1. Hacía tanto tiempo que no lo veía –tantísimo–, que he decidido dedicarle la primera columna del mes de junio. Como pasmado de calle y caminante habitual, doy fe de que un fenómeno como el que ahora relataré quizás hacía años que no lo veía. El hecho que me impactó, y que vi a diez metros escasos, ocurrió la semana pasada. Eran las ocho y media de la tarde de una tarde de mayo. En el paseo de Pere III de Manresa, sin embargo, hacía un calor robado de mediados de julio. Salía solo de un acto en el Centre Cultural El Casino organizado por el Col·legi de Periodistes y me iba despacio hacia el aparcamiento. En la calle había vida, animación arriba y abajo a pesar de que las obras de Guimerà dificultaban la marcha y lo llenaban todo de polvo. En las heladerías, largas colas de familias en busca de un cucurucho. Todas las terrazas del centro estaban a rebosar para sorber el primer granizado de la temporada. Los plátanos de sombra, notarios que están allí desde el siglo XIX, enseñoreaban los paseos de quienes, después del trabajo, no tenían ninguna prisa por volver a casa. Y fue en aquel momento, justo allí, delante del modernismo del Casino Central, tan simétrico y afrancesado, que lo vi. Sin quererlo, me lo encontré delante de las narices.
2. Una pareja se daba un beso de caracol, plantada en medio de la calle. Un señor beso, de los de antes, con todos los pormenores. No eran dos críos que celebraban la primavera vital. Al contrario. Ella y él, con más de cincuenta pero con menos de sesenta, se besaban con ahínco. Se sujetaban la cara y la nuca, la una y el otro, con miedo a que se les escapara el momento. Saboreaban el amor con los ojos cerrados, para notarlo mejor. Allí había boca, lengua, alma... Y vuelta a empezar. Tanto daban como recibían. Les importaba un bledo el calor que hiciera. Aliens a todos, no existía nada más en el mundo: ellos dos y su deseo irrefrenable. Ni siquiera se paraban para coger aire. Ella, con vestido chaqueta corto, estaba de puntillas. Él, barbudo, con aire de oficinista del BBVA, se agachaba ligeramente para apoyarse en su pareja. Había tanta pasión, en aquel beso en colores, que la habitual contención manresana había estallado por todos lados. Casi daban envidia. Un transeúnte no podía caminar a su lado y no fijarse en aquella escena rotunda, íntima, convertida en un insólito belén viviente. No era exhibicionismo. Tan solo era amor.
3. Cuando era el coche, pensé por qué me había sorprendido tanto un beso de calle. En el ámbito público, las escenas de amor cada vez son más escasas. De ternura todavía se ve, pero diría que menos que antes y con unas formas más acotadas. De matrimonios que pasean del brazo todavía los hay. Especialmente el fin de semana, cuando las prisas no nos persiguen. Caminar cogidos de la mano, a partir de cierta edad que no sé precisar, se está perdiendo. Sí que a menudo se ven dos chicas con las manos entrelazadas, más que chicos, que normalizan su vida o su relación por todas las generaciones que tuvieron que vivir los amores en secreto y a escondidas. Los viernes y sábados por la noche, en según qué barrios de fiesta, sí que hay besos de esquina. Se ven a diestro y siniestro. Y cuanto más tarde, más, y con más regusto a ginebra. Son besos juguetones, de llamarada para una noche que promete. Pero no tienen, ni de lejos, la profundidad del beso de mis héroes de Manresa.
4. Perdonen si hoy no he hablado de Zapatero, de Rufián, de Trump, de los cortes de autopistas que colapsan el país, ni de las elecciones a la presidencia del Real Madrid, que me dan tanta pereza como a Florentino Pérez. Pero es que aquel beso que sellaba tantos sentimientos –lo confieso– me conmovió. Nunca sabré si fue el primero. Me juego todo lo que tengo, eso sí, que no fue el último.