unas nuevas y contemporáneas instalaciones. Entonces comenzó la rehabilitación del conjunto modernista, que hoy acoge instituciones internacionales y es visitable, además de formar parte de la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco desde 1997.

"El conjunto medieval del Raval ha sufrido un cierto olvido en cuanto a su memoria histórica, ya que la ciudadanía tiende a identificar el espacio exclusivamente con la Biblioteca de Catalunya, olvidando sus cinco siglos de pasado hospitalario –lamenta Conejo–. Este valor histórico es inmenso: de hecho, solo la ciudad de Brujas (Bélgica) comparte con Barcelona el privilegio de conservar intacta su triple línea temporal hospitalaria: un hospital medieval original, un equivalente del siglo XIX/modernista y un gran centro contemporáneo". El historiador, sin embargo, celebra que recientemente se haya aprobado un proyecto en el Raval que permitirá rehabilitar y ampliar los espacios de la Biblioteca de Catalunya y de la futura Biblioteca de Distrito, así como la rehabilitación del teatro y de la capilla.

Las obras del recinto modernista del nuevo hospital en 1923.
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