1. Por un error policial muy grave, con tics antidemocráticos, Salvador Illa ha quedado entre la espada y la USTEC. En un final de curso caliente, con diecisiete jornadas de huelga convocadas por delante —comenzando por la de este martes—, el Govern ha perdido fuerza negociadora ante el sindicato mayoritario de maestros. La decisión de la Comisaría General de Información de los Mossos d’Esquadra de infiltrar a dos agentes de paisano en una asamblea de docentes para hacer, supuestamente, una evaluación de riesgos ante un conflicto laboral ha tenido un efecto bumerán. El hecho de colar policías disfrazadas de maestras en una reunión sindical es propio de un estado fascista, por más que la policía catalana —pero no por ello menos policía— sostenga que lo hacía “dentro de la legislación vigente”. Ya pueden decir misa. Además, que a las dos mossas las pillaran a los pocos minutos de reunión y que no supieran decir ni a qué escuela trabajaban revela un nivelito de preparación del escuadrón espía más propio de un TBO que de un cuerpo profesional. Es demasiado gordo para que no se depuren responsabilidades.
2. ¿Recordamos de dónde venimos? Hace diez días la polémica era que el tridente Illa-Niubó-Parlon había dado el primer paso para poner policía en las escuelas que lo reclamaban. La idea ya pisó callos, porque un mosso en un aula no parece la mejor solución. Para Donald Trump quizás sí, pero no para un gobierno de izquierdas. La escuela es un lugar tan nuclear en nuestra sociedad que está en conflicto permanente. En el aula, la lengua es un lío que se resuelve con porcentajes absurdos que dicta una ley que ya sabemos de qué pie calza. En el comedor, la cruzada contra el azúcar trae de cabeza al AMPA de cada centro. En el patio ya hay más pantallas que pelotas. En la sala de profesores se afanan por aumentar sueldos y reducir ratios de alumnos. Reclamaciones bien legítimas que el Govern, más por táctica que por inocencia, negocia con los sindicatos minoritarios. Como escribía ayer Esther Vera, “la huelga de enseñanza no es una protesta laboral sino un diagnóstico de país”. También para saber retratar la realidad con verdades condensadas como esta, la directora del ARA ha recibido el Premio Nacional de Comunicación.
3. El gobierno del PSC, si no contara con tantas complicidades mediáticas, hoy estaría acorralado. Se le acumulan los problemas en múltiples ámbitos sensibles. Pero la oposición es tan floja que, en el caso de las policías infiltradas, no se ponen de acuerdo ni para decidir qué dimisión piden. Unos quieren que dimita la consejera Niubó, otros la consejera Parlon y aún hay quien pide que dimita Trapero, el director general de la Policía. Es el eslabón más débil de la cadena y, por tanto, el primero que debería saltar... si es que salta alguien. Pero, políticamente, esta tormenta ya se ve cómo acabará: con una rueda de prensa policial sin preguntas —otro tic de otro régimen— y con una explicación del presidente Illa en el Parlament, donde nos regañará a todos un poco, como de costumbre.
4. Josep Lluís Trapero, como mayor de los Mossos, nos cautivó en 2017. Por la firmeza que transmitió desde los atentados del 17 de agosto hasta la captura y muerte de Younes Abouyaaqoub en Subirats. En aquellos días, Trapero se ganó simpatías nuestras cuando, al periodista que abandonó la sala de prensa ofendido porque él respondía en catalán a las preguntas que le hacían en catalán, le dijo “bueno, pues muy bien, pues adiós”. Incluso se hicieron camisetas. Después, Trapero fue víctima del 155 y de la represión del Estado a causa del 1 de Octubre. Durante el juicio del Procés, cuando admitió que los Mossos lo tenían todo a punto para detener al president Puigdemont si se lo ordenaban, conozco quién, de aquella camiseta, hizo jirones. Adiós al héroe. De repente recordamos que un policía es un policía.