Educación: SOS humanidades

"Aunque nuestra única preocupación fuera el crecimiento económico nacional, deberíamos proteger la educación humanista". Lo dice la filósofa estadounidense Martha C. Nussbaum (Nueva York, 1947), según la cual tanto en las escuelas como en la universidad en todo el mundo pasa exactamente lo contrario: las humanidades (literatura, historia, filosofía, etc.), y también las artes, son cada vez más despreciadas, si no directamente eliminadas. ¿Qué nos está pasando? En ningún caso Nussbaum va contra las ciencias duras ni contra los saberes tecnológicos. Pero alerta del error de despreciar el conocimiento humanístico y el pensamiento crítico que va asociado. Y advierte que, al mismo tiempo que se despoja al currículum de elementos humanísticos, se vuelve a imponer la pedagogía de la memorización (evidentemente, esto tampoco quiere decir que rechace toda memorización).

En el ensayo Sin ánimo de lucro (en traducción de Dolors Udina para Arcàdia), la autora se pregunta "por qué la democracia necesita las humanidades" y analiza cómo, en cambio, las está arrinconando, sobre todo fijándose en los Estados Unidos y la India, dos realidades que conoce bien. "Si no insistimos en la importancia crucial de las artes y las humanidades, las dejaremos morir porque no dan dinero". Al menos no lo dan de manera directa: pero de manera indirecta mejoran mucho las organizaciones privadas y públicas porque forman personas creativas, con capacidad de innovar, de dialogar y trabajar en equipo, de combinar espíritu práctico con valores éticos, de comprometerse para el bien común, de dar sentido a su trabajo. En definitiva, de dar sentido a la vida.

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Nussbaum construye esta obra de la mano de Sócrates y Rabindranath Tagore. También se fija en las ideas pedagógicas de Rousseau y John Dewey. "A partir del siglo XVIII, diversos pensadores de Europa, Norteamérica y sobre todo la India, empezaron a alejarse del modelo educativo basado en la memorización y a plantear experiencias en las que los niños eran participantes activos y críticos". Todos se inspiraron en el ideal socrático: conocerse interiormente, ser responsable de los propios actos, pensar por uno mismo. Conocimiento y pensamiento crítico. "Ni siquiera los alumnos [universitarios] más inteligentes y bien preparados aprenden a desmontar un argumento sin una preparación paciente", con mucha dedicación por parte del profesorado, y no solo por medio de clases magistrales, sino también de un intercambio intensivo en grupos de seminario reducidos.

Tagore, premio Nobel de literatura de 1913, era un socrático. Impulsó el cambio educativo en la India, sobre todo introduciendo en las escuelas la música, las bellas artes, el teatro y la danza. Hoy en su país, gobernado por el ultranacionalista conservador Modi, sus ideas son olímpicamente ignoradas. Era un gran bailarín y coreógrafo. Amita Sen, madre del Nobel de economía Amartya Sen, fue alumna de la escuela de Tagore desde muy pequeña: el padre de ella (el abuelo de Amartya), experto en historia de la religión hindú, hacía de maestro allí. Ella también fue una buena bailarina y de mayor dedicó un libro a su experiencia escolar y a Tagore donde remarca que la formación artística "exige disciplina y ambición". No se puede dejar que los niños jueguen y bailen solos. Tanto en humanidades como en artes, el secreto socrático está en cultivar los "ojos interiores" de los alumnos: hacer que se hagan preguntas sobre quiénes son, qué hacen en el mundo y qué quieren hacer en la vida. Esto pide mucho trabajo, tanto a los maestros como a los alumnos.

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¿Por qué los Estados Unidos progresaron tanto en el siglo XX? Porque "no han tenido un modelo educativo orientado solo al crecimiento" económico. La educación universitaria, todavía hoy, a pesar de las andanadas de Trump, que están haciendo mucho daño, se basa en las artes y las humanidades. Los dos primeros años los alumnos, estudien lo que estudien, tienen que hacer obligatoriamente asignaturas de estas materias. No es una cuestión de elitismo, sino de democracia: de hacer ciudadanos informados, independientes, receptivos a las novedades y a la pluralidad del mundo.

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En cambio, según Nussbaum, hoy tanto en la India como en Europa, las universidades están enfocadas al "crecimiento económico", a crear una tecnología y una élite empresarial competente. Se ignora la formación para la democracia, se ignora el desarrollo humano (el combate contra las desigualdades). Se ignora, en definitiva, el pensamiento (crítico) y la complejidad social y humana.

Cómo se ignora todo esto? Pues según Nussbaum, con los mitos de pureza, con el simplismo de un mundo de buenos y malos. Lo explica de la mano de la "patología del asco" a partir de la ansiedad narcisista básica de los infantes, "Su Majestad el Niño", como decía Freud. Con la complicidad de los padres, todo lo que no se adecúa a sus deseos de perfección es rechazado: así se crea un yo o un nosotros sin defectos, puro, contra un o un ellos sucio, malo, contaminado.

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Pues bien, las humanidades y las artes nos vacunan contra este sentimiento de pureza, nos llevan hacia la empatía, hacia la convivencia con la diferencia. Rousseau lo mostró con su Émile, enseñándole a negociar con el mundo donde habitaba. Nos llenamos la boca de libertad de expresión y respeto a la diferencia, pero "distraídos buscando la riqueza, cada vez pedimos más a nuestras escuelas [y universidades] que se conviertan en útiles generadoras de beneficios en vez de formar ciudadanos reflexivos". ¿Estamos a tiempo de salvar la educación y la democracia? ¿Estamos a tiempo de recuperar el gusto y el placer por las humanidades?