Literatura

¿Cuál es tu dragón preferido de la historia de la literatura?

El poderoso y enigmático animal aparece en numerosas novelas, relatos y poemas desde hace milenios y en todo el mundo: entre los autores que han escrito sobre dragones hay J.R.R. Tolkien, Joanot Martorell, Ursula K. Le Guin, Michael Ende y George R.R. Martin

22/04/2026

BarcelonaEl dragón es uno de los animales fantásticos por excelencia en la historia de la literatura. Su poder ha fascinado a millones de lectores, jóvenes y adultos, espoleados por la creatividad de novelistas y poetas de todas partes, pero la imagen que ofrece ha ido cambiando: el dragón puede ser amenazador, peligroso y violento, aunque también, en algunas ocasiones, benigno y compasivo, e incluso puede poseer una sabiduría superior a la de los humanos. "Yo soy fuego. Yo soy muerte", proclama Smaug, el imponente y temible dragón contra el que debe lidiar verbalmente Bilbo Bolsón en El Hobbit, de J.R.R. Tolkien. "Nunca te rindas, y tarde o temprano acabarás encontrando la buena suerte", recomienda Fuixur, el majestuoso dragón blanco, al intrépido Atreyu en La historia interminable, de Michael Ende. Para Ursula K. Le Guin, que amplió y renovó las habilidades de estos enigmáticos animales en el ciclo de novelas de Terramar, los dragones representan la capacidad humana de imaginar: "Si los dragones nos dan miedo es porque tenemos la tendencia a considerar las obras de la imaginación como sospechosas o incluso despreciables", defendía la autora en el artículo ¿Por qué nos dan miedo los dragones, a los americanos? (1974).

¿Un animal mágico o una fiera?

El dragón custodia el preciado vellón de oro en las 'Argonáuticas'

Los dragones han llegado por tierra, por mar y por aire desde hace milenios. En Yijing. El libro de los cambios (en catalán en Pagès, traducido por Jordi Vilà), uno de los textos filosóficos y oraculares chinos por excelencia –datado hacia el 2400 aC–, los dragones tienen el poder de "provocar los relámpagos y los truenos de las tempestades", pero usan su magia de forma benévola. En el poema épico babilónico Enuma Elix (1200 aC),el dragón esuna fuerza divina que emana de las profundidades del mar –que lleva por nombre Tiamat– y que es capaz de crear el caos.

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En la tradición occidental, los dragones se asocian en un primer momento a la tierra, quizás porque la palabra griega que los define, drákontos, significa serpiente y tiene como principal particularidad la capacidad de matar con la mirada. Es contra un dragón serpentino que se las tiene el héroe Jasón en las Argonáuticas, epopeya escrita por Apol·loni de Rodes en el siglo III aC, disponible en catalán en La Magrana, versionada por Francesc J. Cuartero. La fiera custodia el preciado vellón de oro, que Jasón ha de conseguir si quiere reinar en Tesalia. Consciente de que el dragón es invencible, porque no descansa nunca y vive enroscado al árbol de donde cuelga el vellón, Jasón hace equipo con Medea, que duerme al monstruo y permite a su futuro marido que le arrebate el tesoro. Igual que pasa en muchos otros mitos griegos, el ingenio y la astucia consiguen derrotar una fuerza descomunal.

Salvar a la doncella del monstruo

La fructífera tradición medieval: de la leyenda de san Jorge a 'Tirant lo Blanc'

Desde que, a finales del siglo I d.C., Juan de Patmos escribe el Apocalipsis o Libro de las RevelacionesOtra leyenda convertida en materia literaria es la de San Jorge, tal como la recoge Jacobo de Vorágine en su obra más popular, "

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Otra leyenda convertida en materia literaria es la de San Jorge, tal como la recoge Jaime de Vorágine en su obra más popular, Leyenda áurea (1260). En este caso, el elemento destacable que añade Vorágine es que la gran gesta del caballero pasa por salvar a una doncella de ser devorada por parte del dragón. Este es el punto de partida de una larguísima tradición literaria relacionada con la leyenda presente en muchas culturas: en Cataluña, Joan Amades la fija en el Costumari català, y entre las diferencias con otras versiones está el detalle de que, del charco de sangre derramada del monstruo, nace un rosal lleno de rosas rojas.

Joanot Martorell recoge el elemento de salvar a la doncella en una de las muchas peripecias que incluye en Tirant lo Blanc (1490). La encontramos entre los capítulos 410 y 413, y está protagonizada por el guerrero Espércius en la isla de Lango, que está encantada: la diosa Diana ha convertido a la hija de Hipócrates en dragón, y solo podrá recuperar su forma humana si algún caballero le da un beso en la boca. El objetivo de Espércius no es matar al dragón, sino desencantarlo. "Era ya el sol bien salido y el día claro y limpio, y vio la boca de la cueva, y aquí él se arrodilló con grandísima devoción a la inmensa bondad de Nuestro Señor", leemos en la novela. El caballero se atemoriza cuando tiene delante a la fiera, y se queda inmóvil, más "muerto que vivo", en actitud piadosa. Es el dragón quien le da el beso y se convierte en la doncella que había sido antes del encantamiento. Además de la finalidad religiosa de la misión, la operación de Martorell también pasa por reconvertir la figura mítica y fantástica en un ser más terrenal, capaz de enamorar al guerrero.

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De la fuerza física al poder verbal

Las visiones de William Blake y Thomas De Quincey preceden al gran dragón de Tolkien

La fuerza física temible de los dragones está presente en otros clásicos de la literatura medieval: un dragón sin nombre es el enemigo final que debe abatir Beowulf en el poema épico homónimo, datado en el siglo VIII d.C., que se encuentra actualmente en proceso de traducción al catalán; en El cant dels Nibelungs, escrito en alemán a principios del siglo XIII en estrofas de cuatro versos que riman de dos en dos –en catalán se puede leer gracias a la excelente versión de Joan Dalmases para Adesiara—, el héroe Siegfried debe enfrentarse contra uno de ellos, a menudo identificado con el nombre de Fafnir, y una vez lo ha matado se baña con su sangre, gracias a la cual se volverá invulnerable.

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La transición hacia una mayor complejidad literaria de los dragones que se da en el siglo XX llega a través de tres caminos insospechados. El primero arranca con William Blake, porque los dragones son una de las muchas visiones místicas recogidas en libros como The First Book of Urizen (1794), y poco después se infiltran como cocodrilos aterradores en el estado de ensoñación clarividente provocado por el consumo de opio en Thomas De Quincey, tal como recoge en Confessions d'un opiòman anglès (1822; en catalán en Bromera, traducido por Enric Sòria). El segundo camino es el de la entonces naciente literatura dirigida a los niños. Dos de sus precursores contribuyen a crear el arquetipo del dragón bueno, benigno e incluso ilustrado: Kenneth Grahame lo hace en Sant Jordi i el drac gandul (1898; en catalán en Estrella Polar, traducido por Víctor Aldea) y Edith Nesbit en El darrer dels dracs i altres contes (1901; en catalán en Nòrdica, traducido por Anna Llisterri). El tercer camino es el de la literatura del nonsense: el dragón más juguetón lingüísticamente es el que describe Lewis Carroll en el poema Jabberwocky, incluido en A través del espejo (1871), segunda parte de las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, disponible en catalán en Quaderns Crema, en traducción de Amadeu Viana.

Cuando, en 1937, J.R.R. Tolkien publica El hobbit –en catalán en La Magrana, traducido por Francesc Parcerisas–, donde aparece el dragón Smaug, tiene en mente la herencia de monstruos medievales como el del Beowulf y el de La canción de los Nibelungos, pero también las variaciones posteriores elaboradas durante el siglo XIX. Smaug está dotado "de una vida bestial" pero también "de un pensamiento propio", según reconoce en un artículo incluido en Los monstruos y los críticos y otros ensayos (1983; en castellano en Minotauro). A manos del autor de El señor de los anillos, el dragón es una criatura tan ancestral y poderosa como inteligente. Cuando Bilbo Bolsón entra en su guarida y se encuentra a Smaug custodiando un fastuoso tesoro, mantendrá un diálogo tenso y ingenioso en el que tendrá que tratar de resistirse a la manipulación psicológica que el animal quiere ejercer sobre él para hacerle cambiar de opinión, hasta que este descubre que alguien le ha robado una copa de oro y se deja llevar por la ira. "Yo soy fuego. Yo soy muerte", proclama.

Si Tolkien redescubre los dragones para nuevas generaciones de lectores adultos, C.S. Lewis hace un ejercicio similar con los más jóvenes gracias a Las crónicas de Narnia. En una de las siete novelas, La travesía del viajero del Alba (1953; en catalán en Destino, traducida por Jordi Arbonès), uno de los personajes, Eustace Scrubb, se transforma en dragón por culpa de su avaricia, y es condenado a una vida solitaria y amarga.

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Dragones para todos los gustos

La mirada sabia de Ursula K. Le Guin y el retorno a la fuerza por parte de George R.R. Martin

Gracias a la expansión y consolidación imparable de los géneros fantásticos en la literatura, desde la segunda mitad del siglo XX los dragones han gozado de una salud inmejorable. Anne McCaffrey inaugura con El vuelo del dragón (1968; en castellano en Roca, traducida por José M. Acervo) la extensa saga ambientada en Pern, una sociedad feudal en la que los jinetes, en lugar de luchar a caballo, lo hacen subidos al lomo de su dragón, con quien se comunican telepáticamente. Michael Ende mira hacia los dragones mágicos orientales al crear a Fuixur, compañero de aventuras de Atreiu en La historia interminable (1979; en catalán en Alfaguara, traducida por Francesca Martínez): juntos deben encontrar a la Emperatriz y conseguir frenar que la Nada devore para siempre el mundo de fantasía, del cual forma parte inextricable aquel animal entrañable e inteligente. "No te rindas nunca, y tarde o temprano acabarás encontrando la buena suerte", repite a Atreiu cuando está desanimado.

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Una de las aportaciones más transformadoras e influyentes ha sido la de Ursula K. Le Guin, que en el ciclo de Terramar, que comienza con Un mago de Terramar (1968; en catalán en Raig Verd, traducido por Blanca Busquets), hace aparecer a dragones sabios y poderosos como Yevaud, Orm Embar y Kalessin. Los dragones de Le Guin, tal como se explica en Tehanu (1990; también en Raig Verd), decidieron separarse de la raza humana, con la que formaban un todo primigenio, porque eligieron ser libres y seguir sus instintos. Los humanos, en cambio, prefirieron llevar vidas ordenadas. Los dragones, que hablan lenguas más antiguas que las nuestras, ayudan al joven Ged, que aspira a dominar la magia, y una de sus enseñanzas más importantes es que no alcanzará el conocimiento verdadero hasta que no aprenda a escuchar a los demás.

La fascinación que los dragones ejercen en muchos autores los invita a hacer que los acompañen en ciclos narrativos extensos. Lo han hecho Tracy Hickman y Margaret Weis en la trilogía Crónicas de la Dragonlance (1984; en castellano en Minotauro, traducidas por Tere Casanovas y Marta Pérez), Terry Pratchett en la serie Mundodisco, sobre todo a través de ¡Guardias! ¡Guardias! (1989; en catalán en Mai Més, traducida por Ernest Riera) y Christopher Paolini en la tetralogía que comenzó con Eragon (2003; en catalán en La Galera, traducida por Jordi Vidal i Tubau).

Todavía inacabada Canción de hielo y fuego, de la cual George R.R. Martin ha publicado cinco de los siete volúmenes previstos –en castellano en Alfaguara con traducción de Mercè Santaulària, Esther Roig, Anna Llisterri, Imma Estany y Mar Albacar–, los dragones recuperan la capacidad destructiva del pasado. La saga, que comienza con Juego de tronos (1998), tiene como una de las protagonistas principales Daenerys Targaryen, que consigue hacer eclosionar tres huevos de dragón fosilizados cuando la especie ya se había extinguido. "Yo soy la sangre del dragón", asegura Daenerys, quien usará los dragones Drogon, Rhaegal y Viserion para triunfar en el campo de batalla. ¿Son herramientas de justicia, o armas de terror, los dragones de Canción de hielo y fuego? Sea cual sea la respuesta, continúan siendo animales sobrenaturales, intrigantes e imposibles de controlar, igual que la imaginación.

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