El dragón, el enemigo que ha superado en popularidad al caballero de San Jorge
La criatura con alas y que saca fuego se convirtió en el monstruo por excelencia con la tradición judeocristiana
BarcelonaEl dragón puede ser aterrador, porque es una criatura enorme capaz de dominar todas las fuerzas de la naturaleza: tierra, agua, fuego y aire. En el poema babilónico Enuma Elix que se representaba ritualmente durante la fiesta del año nuevo babilónico, se explica cómo el dios Marduk derrota a la diosa del mar, Tiamat, representada como una serpiente marina y símbolo del caos. En la tradición griega, figuras como Medusa o los monstruos marinos expresan también esta tensión entre orden y caos. La tradición judeocristiana contribuyó muchísimo a la mala fama del dragón: lo convirtió en el símbolo del enemigo por excelencia. En cambio, en China los dragones tienen un carácter benévolo. Allí encarnan el control de los elementos naturales, se les venera en templos y, en algunas dinastías, representaban el poder imperial. En el mundo escandinavo, los dragones tampoco son solo fuerzas negativas, sino que también están asociados al mar, esencial para la vida y la supervivencia de los vikingos. Eran vistos a la vez como una amenaza y una protección.
“Es un arquetipo común en todas las culturas, en que el dragón aparece como un ser que domina las fuerzas de la naturaleza, más allá de cuestiones morales”, explica Jordi Beltran, doctor en estudios humanísticos y profesor de la Universitat Rovira i Virgili. Con el tiempo, el dragón ha representado enemigos diversos. “Es interesante ver cómo un mismo ser puede ser divinidad o monstruo según el contexto cultural”, resume Mireia Freixa, profesora de historia del arte en la Universitat de Barcelona.
El dragón y el apocalipsis
En el mundo antiguo, el dragón a menudo se representaba como un ser híbrido y misterioso, vinculado a los elementos de la tierra, el mar y el aire. Esta ambigüedad se va reduciendo progresivamente con la consolidación del cristianismo. Un momento clave es su incorporación al Apocalipsis de san Juan, en el que adopta una dimensión claramente satánica: tiene siete cabezas, diez cuernos, siete coronas y una gran cola que arrastra las estrellas del cielo, e intenta devorar al hijo de una mujer que está a punto de parir. El dragón es Satanás, la serpiente antigua del paraíso terrenal. También en la epopeya de los Nibelungos, el héroe Sigfrido mata al dragón Fafnir, que representa la codicia, y obtiene un tesoro y libera a Brunilda. “Son variaciones de un mismo arquetipo: el combate entre el orden y la fuerza descontrolada”, señala Freixa.
Los héroes que se han enfrentado a los dragones son muchos, pero en Cataluña ha triunfado san Jorge. "Inicialmente, san Jorge era sobre todo patrón de la caballería y de la nobleza, con poca presencia en la religiosidad popular", asegura Bertran. Era el protector del ejército en tiempos del Conde Borrell, en el siglo X, y se convirtió en patrón de la Corona de Aragón cuando, según la leyenda, ayudó al rey Pedro I en la batalla de Alcoraz (1096) contra las tropas islámicas. "La leyenda de san Jorge llegó a Europa en el contexto de las cruzadas, cuando la figura del caballero santo se vinculó a la lucha contra el infiel", dice Freixa. A partir del siglo XIII se acabó consolidando con la popularidad de las vidas de santos y posteriormente con su difusión gracias al invento de la imprenta. Una de las primeras representaciones apareció en Vides de sants rosselloneses, una adaptación catalana de la Leyenda dorada de Jacobo de la Vorágine, realizada a finales del siglo XIII. A partir de aquí, la imagen de san Jorge matando al dragón se convirtió en dominante en Occidente.
"En ese momento fue cuando el dragón se convirtió en enemigo", dice Bertran. Esta lectura se reforzó con la literatura de los bestiarios medievales, en la que se catalogaban animales reales y fantásticos y el dragón ocupaba un lugar central entre las criaturas peligrosas. "El dragón aparecía en miniaturas románicas, en cerámicas y en representaciones religiosas", añade el profesor de la Rovira i Virgili. En los siglos XII y XIII se documentan formas similares en Aragón, Tarragona y Valencia, con características morfológicas comunes: alas, cola en espiral –con una punta en forma de cara que refuerza su poder malévolo–, ojos enormes y lengua bífida. "Hay una continuidad iconográfica muy clara a lo largo de los siglos", explica Bertran.
A partir del siglo XIV, el dragón dejó de ser solo una imagen artística y entró en el espacio público a través de las procesiones y fiestas religiosas. Aparece, por ejemplo, en una pintura de la catedral de Tarragona de mediados del siglo XIV que representa un séquito popular, con otras bestias, músicos y danzantes. En Barcelona, el Corpus de 1424 ya documenta la presencia de san Jorge y el dragón (llamado vibre, y víbria en el caso del dragón hembra). No era el único héroe que luchaba contra el monstruo con alas y cola bífida: también lo hacía santa Margarita. "En este momento el mito se convirtió en espectáculo –apunta Bertran–. Las representaciones incluían danzas, música y escenas dramatizadas en la calle, lo que consolida una tradición festiva que aún hoy pervive".
El dragón, enemigo político
Su popularidad hizo que también se convirtiera en un símbolo político en según qué momentos. Después de la derrota de 1714, la figura adquirió también nuevas lecturas simbólicas dentro de la cultura catalana. "El dragón simbolizaba al opresor español", dice Freixa. Durante el Modernismo, esta reinterpretación simbólica se intensificó notablemente. Uno de los ejemplos más emblemáticos es la Casa de les Punxes, donde Sant Jordi aparece como figura monumental con un mensaje claramente reivindicativo: “Sant patró de Catalunya, torneu-nos la llibertat”.
Freixa destaca que este tipo de imaginería generó polémica en su momento. “Eran imágenes que tenían una lectura política muy evidente y que las autoridades intentaban controlar, porque se utilizaron representaciones de sant Jordi en sellos, postales e incluso monedas", asegura la historiadora. Así, en 1900 se acuñaron monedas de oro, plata y bronce, diseñadas por el escultor Juli Vallmitjana. En el anverso muestran a sant Jordi a caballo matando al dragón con la inscripción “Unió Catalanista 1900”. En el reverso, cada moneda presenta símbolos diferentes: el trono del rey Martí (oro), las cuatro barras sobre una cruz (plata) y las cuatro barras con yelmo y corona y el lema Vindicamus hereditatem patrum nostrarum [Reclamamos la herencia de nuestros padres].
Sant Jordi ha ido desapareciendo de los séquitos. "Quedan algunas excepciones de tradiciones ancestrales (no contemporáneas) en Monçao (Portugal) y en Mons (Bélgica), pero en muchas otras localidades la figura de sant Jordi ha desaparecido del séquito. El dragón, en cambio, no ha perdido popularidad. De hecho, ya no es solo un enemigo; es una figura querida y central de la fiesta”, destaca Bertran. "Pasa como con las representaciones de David contra Goliat. David no ha pervivido. Los gigantes, en cambio, que eran los malos, son enormemente populares", añade.