Sant Jordi 1976: una fiesta eufórica que acabó con carreras
Triunfaron los libros políticos, las calles se llenaron de senyeras y las manifestaciones acabaron con heridos
BarcelonaDespués de la muerte de Franco en noviembre de 1975, la cultura catalana vivía una necesidad urgente de volver a ocupar el espacio público. Y el Sant Jordi de 1976 esto quedó muy patente. Aquel año la fiesta se vivió con mucha euforia, a pesar de que la sombra de la dictadura también se dejó entrever. “Parecía un gran día, aquel 23 de abril. Vengo del Registro Civil, donde un amigo pronto podrá cambiar un nombre castellanizado por su forma nativa; me encuentro banderas catalanas, libros catalanes que desbordan los puestos, el busto de Prat de la Riba que vuelve a ocupar un lugar en el ángulo del Patio de los Naranjos de la Generalitat y, para rematar, novedad de novedades, un diario catalán, el primero en 37 años, después de que una orden borrara nuestra prensa del mapa, junto con el Estatut y tantas otras cosas”, escribió el escritor Manuel de Pedrolo, que también firmó ejemplares de su libro Procés de contradicció suficient, publicado por Ediciones 62.
Pedrolo afirmaba, en este artículo publicado en el Avui, que San Jorge no daba abasto porque había muchos dragones que matar. El escritor acababa la crónica defendiendo que Cataluña debía ser "un lugar donde sintamos que nada es nuestro sino de todos". Como explicaba Pedrolo, aquel año salió el Avui, con una tirada de 123.066 ejemplares que se agotaron antes de las nueve de la mañana. Una lectora, en el diario del 24 de abril, reclamaba que devolvieran las imágenes de San Jorge. “Con motivo de los hechos iniciados el 19 de julio de 1936, de la catedral de Barcelona desapareció una imagen de San Jorge. Estaba en el lugar donde actualmente hay una reproducción de la Mare de Déu del Pilar”. El artículo de La Vanguardia también trasladaba la euforia vivida en las calles: “Una clara afirmación del amor al libro, a la cultura y a Cataluña”.
El éxito de los libros políticos
No era fácil organizar una Diada de Sant Jordi en aquel momento. Cultura en ruta, una campaña de Òmnium Cultural iniciada en 1970 que recorría con un bibliobús el territorio catalán vendiendo libros y discos en catalán, buscaba poco antes de Sant Jordi un local lo bastante grande en Barcelona para recibir los libros de las editoriales y distribuirlos. Tenía un equipo trabajando de veinte personas durante tres meses, organizó 182 paradas y consiguió un volumen de ventas de 3.907.214 pesetas. El mismo día de Sant Jordi, La Vanguardia hablaba de cómo el libro político y sociológico había desplazado la “literatura pura”. Había también abundancia de títulos de temática sexual, cosa que al periodista no le hacía mucha gracia, y animaba a comprar El arte de amar, de Erich Fromm, porque tenía una inspiración más cristiana. Aquel año se vendieron bastantes ejemplares de Nacida inocente. El drama de los reformatorios juveniles (Ediciones Martínez Roca), de Gerald Di Pego; Todos los barrios de Barcelona (Ediciones 62), de Jaume Fabre y Josep M. Huertas Claveria; La caída del imperio sodomita y otras historias heréticas (Ediciones 62), de Terenci Moix; Cuáles son los partidos políticos de Cataluña (La Gaya Ciencia), de Josep Maria Castellet y Lluís Maria Bonet; Diario de prisión. El espectáculo obsesivo (Laie), de Lluís Maria Xirinacs, y Mujer de presidio (Ediciones 62), de Teresa Pàmies.
Publicacions Abadia de Montserrat sacó a la calle muchos títulos sobre historia y leyendas de Cataluña. Se agotaron muchas publicaciones y revistas infantiles y juveniles en catalán, y tuvo bastante éxito El zoo a casa (La Galera), de Joaquim Carbó. Entre muchos otros libros, en las paradas se podían ver Retrats paral·lels (Publicacions Abadia de Montserrat), de Montserrat Roig; Un regne per a mi, de Pau Faner, premio Sant Jordi 1975 (Aymà), y Crónica d’Isambard (Aymà), de Toni Turull, finalista del premio Pla 1976.
El Diario de Barcelona recogía unas declaraciones del editor de Planeta José Manuel Lara, que explicaba que había recibido una oferta de 250 millones de pesetas por los derechos de edición de las memorias de Franco en inglés. La fecha de publicación, según Lara, dependía de la hija del dictador. Las memorias estaban escritas en libretas, “como las que llevaban los chicos cuando iban a la escuela”, explicaba, y argumentaba que el dictador no había querido publicar las memorias en vida porque decía que muchos quedarían mal. Lara, explicaba, le había intentado convencer defendiendo que las jóvenes generaciones debían conocer los problemas que ha vivido España. En todas las encuestas mundiales, según Lara, Franco ganaba las memorias de Mao.
Los enfrentamientos con la policía
En su dietario, Epifani de Fortuny i Salazar, barón de Esponellà, recogió felicitaciones de diferentes entidades, como Òmnium Cultural, con una ilustración de El crit (1975) de Grau Garriga y otra con versos de Clementina Arderiu: “¡Cuidar rosales! ¡Finad vuestra florida que el caballero San Jorge ya está aquí”. La que merece un comentario, sin embargo, es la del secretario general de la Real Academia de Bellas Artes de Sant Jordi, Joan Bassegoda Nonell: “Es la primera vez que me felicitan el santo sin ser mi santo…”, escribió con ironía. El barón de Esponellà aseguraba que Bassegoda estaba al tanto de que no era su santo pero que había querido hacer público que "la academia era jordiana".
, hubo también unas "manifestaciones contraculturales", con jóvenes que exhibían la revista Els segadors y L’estaca de Lluís Llach. En la manifestación en la Rambla, se presentó la policía con balas de goma y bombas de humo y hubo heridos. Según el Diario de Barcelona, hubo también unas "manifestaciones contraculturales", con jóvenes que exhibían la revista Ajoblanco. "Gritaban eslóganes políticos con motivos incoherentes", aseguraba el periodista, que también explicaba que simularon un atraco y se orinaron en la fachada del Gran Teatre del Liceu.
La medalla a Martín Villa
En el Palau de la Generalitat, que aquel año todavía no había recuperado el nombre y era la sede de la Diputación Provincial de Barcelona, se celebró la misa oficial y la bendición de las rosas. El alcalde Viola explicó que había podido comprar el libro, pero no el diario Avui: “En todos los quioscos se había agotado antes de las nueve”, aseguraba. Entre los asistentes había también el ministro de Relaciones Sindicales y exgobernador civil de Barcelona, Rodolfo Martín Villa, a quien se entregó la Medalla de Oro. "Gracias al talento político de Martín Villa, hoy puede ondear en el pináculo de este palacio y en los mástiles de los ayuntamientos la bandera catalana", aseguró en aquel momento el presidente de la Diputación de Barcelona, Joan Antoni Samaranch. A Villa actualmente se le responsabiliza de la represión directa a los ciudadanos que participaron en los movimientos sociales democráticos de la época, y se le considera responsable de las persecuciones, malos tratos, torturas y vejaciones que la policía practicó durante la dictadura. Aquel Sant Jordi comenzó como una gran fiesta ciudadana, con muchas senyeras en la calle, y terminó con carreras. En la calle, tanto de día como de noche, se notó que había muchas ganas de cambios.