San Jorge 2026

Sant Jordi 1976: una fiesta eufórica que acabó con carreras

Triunfaron los libros políticos, las calles se llenaron de senyeras y las manifestaciones acabaron con heridos

Manifestación convocada por la Asamblea de Cataluña en las calles de Barcelona la Diada de Sant Jordi de 1976
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BarcelonaDespués de la muerte de Franco en noviembre de 1975, la cultura catalana vivía una necesidad urgente de volver a ocupar el espacio público. Y el Sant Jordi de 1976 esto quedó muy patente. Aquel año la fiesta se vivió con mucha euforia, a pesar de que la sombra de la dictadura también se dejó entrever. “Parecía un gran día, aquel 23 de abril. Vengo del Registro Civil, donde un amigo pronto podrá cambiar un nombre castellanizado por su forma castiza; me encuentro banderas catalanas, libros catalanes que desbordan los puestos, el busto de Prat de la Riba que vuelve a ocupar un lugar en la esquina del Patio de los Naranjos de la Generalitat y, para rematar, novedad de novedades, un diario catalán, el primero en 37 años, después de que una orden borrara nuestra prensa del mapa, junto con el Estatuto y tantas otras cosas”, escribió el escritor Manuel de Pedrolo, que también firmó ejemplares de su libro Procés de contradicció suficient, publicado por Edicions 62.

Pedrolo afirmaba, en este artículo publicado en elAvui, que Sant Jordi no daba abasto porque había muchos dragones que matar. El escritor acababa la crónica defendiendo que Cataluña debía ser "un lugar donde sintamos que nada es nuestro sino de todos". Como explicaba Pedrolo, aquel año salió elAvui, con una tirada de 123.066 ejemplares que se agotaron antes de las nueve de la mañana. Una lectora, en el diario del 24 de abril, reclamaba que volvieran las imágenes de Sant Jordi. “Con motivo de los hechos iniciados el 19 de julio de 1936, de la catedral de Barcelona desapareció una imagen de Sant Jordi. Estaba en el lugar donde actualmente hay una reproducción de la Virgen del Pilar”. El artículo de La Vanguardia también trasladaba la euforia vivida en las calles: “Una clara afirmación del amor al libro, a la cultura y a Cataluña”.

El éxito de los libros políticos

No era fácil organizar una diada de Sant Jordi en aquel momento. Cultura en ruta, una campaña de Òmnium Cultural iniciada en 1970 que recorría con un bibliobús el territorio catalán vendiendo libros y discos en catalán, buscaba poco antes de Sant Jordi un local lo suficientemente grande en Barcelona para recibir los libros de las editoriales y distribuirlos. Tenía un equipo trabajando de veinte personas durante tres meses, organizó 182 puestos y consiguió un volumen de ventas de 3.907.214 pesetas. El mismo día de Sant Jordi, La Vanguardia hablaba de cómo el libro político y sociológico había desplazado la “literatura pura”. Había también abundancia de títulos de temática sexual, cosa que al periodista no le hacía mucha gracia, y animaba a comprar El arte de amar, de Erich Fromm, porque tenía una inspiración más cristiana. Aquel año se vendieron bastantes ejemplares de Nacida inocente. El drama de los reformatorios juveniles (Ediciones Martínez Roca), de Gerald Di Pego; Todos los barrios de Barcelona (Edicions 62), de Jaume Fabre y Josep M. Huertas Claveria; La caída del imperio sodomita y otras historias heréticas (Edicions 62), de Terenci Moix; Cuáles son los partidos políticos de Catalunya (La Gaya Ciencia), de Josep Maria Castellet y Lluís Maria Bonet; Diario de prisión. El espectáculo obsesivo (Laie), de Lluís Maria Xirinacs, y Mujer de presidio (Edicions 62), de Teresa Pàmies.

Publicacions Abadia de Montserrat sacó a la calle muchos títulos sobre historia y leyendas de Catalunya. Se agotaron muchas publicaciones y revistas infantiles y juveniles en catalán, y tuvo bastante éxito El zoológico en casa (La Galera), de Joaquim Carbó. Entre muchos otros libros, en los puestos se podían ver Retratos paralelos (Publicacions Abadia de Montserrat), de Montserrat Roig; Un reino para mí, de Pau Faner, premio Sant Jordi 1975 (Aymà), y Crónica de Isambard (Aymà), de Toni Turull, finalista del premio Pla 1976.

El Diario de Barcelona recogía unas declaraciones del editor de Planeta José Manuel Lara, que explicaba que había recibido una oferta de 250 millones de pesetas por los derechos de edición de las memorias de Franco en inglés. La fecha de publicación, según Lara, dependía de la hija del dictador. Las memorias estaban escritas en libretas, “como las que llevaban los chicos cuando iban a la escuela”, explicaba, y argumentaba que el dictador no había querido publicar las memorias en vida porque decía que muchos quedarían mal. Lara, explicaba, lo había intentado convencer defendiendo que las jóvenes generaciones debían conocer los problemas que ha vivido España. En todas las encuestas mundiales, según Lara, Franco ganaba las memorias de Mao.

Los enfrentamientos con la policía

En su dietario, Epifani de Fortuny i Salazar, barón de Esponellà, recogió felicitaciones de diferentes entidades, como Òmnium Cultural, con una ilustración de El grito (1975) de Grau Garriga y otra con versos de Clementina Arderiu: “¡Cuidar rosales! Cesad vuestra floración que el caballero Sant Jordi ya está aquí”. La que merece un comentario, sin embargo, es la del secretario general de la Real Academia de Bellas Artes de Sant Jordi, Joan Bassegoda Nonell: “Es la primera vez que me felicitan el santo sin ser mi santo…”, escribió con ironía. El barón de Esponellà aseguraba que Bassegoda estaba al tanto de que no era su santo pero que había querido hacer público que "la academia era jordana".

, hubo también unas "manifestaciones contraculturales", con jóvenes que exhibían la revista Els segadors y L’estaca de Lluís Llach. En la manifestación en la Rambla, se presentó la policía con pelotas de goma y bombas de humo; hubo heridos. Según el Diario de Barcelona, hubo también unas "manifestaciones contraculturales", con jóvenes que exhibían la revista Ajoblanco. "Gritaban eslóganes políticos con motivos incoherentes", aseguraba el periodista, que también explicaba que simularon un atraco y se orinaron en la fachada del Gran Teatre del Liceu.

La medalla a Martín Villa

En el Palau de la Generalitat, que aquel año aún no había recuperado el nombre y era la sede de la Diputación Provincial de Barcelona, se celebró la misa oficial y la bendición de las rosas. El alcalde Viola explicó que había podido comprar el libro, pero no el diario Avui: “En todos los quioscos se había agotado antes de las nueve”, aseguraba. Entre los asistentes se encontraba también el ministro de Relaciones Sindicales y exgobernador civil de Barcelona, Rodolfo Martín Villa, a quien se entregó la Medalla de Oro. "Gracias al talento político de Martín Villa, hoy puede ondear en el pináculo de este palacio y en los mástiles de los ayuntamientos la bandera catalana", aseguró en aquel momento el presidente de la Diputació de Barcelona, Joan Antoni Samaranch. A Villa actualmente se le responsabiliza de la represión directa a los ciudadanos que participaron en los movimientos sociales democráticos de la época, y se le considera responsable de las persecuciones, malos tratos, torturas y vejaciones que la policía practicó durante la dictadura. Aquel Sant Jordi comenzó como una gran fiesta ciudadana, con muchas senyeras en la calle, y terminó con carreras. En la calle, tanto de día como de noche, se notó que había muchas ganas de cambios.

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