El delirio de las fuentes
Este artículo está escrito con el tipo de letra Chronicle Text G1; posiblemente este dato os dé igual, pero hay numerosos estudios que confirman que el tipo de letra utilizado afecta a cómo respondemos ante el texto. Si se han hecho y se siguen haciendo tantos estudios sobre este tema es porque el mundo sigue teniendo mucho interés por saber cómo manipularnos sin que nos demos cuenta, cómo conseguir que compremos una crema antiarrugas o una posición ideológica gracias a pequeños detalles que el consciente pasa por alto, pero que son enfermizamente percibidos por el inconsciente: el olor de las tiendas, el color de los carteles, la tipografía de los textos.
También los políticos saben que con el tipo de letra se juegan mucho. Os podría poner el ejemplo de Barack Obama, que ganó las presidenciales de 2008 usando la letra Gotham, la cual, según los expertos, encarnaba la mezcla perfecta de pasado y futuro: al ser una letra sin serif (sin los trazos decorativos que rematan los extremos de las letras) evocaba futuro y modernidad, pero a la vez, también remitía al pasado del apogeo industrial americano. Rompía, pues, con la tradición y proponía un nuevo futuro claro, sólido y ordenado.
También Trump entró hace unos meses en la carrera por la manipulación tipográfica cuando en diciembre anunció que quería volver a la Times New Roman y revertir así el cambio hecho por Biden. Tradicionalmente, el gobierno americano se había comunicado en la espantosa Courier New, en la que todas las letras ocupan la misma anchura, cosa que la hace antipática y poco legible; en 2003 la sustituyeron por la Times New Roman –letra clásica, conservadora, con serif–, hasta que Biden la cambió en 2023 por la Calibri, una letra sin serif, considerada más moderna y en cierto sentido más inclusiva porque facilita la lectura al no tener elementos decorativos innecesarios que pueden confundir a disléxicos y personas mayores. Uno de los motivos que arguyó la administración Trump para volver a la Times New Roman es que la Calibri es una tipografía woke.
Ya se pueden imaginar que yo no tengo ni un pelo de trumpista y no muchos de conservadora, pero la verdad es que a mí la Calibri, y en general las letras sin serif, no me gusta para leer en papel. En pantalla todavía. Por eso, a diferencia de los periódicos en papel, sí que las usan los portales exclusivamente digitales como Núvol, Catorze o Paper de Vidre. Por eso mismo Microsoft la adoptó como letra por defecto en el paquete Office hace años, aunque ahora la ha sustituido por Aptos. Existen también numerosos estudios comparativos sobre la legibilidad y los beneficios de las letras con serif y sin ella, pero les confieso que, después de mirármelos mucho, he llegado a la conclusión de que no se puede llegar a ninguna conclusión porque a menudo los resultados son contradictorios.
Sea como sea, también los escritores tenemos nuestras manías. E incluso es bueno que las tengamos. He impartido algún taller de escritura y a menudo los participantes me envían textos escritos en letras horrorosas: solo con echar un vistazo a la hoja, sin ni siquiera haber leído una sola palabra, ya se ve que todo desprende un aire amateur: el tipo de letra, el espaciado, la justificación, el interlineado, el tamaño (que diría que a menudo es directamente proporcional a la autoestima del autor), etcétera. Si queremos que nuestro texto literario sea leído como tal, convendría que también tuviera la apariencia. Leer un texto magnífico en una letra penosa es como beberse un buen vino en un vaso de plástico: cuesta mucho más apreciar sus virtudes. Solo hace falta abrir cualquier libro publicado para ver que siempre, siempre, siempre usan letras con serif, entre las cuales hay para dar y tomar, y para alimentar toda clase de fobias: hay algunas que tienen el palito de la e minúscula inclinado, y a mí eso me despista y me irrita de mala manera. Yo hace tiempo decidí que cuando escribo cualquier texto –tanto si se trata de una novela como de un artículo como este– lo escribo en Georgia, tamaño 13 e interlineado 1,3. Estoy tan acostumbrada que ya no veo la letra. Es por eso que a veces, cuando reviso un texto, cambio el tipo de letra y entonces empiezo a ver cosas que no había visto, o el texto me transmite una sensación diferente (con algunas letras, todo me suena mejor, más sólido; con otras, todo parece más simplón), y eso me ayuda a afinarlo.
Quizás si este artículo estuviera escrito con Baskerville, encontraríais que las ideas que expresa son más dignas de credibilidad, o si tuviéramos el mal gusto de publicarlo en la tan (con razón) menospreciada Comic Sans, mis ideas os parecerían meras banalidades. Lo que es seguro es que por más que Trump escriba sus delirios con Times New Roman, no nos los tragaremos.