Cataluña, nación de inmigrantes
BarcelonaPrimero, los datos. Ya en el siglo XVII, uno de cada cinco catalanes había nacido en Occitania y otras partes de Francia. Esto queda lejos, de acuerdo. Demos un salto: en 1930 pasaba lo mismo con el 27% de la población. Y a finales del siglo XX solo el 25% de la gente tenía los cuatro abuelos nacidos en Cataluña. En los últimos años, sobre todo a partir del fracaso del proceso independentista y coincidiendo con la ola global de ultraderecha, se han consolidado discursos de exclusión. Los viejos rockeros de la política catalana, en especial el expresidente Pujol, pero no solo –también los herederos del PSUC y el PSC, o el mismo rival histórico de Pujol, Raimon Obiols–, siguen defendiendo la acogida y la inclusión, pero ¿quién les escucha?
En Un origen buit (L’Avenç), Josep-Anton Fernàndez analiza el fenómeno migratorio catalán con una mirada histórica y cultural. Sitúa Jaume Vicens Vives como el forjador de "la inmigración como mito fundacional de la nación catalana", con "el mestizaje como una fuerza constante" y con la idea de "lugar de paso" favorecedor de la mezcla de poblaciones. Pero al mismo tiempo Fernàndez advierte que el mismo Vicens, bajo la influencia, por ejemplo, del padre de la demografía catalana, Josep A. Vandellòs, advertía de los peligros morales y psicológicos del mestizaje. Como se ve hoy, esta ambivalencia ha seguido pesando a pesar de los trabajos de demógrafos como Anna Cabré y Andreu Domingo, que han hecho énfasis en la inmigración como factor clave del dinamismo (alternativa a la baja natalidad, fuerza de trabajo, etcétera) de la sociedad catalana.
Forjar una "memoria social compartida"
En concreto, Domingo reclama forjar una "memoria social compartida" que sume todos los orígenes y sensibilidades. Es aquí donde Fernàndez busca en las expresiones culturales voces que aporten este bagaje diverso: Najat El Hachmi, Laila Karrouch, Agnès Agboton, Pius Alibek, Saïd El Kadaoui, Salah Jamal, Patrícia Gabancho y Silvana Vogt, pero también Montserrat Roig, Maria Barbal, Francesc Serés, Jordi Puntí, Sergi Belbel, Julià de Jòdar, Julià Guillamon, Bel Olid y Vicenç Villatoro.
El mismo Josep-Anton Fernàndez ha dedicado buena parte de sus energías a lo largo de la vida a "reflexionar sobre qué significa ser catalán cuando el propio origen es foráneo". Sabe de qué habla, pues. Una reflexión que lo lleva, de la mano del sociólogo Salvador Cardús, a negar el axioma del conocido grito cantado por Raimon: "Quien pierde los orígenes, pierde la identidad". De hecho, responde: "Perder los orígenes es una parte integral de la experiencia migrante; es la condición que da acceso a la posibilidad de reescribir la propia identidad". Integrarse en buena parte comporta desintegrarse.
La vivencia personal del autor: a pesar de vivir un puñado de años en Inglaterra, nunca quiso ser inglés, aunque esta posibilidad habría estado a su alcance. En cambio: "Cuando era adolescente y aún solo hablaba castellano, yo tenía muy claro que era catalán, que quería ser catalán. No me "integré en la sociedad catalana, porque ya estaba en ella; más bien, me "apropié de la catalanidad, me la hice mía".
Por otro lado, el trabajo de la sociedad de acogida requiere la renuncia a "la fantasía de una Cataluña étnicamente pura". En este doble juego, Fernàndez postula "la identidad catalana como radicalmente abierta a su construcción y redefinición por parte de todas aquellas personas que se sienten interpeladas, independientemente de su origen". Es decir, que "los otros" pasen a formar parte del "nosotros", cosa que pide quitarnos de encima los miedos reales o ficticios, pide afrontar con espíritu "de amor promiscuo", o simplemente de ciudadanía, las dificultades de convivencia y de acogida. O esto, o la fractura etnolingüística.
De hecho, el autor remarca que el auténtico hecho diferencial de la sociedad catalana es ser una "nación de inmigrantes". "Nos parecemos más a la Argentina, Australia, Canadá y los Estados Unidos que a Suecia, Portugal e Italia". El deseo de ser un solo pueblo no puede ni debe enmascarar esta realidad palpable hoy y a lo largo de la historia. Una historia que ha sido de éxito: en medio de grandes dificultades sociales y económicas y del persistente desencaje cíclicamente dramático dentro de España, Cataluña mantiene el rumbo y la singularidad. Quizás lo más lógico habría sido la desaparición y la asimilación a la españolidad. Por cierto, al respecto, una precisión: el historiador Martí Marín ya deshizo el falso tópico del franquismo, que habría enviado intencionadamente inmigrantes a Cataluña para diluir la identidad y desnacionalizarla; muy al contrario, el régimen dictatorial dificultó el traslado de población del campo a la ciudad para evitar movimientos revolucionarios.
Y la lengua, ¿qué?, os preguntaréis. Fernàndez tiene una fórmula realista. Dice que no hay que engañarnos: la lengua de cohesión social o lingua franca es la castellana. Al catalán le reserva el papel de "lengua común", que es algo más: "La función histórica del catalán ha sido convertir a gente de fuera en gente de aquí de la manera más sencilla, barata y democrática posible. El catalán es, pues, una pieza capital en la nación de inmigrantes que somos [...]. Tiene la legitimidad, el valor simbólico, para devenir la lengua que nos une [...], la lengua que quita la etiqueta de inmigrante y disuelve la distinción entre autóctono e inmigrado".
"La incorporación de nuevos catalanes a nuestra sociedad no es un proceso cerrado; forma parte de nuestra historia y nuestro futuro", concluye. Pero, claro, sin una riqueza y prosperidad más repartidas, sin un ascensor social que de verdad funcione, la Cataluña nación de inmigrantes no tiene futuro.