Arqueología

La revolución ignorada de la prehistoria: la invención de la cuerda y el tejido

Elisabeth Wayland Barber, que tuvo que firmar durante años con siglas para ocultar que era mujer, defiende la importancia económica del trabajo femenino

La Venus de Lespugue
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BarcelonaJunto a la invención de las primeras herramientas de piedra, hace entre 20.000 y 30.000 años, hubo otra gran revolución silenciosa: la invención de la cuerda y la costura. En los yacimientos de este período han aparecido cuentas de hueso, dientes y conchas con perforaciones extremadamente finas que iban cosidas sobre piezas de vestir. La prueba más contundente de este nacimiento del textil es una escultura: la Venus de Lespugue (Francia), una estatuilla de hueso de mamut datada hacia el 20.000 a.C. que muestra a una mujer vestida con una falda (esculpida) hecha de largas tiras de cuerdas suspendidas de un cinturón en la parte trasera del cuerpo.

Conseguir una cuerda larga y resistente fue un cambio de paradigma absoluto. “El descubrimiento de este material blando y flexible, requisito indispensable para producir tejidos, abrió un abanico enorme de posibilidades y mejoró radicalmente la probabilidad de supervivencia de la especie. De hecho, el impacto tecnológico de la cuerda en la prehistoria tuvo un efecto muy similar al que tendría, milenios más tarde, la máquina de vapor en la Revolución Industrial”, asegura la norteamericana Elizabeth Wayland Barber (Pasadena, 1940). Profesora emérita de arqueología y lingüística, y experta en textiles y danza folclórica, Barber defiende en el ensayo Los trabajos de las mujeres (Capitán Swing) la trascendencia económica de las mujeres y de la manufactura textil en la prehistoria y el mundo antiguo.

Cuando en 1992 se publicó Prehistoric textiles. The development of cloth in the Neolithic and Bronze Ages, una obra monumental de 500 páginas, el mundo de la arqueología asumió que esta especialista era un hombre. El libro iba firmado con las siglas E.J.W. Barber. "Lo tuve que publicar así para que no se dieran cuenta de que era una mujer. En aquella época los hombres no consideraban que el textil fuera interesante, y si lo hubiera firmado con mi nombre no habría tenido ningún eco", recuerda Barber. De hecho, durante años las reseñas académicas se referían a ella como "él". Barber no llegó a la arqueología prehistórica del textil solo a través de los libros, sino también a través de la práctica: "Crecí viendo cómo mi madre cosía y tejía. Aprendí a coser cuando tenía cuatro años, y a tejer a los ocho". Este aprendizaje le ofreció una ventaja decisiva respecto a sus colegas. Mientras que los académicos que analizaban los frescos antiguos veían simples ornamentos, ella veía soluciones técnicas de hilado. Aquella intuición fue el inicio de una investigación titánica que duró diecisiete años y que culminó con Prehistoric textiles.La “ceguera” de la academia

Según Barber, el vacío documental sobre el textil es el resultado de la combinación de la fragilidad física del material y la ceguera del mundo académico. Por un lado, las fibras se pudren enseguida si no se encuentran en condiciones de conservación extremas. Por otro lado, la Revolución Industrial sacó la producción textil de los hogares. "Cuando comenzaron los estudios arqueológicos modernos, los hombres ya no veían a las mujeres hilando y tejiendo en casa. Compraban la ropa ya hecha y perdieron la noción de cómo se fabricaba", señala la investigadora.

Los arqueólogos de los siglos XIX y XX eran incapaces de entender la complejidad tecnológica que se escondía detrás de los pequeños fragmentos que encontraban en las excavaciones. Para reconstruir este rompecabezas invisible, Barber tuvo que recurrir a métodos científicos modernos: desde el análisis químico de fragmentos de cuerda paleolítica hasta el estudio de las huellas microscópicas que los hilos dejaban sobre la arcilla de los objetos de cerámica. Incluso hizo experimentos prácticos utilizando hilos del mismo grosor y color que los recortes arqueológicos para conseguir reproducir exactamente los patrones de tejido y entender cómo trabajaban aquellas mujeres.

El textil fue el gran motor de la economía doméstica antigua, un trabajo asociado al género femenino por motivos estrictamente logísticos, según defiende la autora. "La mejor teoría que he encontrado es la compatibilidad con el cuidado de los niños. Hilat y tejer no es peligroso para los niños. Además, es una actividad que se puede interrumpir y reanudar fácilmente en cualquier momento si el niño tiene una crisis o cae", explica.

Tejer en la oscuridad

Esta flexibilidad, sin embargo, implicaba jornadas laborales infinitas. Como ejemplo, Barber recuerda que en los cuentos populares rusos se explica de manera natural que las mujeres "debían aprender a hilar a oscuras, al tacto, para no gastar velas mientras los hombres dormían". Esta investigación de casi dos décadas también ha desvelado el significado de piezas míticas como la string skirt (la falda de cordones), que aparece documentada en figurillas como la Venus de Lespugue hace 20.000 años. Lejos de proteger del frío, esta pieza funcionaba como una auténtica alerta social: "Indica que la mujer está en edad fértil. No se podía llevar hasta la pubertad y se debía dejar de llevar con la menopausia", señala Barber. La falda de cordones ha sobrevivido milenios. “Lo más sorprendente es que se continuó utilizando en Europa del Este hasta finales del siglo XX”, dice la autora. No es el único análisis que va sobre la utilidad y los códigos de vestimenta. Los pantalones se inventaron hacia el 1000 a.C. como respuesta a la presión a la que se veían sometidas ciertas partes sensibles a caballo.

Los hombres no se introdujeron en el mundo del tejido hasta que llegaron grandes cambios estructurales: “Se ve claramente en el Egipto de la dinastía XVIII. Con la introducción de los telares verticales de dos montantes, que permitían hacer piezas mucho más elaboradas, los hombres entraron en los talleres especializados para hacer ropa para la élite. Adoptaron el nuevo telar vertical para crear piezas de lujo. Tenían más tiempo para pensar en el diseño y la técnica porque no debían compaginarlo con las tareas domésticas”, detalla Barber. Mientras tanto, las mujeres quedaron relegadas a continuar fabricando la ropa de consumo diario del hogar en los tradicionales telares horizontales de suelo.

Mujeres griegas trabajando en todas las fases de producción de tejidos en una pintura atribuida a Amasis (560 a.C.).
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