La carga mental de las mujeres según Empar Moliner
En 'Instrucciones para vivir sin ella', la escritora convierte en núcleo dramático un motivo que el feminismo pone siempre en el centro de sus discursos
'Instrucciones para vivir sin ella'
- Empar MolinerColumna224 páginas / 21,90 euros
Uno de los aspectos más polémicos tanto del articulismo como de las intervenciones televisivas y radiofónicas de Empar Moliner (Santa Eulàlia de Ronçana, 1966) son sus críticas a ciertos discursos y posicionamientos del feminismo, unos discursos que, según la escritora, refuerzan clichés (el del macho fuerte y el de la hembra desamparada y débil), borran matices y obvian diferencias y semejanzas entre los hombres y las mujeres. Es sabido, sin embargo, que las ideas preconcebidas, las convicciones personales o la lucidez con que se hacen las colaboraciones periodísticas no son nunca exactamente las mismas con que se escribe la literatura. Teniendo en cuenta esto, no nos debería sorprender que la nueva novela de Moliner, Instruccions per viure sense ella, tome un elemento o un motivo que el feminismo pone siempre en el centro de sus discursos –el de la mujer cargada de deberes y responsabilidades que se deforma, se violenta y se esclaviza a sí misma hasta el extremo para cuidar de los suyos– y lo convierta en su núcleo dramático.La premisa argumental de la novela es un poco enrevesada, pero da mucho juego tanto desde el punto de vista narrativo y formal como por lo que tiene que ver con la explicación de unos códigos sociales y con la exploración psicológica de unos personajes. La protagonista, Clàudia Pruna, es una escritora en la sesentena corta que disfruta desde hace años de un éxito profesional notable: escribe novelas que se venden bien, colabora con teles y radios, publica un artículo diario en prensa, tiene lectores que la siguen fielmente... Los puntos en común con la misma Moliner son lo bastante evidentes, pero se acaban aquí y, en realidad, la cuestión de si el personaje es o no es un trasunto de la autora tiene nula importancia.Lo que sí es importante es que la protagonista acaba de recibir un diagnóstico médico terminal, sabe que morirá dentro de pocos meses y sufre por la doble intemperie económica y logística en la que quedará su familia cuando ella, la cuidadora que cambia los pañales del nieto y de la abuela y la proveedora que paga las facturas y la hipoteca, ya no pueda cuidar ni proveer. En lo que vendría a ser una versión particularmente lúgubre y dura de la carga mental que deben gestionar muchas mujeres en su día a día rutinario, Clàudia Pruna toma una decisión extravagante y radical: la de continuar ejerciendo de cuidadora y proveedora póstumamente. Por eso pasa sus últimos meses de vida escribiendo artículos para que sean publicados después de muerta, por eso instruye a un lector admirador para que aprenda a escribir como ella (así podrá continuar fabricando y enviando artículos cuando ella ya no esté), y por eso trama un plan complicadísimo para que la entierren sin que trascienda públicamente la noticia de su defunción.Una familia disfuncional
A partir de estos materiales, Moliner monta un artefacto enredado pero plausible, denso pero ágil, autoconsciente pero vivo, en el que la voz narradora del lector admirador, que es quien cuenta la historia, se solapa con la voz de Pruna, en el que las reflexiones sobre el lenguaje van de la mano de las observaciones sobre la sociedad, en el que la personalidad de macho frágil y atormentado del lector admirador contrasta con la personalidad resolutiva y hedonista de la escritora Pruna, y en el que las preocupaciones por el bienestar de la familia conviven con la descripción de una vida familiar absolutamente disfuncional y, hasta incluso, en imparable proceso de degradación: el marido abúlico y descuidado, la hija jovencísima e irresponsable, los abuelos ya muy decrépitos... El cuadro general es grotesco, y Moliner no se está de subrayarlo con detalles llenos de malicia (el micropene casi vaginal del lector admirador, el accidente de tractor del marido mientras se estaba hurgando la nariz), pero al mismo tiempo lo compensa con la vitalidad de la protagonista y con gestos de una ternura antisentimental pero honda. La prosa elástica y ceñida de Moliner, depurada pero con carnadura, ayuda a dar forma y expresión a una novela más profunda y ambiciosa de lo que el título y el diseño editorial podrían hacer creer.