Por qué en Barcelona no podemos parar de hablar del lugar donde vivimos

BarcelonaEscribo esta columna mientras oigo un ruido infernal. En mi bloque coinciden dos reformas a la vez, una en el primer piso y la otra, en el tercero. Yo vivo en el segundo. Trabajo mientras me imagino que soy el condimento de un bocadillo de obras y, de hecho, el estruendo me obliga a menudo a pulular por bares o bibliotecas. Hoy, sin embargo, me quedo en casa, porque el ruido de taladros y martillos, o el silbido estridente del albañil que entra y sale del bloque y entona tonadas dudosas en la escalera, es de lo más adecuado para el libro que hace unos días que leo: Un metro cuadrado, de Llucia Ramis (Anagrama, 2026).

La vivienda es un tema de conversación que abarca tantos campos (el político, el económico, el sociodemográfico…), y que contiene palabras tan feas (como “inmobiliaria”, “subarriendo” y otras), que a veces nos olvidamos de la humanidad que alberga. Solo empezar Un metro cuadrado, Ramis nos sitúa en el marco técnico y copia los artículos de la Constitución que hacen referencia a los derechos de los ciudadanos respecto a la propiedad privada y la vivienda digna. Pero una vez introduce su escritura, la autora representa la propiedad como un espacio humano y sensible. Una de las primeras imágenes que evoca es muy bonita: el recuerdo de cuando éramos pequeños y jugábamos a perseguirnos, y llamábamos “casa” al lugar seguro donde nadie podía descalificarnos.

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El libro se mueve todo el tiempo entre estos dos polos, la realidad estructural y la emocional. Ramis nos presenta los pisos donde ha vivido con una pincelada de datos (los años que los alquiló, la dirección, el año de construcción, los metros cuadrados y el precio que pagaba) y después relata su propia historia. Recurre a recuerdos personales, busca a las personas con quienes compartió el espacio cotidiano y, en algunos casos, también consigue que los inquilinos actuales del piso la dejen entrar y pueda comparar pasado y presente. Esta parte más personal se conjuga con una revisión histórica de las políticas de vivienda, desde planes arquitectónicos hasta cambios en las leyes. También intercala entrevistas y datos. De vez en cuando, me hace pensar en Francesc Candel y en cómo él describía los pisos, los materiales de construcción y los movimientos de gente. En alguna ocasión, Ramis lo cita directamente, y tiene sentido, porque ambos, a la hora de describir la ciudad, parten de la vivienda como base imprescindible desde donde procesamos el mundo.

Con el libro de Llucia Ramis me ha pasado que no podía parar de hablar. Acompañada del sonido incesante y uniforme de un taladro que de vez en cuando se enfrentaba a una pared demasiado contundente y hacía un chirrido agudo, leía y mi mente conversaba con la autora: “A mí esto también me ha pasado”, “los estudiantes actuales esto ya no lo deben poder hacer” (irse de vacaciones sin tener previsto en qué piso vivirán en septiembre), etc. ¡Es una conversación tan habitual, la de la vivienda! Desde hace unos años ocupa horas y horas de charla entre amigos y familiares. Hablamos en pisos, cafés, restaurantes y terrazas, mientras miramos a nuestro alrededor y nos preguntamos cómo se las apañan los demás para conseguir vivir allí. Todo lo que explica la escritora resulta familiar, y yo cuando disfruto más es cuando habla de ella misma, porque es cuando la vida se impone a la estructura.

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Los lugares donde vivimos nos marcan la vida

Para mí, la ciudad entera es una casa. A los dieciocho años (técnicamente, diecisiete) me fui de l'Anoia para venir a estudiar a Barcelona. Entré a la capital por el Paral·lel, y desde entonces, mis pisos se han ido alejando gradualmente del mar hasta que me he establecido muy lejos del centro. Cada mudanza me ha supuesto un redimensionamiento de la capital. Cuando vives a los pies de la montaña de Collserola, como es mi caso ahora, Barcelona se reubica y, en lugar de parecer más grande, todavía parece más pequeña. Si subo una colina, la veo casi entera y, en cambio, para bajar hasta el mar, solo tardo una hora y media caminando.

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Solo, ¡sí! Cuando vivía en el pueblo imploraba a mis padres que me llevaran a casa de los abuelos en coche, por favor, que vivían tan lejos, ¡en la otra punta! Con el tiempo he tomado conciencia de que de casa de mis padres a casa de mis abuelos solo tenía que caminar quince minutos. Quince minutos y me plantaba a dar un beso al abuelo y a la abuela. Pero me parecía un abismo, una eternidad, quizás porque tenía las piernas más cortas o quizás porque no había habitado ninguna dimensión que no fuera aquella, y todo el mundo sabe que las distancias no miden siempre lo mismo. Ahora pasa que cuando mis padres suben a Barcelona y les hago caminar, me dicen: “¡Oh, tú lo ves todo cerca!” Y si me paso mucho, vuelven al pueblo baldados. La ciudad se embotella entre el mar y la montaña, y como yo cada vez me la miro de más lejos, al final se me presenta como un cuerpo ajeno. Pero es mentira. Barcelona la habitamos todos, y con nuestro hormigueo se conforma.

Una de las reflexiones que más me gusta deUn metro cuadrado es cuando la autora habla de Palma y explica: “Me acostumbré a unas dimensiones y a una luz, si bien no determinantes para construir una identidad, quizás sí para crear un estado de ánimo –y continúa–: Pasaba los fines de semana y las vacaciones rodeada de naturaleza, cosa que puede sonar cursi o un lujo, pero que en cualquier caso me formó la sensibilidad”. Los lugares donde vivimos nos marcan la vida. No son un capricho, como nos quieren vender las personas a quienes les parece natural que los ciudadanos tengan que marcharse de sus barrios. El libro de Llucia Ramis, en su parte argumentativa, pero sobre todo, en su parte personal, nos lo recuerda. Ningún argumento racional que expone es una revelación, pero, en cambio, cada capa de verdad sensible nos reconforta.