Ambas caras de la heroína

BarcelonaSegún el diccionario del Institut d'Estudis Catalans, la definición de heroína puede ser: "Persona que se distingue por su alto coraje, por su fortitud en el sufrimiento. Personaje principal de una leyenda, de una narración, etc". Pero también: "Derivado diacetil de la morfina, de fórmula C21H23NO5, de la que es obtenido por tratamiento de ésta con anhídrido acético, y cuyo consumo crea dependencia".

Estas últimas semanas he leído dos libros que, por casualidad, hablan de la heroína desde estas dos acepciones. El primero es The Heroine's Journey. Woman's Quest for Wholeness, escrito por la psicóloga y escritora Maureen Murdock en 1990 (no tengo constancia de que se haya traducido al catalán; en castellano, se encuentra en Gaia Ediciones). Murdock fue alumna de Joseph Campbell, teórico estadounidense del mito y autor de The Hero with a Thousand Faces, donde sistematizó lo que llamó como "el viaje del héroe": un esquema narrativo universal en el que un protagonista recibe un llamamiento, atraviesa pruebas, baja a los infiernos y devuelve transformado. Cuando Murdock le propone explorar un viaje específicamente femenino, Campbell respondió que las mujeres no necesitan hacer el viaje porque "lo único que debe hacer la mujer es darse cuenta de que ella es el lugar al que la gente intenta llegar y no perder el tiempo con la idea de hacerse seudohombre". Murdock no quiere aceptar ese papel pasivo ni "seguir el consejo de predicadores fundamentalistas para volver al hogar". Así que propone un nuevo modelo que reconozca el viaje heroico propio de la mujer: una mujer que primero se aleja del femenino para adaptarse a los valores dominantes, que experimenta fractura interior, que desciende a la herida y que sólo puede volver cuando integra las partes escindidas de sí misma.

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En el modelo mítico, el descenso siempre presupone regreso. La heroína desciende a los infiernos para volver transformada. El dolor tiene una función narrativa: ordena, estructura y da sentido al viaje.

Que se acabe el sufrimiento

Pero no todos los viajes tienen sentido, ni orden. Es el caso del segundo libro que he leído y que también habla de la heroína, pero de la droga: Natza Farré nos cuenta en La última vez que te digo adiós (Ángulo Editorial) qué significa crecer como hermana pequeña de un heroinómano en la Barcelona de los años ochenta. Esta autoficción no narra ninguna épica, sino todo lo contrario: nos muestra con crudeza el silencio familiar, la vergüenza de clase media, la rabia, la culpa y la ambivalencia. Farré expone sin romanticismo el deseo inconfesable de que acabe el sufrimiento, aunque esto signifique la muerte del hermano, y cómo la culpa que viene después abre aún más las heridas. El hermano de Farré no hace ningún viaje redentor, ni regresa con ningún tesoro, sino que queda destruido por la heroína-droga. El viaje que presenciamos entonces es el de la hermana, que tampoco es épico ni glorioso, sino que es largo, desordenado y lleno de contradicciones. No culmina en una conquista exterior, sino en una integración íntima que, paradójicamente, acaba convirtiendo a la herida en testigo. Farré explica que para ella la heroína sólo ha significado droga. Pero su viaje es sin duda un acto de valentía.

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