Cristianismo y democracia, la extraña pareja

En un país a la vez católico y anticlerical como el nuestro, las relaciones entre religión y política han sido históricamente sinuosas y críticas. La polarización llegó a ser muy bestia durante la Guerra Civil, cuyo eco sigue resonando. Vox-PP nos lo recuerdan cada día. A la vez, hay fenómenos sorprendentes: tenemos, por ejemplo, un presidente socialista, Salvador Illa, que no esconde su humanismo cristiano en medio de una sociedad que va por otro lado, cada vez más secularizada y huórfana de sentido. Y al mismo tiempo tenemos una ultraderecha independentista que alerta banalmente sobre los peligros que corre la civilización cristiana, cuyos valores no practica.

A la democracia le hace falta la religión urgentementeEl sociólogo alemán Hartmut Rosa le da vueltas al ensayo A la democracia le hace falta la religión urgentemente (Fragmenta Editorial, en traducción de Marc Jiménez Buzzi). Ciertamente, el título llama la atención. Un buen título para un buen libro, cosa que no siempre pasa. Rosa no esconde la realidad de los fundamentalismos: los evangélicos radicales en Estados Unidos, el islam arcaico y durísimo en Afganistán, la Iglesia ortodoxa patriótica que apoya a Putin en Rusia, el nacionalismo hindú antimusulmán en la India de Modi... Y podríamos seguir, por supuesto también el nacionaljudaismo criminal de Netanyahu en Israel. Dicho esto, el autor ve en la religión un dios de dos caras, como el romano Jano: puede hacer a las personas "receptivas y transformables" y puede hacerlas "autoritarias y fundamentalistas". Se aferra a la primera posibilidad.

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Ante lo que considera una "parada frenética" (una sociedad acelerada que, sin embargo, ya no avanza, no progresa), ante "la estabilización dinámica" (un crecimiento económico constante para mantener la posición, para no perder pie, aunque sea ambientalmente insostenible), mira si la parte de apertura de la religión puede aportar algo interesante. Por supuesto, ve las instituciones que representan la religión como "antidemocráticas, retrógradas, autoritarias", como un anacronismo. Entonces, ¿qué?

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Su respuesta es que el bagaje religioso contiene un tesoro: un corazón que escucha. Es aquí donde ve una oportunidad para salir de la lógica global e individual que nos crea "una relación sistemática de agresividad hacia el mundo": más gasto energético, más multitarea, el miedo a detenerse, el burnout, la desconfianza hacia lo diferente. Un estilo de vida sobrecalentado.

No reniega, en ningún caso, del progreso técnico alcanzado. Ni de la vía por la cual hemos accedido a él: "El mercado y el capitalismo fueron motores esenciales para crear todas las oportunidades y recursos de que disponemos hoy en día". Y, sin embargo, cree que hemos llegado a un punto de saturación, de agotamiento de recursos. Por eso estamos volviendo a los azotes de antaño: epidemias y guerras. Hoy, el desconcierto general es grande, hasta el punto de que ya no sabemos ni siquiera qué debemos comer, cómo debemos informarnos, qué es verdad y qué es mentira. Todo está bajo sospecha. Esto nos crea una gran inseguridad e insatisfacción. "Hace tiempo que renunciamos a la esperanza de encontrar una vida buena y una relación exitosa con el mundo", dice Hartmut Rosa. Todo el mundo está convencido de que sus hijos vivirán peor. Hemos perdido el futuro e incluso el pasado, por fin revisitado críticamente con la mirada colonial.

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Todo esto nos ha situado en una profunda crisis democrática. Es aquí cuando Rosa formula su tesis: sustituir la agresividad desesperanzada por una capacidad religiosa de escucha. "Debemos dejar de gritar si queremos que la democracia funcione". ¿Cómo? Lo explica con el concepto de resonancia, la disponibilidad a escuchar, a dejarse transformar, a hacerse vulnerable, sin buscar ninguna ganancia concreta. Es la actitud que él cree que la gente tiene cuando entra en una iglesia o templo y se deja penetrar por un silencio interior. Una apertura similar a la que ocurre ante la inmensidad del mar o las montañas, o en la frondosidad de un bosque.

Para Hartmut Rosa, la ventaja de la religión es que se basa en una actitud creada y compartida colectivamente, ritualizada y practicada culturalmente, por eso habla de religión y no simplemente de espiritualidad. La suya es una mirada a los antípodas de los dogmas teológicos, los fanatismos y las verdades absolutas. De hecho, con Bruno Latour, cree que "exigir a una persona que declare en qué cree marca el fin de la religión". Entonces, ¿la religiosidad libre, receptiva y creadora de Rosa puede ayudar a salvar la democracia?