Literatura

Dos amigos que triunfaron pintando gitanos

Julià Guillamon reconstruye la relación, poco estudiada hasta ahora, entre el pintor Isidre Nonell y el escritor Juli Vallmitjana en su último ensayo

Un cuadro de Nonell donde aparecen dos gitanas
Literatura
14/07/2026
8 min

BarcelonaAmbos crecieron en el mismo barrio barcelonés durante el último tercio del siglo XIX, estudiaron bellas artes en La Llotja, formaron parte del mismo grupo artístico –la Colla del Safrà– y, más adelante, destacaron en el retrato, pictórico o literario, de una realidad paralela, vibrante y marginada, la de los gitanos. "¿Cómo puede ser que unos amigos tan amigos no salieran mencionados nunca juntos en la prensa de la época?", se pregunta Julià Guillamon (Barcelona, 1962) en relación a dos de los personajes que lo han obsesionado desde hace décadas, el pintor Isidre Nonell (Barcelona, 1872-1911) y el escritor Juli Vallmitjana (Barcelona, 1873-1937). Esta pregunta lo ha llevado a dedicar a los dos creadores un fastuoso ensayo de 700 páginas, escrito en colaboración con Joan Mar Sauqué, Nonell, Vallmitjana i els gitanos (Edicions de 1984, 2026), y a mostrar la relación entre ellos, hasta ahora poco estudiada, en una exposición en la Fundació Palau de Caldes d'Estrac, que se puede visitar hasta el 27 de septiembre.

"Llegué a Vallmitjana en la década de los 80, porque se encontraban algunos de sus libros en el mercado de Sant Antoni, como Coses vistes i coses imaginades [1906] y Sota Montjuïc [1908]", recuerda Guillamon. Vallmitjana era, en aquellos momentos, un autor olvidado, y el primer intento de recuperación –con Com comencem a patir [1908], editado por Rescripta en 1989– pasó desapercibido. Casi quince años después, Edicions de 1984 hizo mella con La Xava, novela de 1910 que transcurre en los ambientes más pobres de la Barcelona del siglo XX y que contó con el aval de Enric Casasses. "Estamos ante un escritor de primerísima, deslumbrante, y es importantísimo, porque es el único que se ha metido a fondo en la habla de la púrria (como, en otras obras, entra en la de los gitanos)", escribía Casasses en el prólogo de la edición de 2003, y un poco más adelante, aseguraba: "Esta verdad es la principal característica de Vallmitjana: es verdad el hablar de los personajes, es verdad la historia que explica, es verdad el mundo que retrata y hasta la manera como lo retrata es, también, de verdad".

Retrato de Juli Vallmitjana, novelista, dramaturgo y platero.

A continuación, Casasses y Guillamon trabajaron juntos en una nueva edición de la recopilación de nueve relatos De la raça que es perd, de 1906 (Edicions de 1984, 2005), y la buena acogida que tuvo el libro permitió seguir desenterrando una parte del legado de Vallmitjana: a la novela tardía inédita Albí (1932, recuperada en 2007) se sumaron los dos volúmenes que reunían el teatro del autor (publicados en 2006 y 2007) y la novela De la ciutat vella (1907, recuperada en 2018). "Cuando Edicions de 1984 empezó a reeditar Vallmitjana, en las cubiertas había gitanas de Nonell: en aquellos momentos, uno y otro quedaron relacionados intuitivamente, aunque no sabíamos todo lo que ahora sabemos", asegura Guillamon.

Nonell, Vallmitjana i els gitanos se propone demostrar que el pintor y el escritor fueron amigos durante años, empezando por la vida en el mismo barrio: "El padre de Vallmitjana tenía un taller de platería en la calle Graciamat –hoy desaparecida–. La fábrica de fideos del padre de Nonell estaba en la calle de Sant Pere més baix", dice Guillamon. Vallmitjana, que en su obra literaria trabajó "a partir de la realidad más inmediata", ambientó De la ciutat vella en las calles y locales por donde se movió durante su juventud, antes de que la apertura de la Via Laietana a principios del siglo XX hiciera derribar buena parte del barrio.

Del Cafè de l'Infern a l'estiu de Boí

"Uno de los escenarios más divertidos de la novela de Vallmitjana es el Cafè de l'Infern, que se encontraba en la esquina de la Riera de Sant Joan con la calle del Infern, muy cerca de donde vivía –explica–. Picasso y Carles Casagemas tuvieron un estudio en el número 17 de la Riera de Sant Joan. Hay un óleo de Picasso de 1903 donde se ve la calle de madrugada. Solo hay una luz encendida, la del Cafè de l'Infern, que debía estar abierto toda la noche o hasta muy tarde". Guillamon aventura que es probable que fuera en este ambiente nocturno y de juerga que coincidieran por primera vez Nonell y Vallmitjana. Formula esta hipótesis a partir del testimonio de Santiago Meléndez, que había conocido Nonell en la década de los 90 del siglo XIX y que años después, desde el exilio en Chile, explicó anécdotas a Domènec Guansé (Tarragona, 1894-Barcelona, 1978), que las incluyó en uno de los perfiles de Retratos del exilio, editado por Adesiara en 2015: "Meléndez es el único que habla del primer estudio de pintura que tuvo Nonell, en la Riera de Sant Joan", recuerda Guillamon. Guansé explica, en Retratos del exilio, que el estudio estaba al lado de "un café muy pintoresco que llamaban L'Infern, donde hacían títeres los domingos por la tarde, y donde a menudo Nonell iba a mirar y a hacer bocetos".

Vallmitjana y Nonell coincidieron un poco más adelante estudiando en la Llotja –la Escuela de Bellas Artes de Barcelona– y formaron parte de la Colla del Safrà, entre 1893 y 1896, junto con Joaquim Mir, Ricard Canals, Ramon Pichot y Adrià Gual. Este último evocaba los inicios del grupo muchos años después en las memorias, Mitja vida de teatre, publicadas póstumamente en 1960 en Aedos. De Nonell decía que era "vergonzoso y audaz a la vez" y que "pintaba lienzos de los arrabales fabriles de la ciudad, en espera de que las luces de plenitud le revelaran el mundo de sus gloriosas gitanerías". A Vallmitjana lo describió como un "entusiasta en aquellos momentos de ferviente vacilación".

El pintor Isidre Nonell, vestido a la moda de París.

En 1895, cuando "Vallmitjana tenía 22 años y había empezado a frecuentar los ambientes artísticos, se produjo un revuelo –recuerda Guillamon–. Su padre lo envió al balneario de Boí, que se había quedado gracias a una subasta pública". El joven Vallmitjana tuvo que pasar el invierno en el Pirineo para hacerse cargo de las instalaciones. "Me imagino a Vallmitjana como el Jack Torrance de El resplandor, rodeado de nieve, en la montaña, cada vez más enloquecido", leemos en el ensayo. El verano de 1896, Vallmitjana encontró una solución temporal a su problema: "Invitó al balneario a dos de sus amigos pintores, Nonell y Canals, para trabajar un poco y divertirse tanto como pudieran". Durante aquellos meses se interesaron por inmortalizar a algunos vecinos de la región afectados de cretinismo, una forma de hipotiroidismo fruto de la endogamia que provoca retrasos en el desarrollo tanto físico como mental. "Anotador cruel de las miserias que engendra la naturaleza y la sociedad, sin duda han tenido que herir la imaginación del dibujante aquellos infelices idiotas, condenados a una deformación que no está exenta de rasgos pintorescos –se podía leer en La Vanguardia en otoño de aquel año, cuando se expusieron por primera vez las obras de Nonell–. (...) Del mundo del grotesco, de lo feo, de lo pútrido, se pueden extraer tipos de belleza artística, imperecederos y universales".

El dinero que ganaron en Boí, a Canals y Nonell les sirvió en parte para pagarse el primer viaje a París, en 1897, que les cambió la vida. Aquel mismo año también fue decisivo para Vallmitjana, pero por otro motivo: el 18 de abril se suicidó su padre. "Todos os hemos llorado; todos nos lamentamos del vacío que habéis dejado; nuestras caras risueñas se han vuelto un símbolo de tristeza", escribió el hijo en La Renaixensa el mismo año. Vallmitjana tuvo que sacar adelante el taller familiar y dejar correr la ambición de pintar cuadros, aunque enseguida empezó a pintarlos por escrito.

Uno de los muchos retratos que Nonell hizo de la gitana Consuelo.

Vender cuadros y llenar escenarios

"Cuando, en 1900, Nonell tuvo que volver a Barcelona desde París enfermo de sífilis, se sentía un pintor fracasado –comenta Guillamon–. Vallmitjana cambió de vida: ahora es un platero casado y con una hija". Aun así, la pasión de los dos amigos por los bajos fondos se mantendrá y se convertirá en uno de los ejes de sus obras, sobre todo a través de la representación de los gitanos. "Nadie se los tomó muy en serio hasta pasados unos años –afirma Guillamon–. Ni el uno ni el otro son modernistas. Alexandre Plana, que era amigo de ambos, colocó a Nonell en el almanaque de los Noucentistes, porque consideraba que sus cuadros no eran solo representaciones de gitanos, sino obras de arte".

Nonell no consiguió vender sus cuadros hasta un año antes de su muerte. Fue en 1910, cuando en la exposición en el Faianç Català vendió cuadros a "compradores ricos" como los abogados Amadeu Hurtado y Pere Milà y el coleccionista Lluís Plandiura; también a "artistas" como los pintores Ramon Casas y Miquel Utrillo, el escritor Josep Pous i Pagès y el filósofo Francesc Pujols. "Fue un éxito de cenáculo, en el que una serie de gente educada e influyente compró los cuadros de Nonell como una proclama –dice Guillamon–. No tuvo continuidad inmediata, porque cuando murió en 1911, sus cuadros acabaron en la fábrica de fideos de la familia, y allí se quedaron durante años, hasta que a partir de una exposición póstuma en 1923 se creó una corriente positiva alrededor de su arte y su repercusión fue creciendo".

El caso de Vallmitjana fue diferente: en cinco años pasó de llevar a imprimir sus libros –que al principio firmaba como J.V. Colominas– a disfrutar de un éxito teatral inmenso gracias a la obra Els zin-calós (1911). "Después de Guimerà, fue el dramaturgo catalán más representado con Els zin-calós –comenta Guillamon–. La obra es un Romeo y Julieta entre gitanos nómadas y gitanos sedentarios. Aunque hoy en día cueste de seguir por el argot, tiene la habilidad de detectar una constante en la historia de la humanidad, el debate entre nomadismo y sedentarismo, y explicarla a través de una historia de amor imposible entre dos jóvenes". En el estreno barcelonés en enero de 1911, Margarida Xirgu interpretaba el papel de la gitana joven.

Margarida Xirgu vestida de gitana en la obra 'Los zin-calós'.

"Vallmitjana era un autor incontinente, y el éxito de Els zin-calós le espoleó a escribir mucho –dice Guillamon–. Solo en 1911 estrenó seis obras más, entre las cuales estaban Muntanyes blanques, El corb y En Terregada, sobre un tunante agitano que también aparece en Sota Montjuïc". En el libro, Guillamon profundiza en la diversidad de la aproximación al mundo gitano por parte de Nonell y de Vallmitjana: "Las gitanas de Nonell son nobles y bellas. Caídas en desgracia, si se quiere, pero su gesto refleja humanidad y nobleza trágica". Vallmitjana, en cambio, va por otro lado: "Sus gitanos son caprichosos y estrafalarios".

Además de dedicarse a la creación artística y de haber compartido durante años una amistad estrecha, Nonell y Vallmitjana también tenían en común un carácter difícil que fue, en parte, lo que los acabó distanciando. En la aún inédita Lletres al meu fill David, escrita en la década de los 30 del siglo XX, Juli Vallmitjana destaca su "genio muy exaltado": lo atribuye a sus "nervios" y "a la picazón que unos y otros tenían" para excitarlo. De Isidre Nonell, Artur Bladé Desumvila escribe a Francesc Pujols per ell mateix (Pòrtic, 1967) que "no podía ver a los pintores ni en pintura": del "ultraacadémico" Brull critica "que pinta con condón"; de Domènec Carles se ríe porque a pesar de ser "más elegante" que él, no se "t[ira] tantas mujeres".

"Se pelearon por una tontería –asegura Guillamon–. En Coses vistes i imaginades, Vallmitjana hace una mención a un tritón marino y Nonell lo corrige porque son animales de agua dulce. Vallmitjana se lo toma mal: un amigo del alma le ha restregado aquel error por la cara". Poco después, Vallmitjana se vengó de Nonell en De la ciutat vella (1907), donde lo ridiculizó a través del personaje del pintor Grassa, a quien reprocha que se repite. Desde entonces, los dos amigos se distanciaron. "Debió causar conmoción, la separación entre Nonell y Vallmitjana, y salpicó los círculos de amigos de uno y de otro –comenta Guillamon–. Estaban tan enfadados que Vallmitjana, cuando murió Nonell el 21 de febrero de 1911, no le dedicó ni una línea a la prensa, a pesar de que escribía constantemente".

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