Kae Tempest y la búsqueda de un lugar en el mundo
'Toda la vida buscando', de Kae Tempest, está protagonizada por una persona no binaria que vuelve a su pueblo después de haber pasado 15 años en la cárcel
- Kae TempestL'Altra / Literatura Random HouseTraducción de Maria-Arboç Terrades352 páginas / 22,90 euros
Hay novelas de prosa tan farragosa, de ritmo tan pesado y de aliento tan corto que las páginas parecen jadear por sobrepeso sedentario. La prosa de la novela Toda la vida buscando, de Kae Tempest (Londres, 1985), un nombre reconocidísimo dentro del mundo de la poesía, de la dramaturgia y de la rapsodia, aspira a ser todo lo contrario: ágil, fuerte, cortante, crispada, entre el lirismo eléctrico, la narración frontal y el realismo sucio. A veces Kae Tempest no logra su propósito, y entonces le salen descripciones telegráficamente anémicas y pasajes repetitivos, de una prolijidad paralizante. A veces sí que lo consigue, pero, y entonces la novela vibra con aquella autenticidad que solemos atribuir a las cosas, las personas y las obras no distorsionadas por sofisticaciones gratuitas ni por intenciones espurias.El protagonista de la novela –lo escribo así porque el personaje central, Rothko, es de género no binario, igual que la autora, y también porque, más allá de la opinión que cada lector pueda tener sobre el lenguaje inclusivo, la literatura es siempre un ejercicio de creatividad y expresividad personales, y por tanto Tempest está tan legitimada como Joyce para hacer lo que quiera con el idioma– tiene treinta y seis años y acaba de volver a su pueblo después de pasar quince años en la cárcel. El panorama que encuentra es igual de desolado y deprimente que cuando tuvo que irse: la madre yonqui en proceso total de degradación; el padre fracasado y ausente; la hermana cariñosa pero difícil... Además, Rothko vive un doble malestar, que tiene que ver con sus adicciones teóricamente ya superadas y con su incapacidad para sentirse plenamente tal como es en su cuerpo de mujer.La novela está dividida en tres partes, y se despliega como una panorámica omnisciente de la cual Rothko es el eje afligido y esperanzado a la vez. En la primera parte, asistimos a la reanudación de contacto de Rothko con su mundo de antes y su antigua vida. Tempest describe muy bien la costosa adaptación a la libertad, la vergüenza y la impotencia de Rothko ante un presente que le da miedo, y también sabe pintar de una manera muy genuina y natural toda la galaxia de secundarios heridos, maltrechos, pobres y a menudo marginales que pululan por su mundo. Donde más brilla el talento de Tempest es en la narración sintética de situaciones y en la exploración expresiva de personalidades. En este sentido, las páginas sobre los padres de Rothko, Ezra y Meg, por qué son como son, qué relación han mantenido entre ellos, son excepcionales.Hacia la culminación redentora
La segunda parte de la novela transcurre veinte años antes, y nos presenta a Rothko de adolescente, incómoda y desubicada porque es una chica que quiere ser un chico pero no osa reconocerlo. Aunque también tiene pasajes emotivos y fuertes, es más convencional, como una novela de formación tópica: el entorno familiar en descomposición y nada comprensivo, el placer y el vicio, la homofobia ambiental, el amor y el sexo con una chica que la entiende... En la tercera parte, Tempest retorna al presente y recupera el ritmo y la plasticidad de su mejor prosa, y, con un toque melodramático, ofrece una expiación y una culminación redentoras, de reconstrucción posible, para Rothko.La idea de que el arte no debe tener ninguna función más allá de ser potente y complejo es muy moderna y perfectamente legítima y defendible, pero también es evidente que es una concepción artística que a veces bebe del privilegio de la hegemonía. Quiero decir que Tempest, en su condición de persona no binaria que ya ha completado el proceso complicado y doloroso que sus protagonistas se plantean pasar, también ha escrito este libro para orientar y explicar. Hay diálogos bastante didácticos, que se notan escritos para ofrecer acompañamiento y cuidado a quien los necesite. Una de las grandezas de la buena literatura es que hace familiar lo que en principio resulta extraño, y esto Buscando toda la vida lo consigue.