Fotografía

El humanismo de Sabine Weiss toca el corazón de la Bienal de Fotografía Xavier Miserachs

La Bòbila de Palafrugell acoge la primera retrospectiva en España del último gran nombre de la escuela humanista

PalafrugellLa fotógrafa francosuiza Sabine Weiss (1924-2021), la última representante de la escuela humanista y cabeza de cartel de la XII Bienal de Fotografía Xavier Miserachs en Palafrugell, aseguraba que la fotografía no era un arte sino “artesanía”. Y también creía, como hizo ella misma, que un fotógrafo tenía que saber hacer de todo. “Si uno ama la fotografía de verdad –dijo Weiss en una entrevista–, hará fotografías, pero también se ocupará de otro oficio que le permita comer y pagar el alquiler. Hará cosas que le gusten, pero también que le permitan ganarse la vida”.

En su caso, como se puede ver hasta el 9 de octubre en la exposición que le dedica La Bòbila, su primera retrospectiva en el Estado, Weiss se ganó la vida como fotógrafa publicitaria y de moda –trabajó para Vogue– y como reportera de la agencia Rapho para otras publicaciones como Time, Life, Newsweek o Paris-Match, en Francia y en otros países como Portugal, España, Italia, Hungría y Egipto. Y en paralelo hizo un trabajo más personal impregnada de compasión hacia los más desfavorecidos, especialmente los niños; también de un afán por dignificarlos.

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Esta vertiente de Weiss también se caracteriza por la capacidad para sacar jugo de pequeñas escenas cotidianas, como la de una pareja que festeja mientras la madre de ella hace de carabina. “Empecé a hacer fotografías en 1942, y no me lo pensé mucho, me gustaba hacer fotografías y pensé hacerme fotógrafa”, recordaba Weiss en otra entrevista. “Sabine empezó a hacer fotografías cuando tenía doce años”, decía su asistente durante la última década de su vida, Laure Delloye-Augustins.

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La muestra lleva por título Observant la vida e incluye cerca de 120 fotografías seleccionadas por la misma Weiss, en copias digitales. Estos trabajos, asegura Delloye-Augustins, representan “el corazón” de su legado, con temáticas como los niños, con quienes tenía una relación especial, los gitanos y los retratos de intelectuales y artistas como André Breton, Samuel Beckett y Alberto Giacometti, cuyas esculturas y estudio documentó estudio tras su muerte. También la religión, porque le interesaban los objetos que la rodeaban, los retratos de parejas de amantes y las escenas nocturnas de París, que recuerdan a las de Brassaï.

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Entre los retratos hay uno sobrecogedor que hizo a Joan Miró en la galería Maeght de París en los 60 ante un detalle de un ojo del Pantocrátor de Sant Climent de Taüll. Precisamente Miró fue un talismán para Weiss. “Sin saberlo Joan Miró la ayudó a hacerse famosa, porque unos diez años antes de retratarlo en la galería Maeght le había hecho otro retrato por encargo de un primo de Weiss que trabajaba en Vogue. Y cuando el director de la revista lo vio, le gustó y le pidió que le llevara más fotografías. Y en el despacho estaba Robert Doisneau. Ella no sabía quién era él, que le iba diciendo que las fotografías eran buenas”, explica. “Al final de la reunión Sabine tenía un contrato con Vogue, que duró nueve años, y al día siguiente recibió una carta para que entrara en la agencia Rapho”. 

Como se puede ver en otra de las fotografías expuestas, Sabine Weiss y Joan Miró se habían visto antes del retrato de la galería Maeght: fue en el taller del ceramista Artigas en Gallifa. En este caso había un vínculo familiar, porque el abuelo de Sabine Weiss era hermano de la madre de Josep Llorens Artigas. Otro de los retratos impactantes que se pueden ver a La Bòbila es el de las vaca sagrada del surrealismo, André Breton, rodeado de obras de arte de su colección. “A Breton no le gustaba que lo fotografiaran, así que le dijo que solo le dejaba hacer una foto, pero después pedía otra y otra”, recuerda Delloye-Augustins. 

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El proyecto de la exposición se remonta al 2019 y Sabine Weiss estuvo al tanto. Otras de las fotografías son de sus favoritas, como la de los niños que juegan a hacer de caballos y el retrato de una niña egipcia. Sabine Weiss se sintió atraída por la fotografía muy pronto. “Perdió a su madre a los trece años. No era una buena estudiante, dejó los estudios a los dieciséis y se fue de casa para hacer de au pair. Y un día le llamó su padre, que era químico y con quien hacía experimentos, y le dijo que si le gustaba la fotografía, que por qué no buscaba una escuela para dedicarse a ella”, recuerda Delloye-Augustins. Después abrió un estudio en Ginebra y en 1946 se trasladó a París, donde empezó como ayudante del fotógrafo de moda alemán Willy Maywald. En los años 50 empezó su trayectoria en solitario. 

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A pesar de que tuvo como mentor a un decano como Robert Doisneau y que formó parte de la mítica exposición del MoMA The family of men, Sabine Weiss a veces dudaba de la calidad de su obra y no le gustaba que un extraño pudiera remover en su archivo. “Sabine Weiss se hizo famosa en los 50, pero trabajó de lo lindo en el campo de la publicidad porque su marido era pintor [el norteamericano Hugh Weiss] y era ella quien llevaba el dinero a casa. Así que creó un corpus de trabajo personal, pero no se dio cuenta de su tirón hasta finales de los años 70”, dice Delloye-Augustins. “Desde entonces no dejó de hacer exposiciones. Abrimos juntas cajas con fotografías que ella no se había vuelto a mirar desde los años 50 y 60 y con aquellas imágenes hicimos una exposición en el Jeu de Paume de Tours el 2016 que la volvió a poner en la historia de la fotografía”, subraya. Aun así, Hugh Weiss fue muy importante en su trayectoria, porque fue su primer asistente, el modelo de algunas de las imágenes nocturnas de París, y también ayudó a elegir los encuadres de sus fotografías. Uno de los últimos galardones que Sabine Weiss recibió fue importante: el Woman in Motion concedido por el conglomerado de marcas de lujo Kerin dentro de los Rencontres d'Arles de fotografía.

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Sabine Weiss fue una excepción en la escuela humanista, la única mujer junto a artistas como Robert Doisneau, Willy Ronis, Édouard Boubat, Brassaï e Izis. “No era en absoluto feminista, no le hizo falta, porque tenía muchos conocimientos técnicos y lo podía hacer todo ella misma, era como un hombre, y tenía una personalidad fuerte”, concluye Delloye-Augustins. Cuando le preguntaron en una entrevista si creía que el de fotógrafo era un buen oficio para una mujer, dijo que sí, y con socarronería reconoció que tenía algunas “desventajas”: recordaba que, mientras cubría algún acontecimiento, sus colegas le decían “apártate y deja trabajar a los hombres”. Pero a ella esto no parecía afectarla mucho.