El inventor de la Barcelona verde

A menudo descubrimos la sopa de ajo. Hoy se habla de renaturalizar la ciudad como nueva tendencia: ejes verdes, supermanzanas, recuperar pavimentos porosos, hacer jardines verticales, etc. Sin crisis climática, desde el higienismo, hace más de un siglo y medio Ildefons Cerdà ya quería "urbanizar el campo y ruralizar la ciudad". Y hace un siglo Nicolau Maria Rubió i Tudurí (1891-1981), primer arquitecto paisajista catalán y del sur de Europa, discípulo del francés Forestier, pensaba la gran Barcelona con una mirada verde: el Tibidabo, Vallvidrera y Montjuïc; Vallcarca, el Park Güell y el parque del Guinardó; el Llobregat y el Besòs como grandes parques de agua; Pedralbes y Horta; y sobre todo las playas como un extenso parque urbano lineal. Hemos tardado mucho, demasiado, en hacerle caso.

Hace 100 años de la aparición de su estudio El problema de los espacios libres —en plena dictadura de Primo de Rivera—, del cual el Ayuntamiento acaba de publicar una edición facsímil comentada con textos de Maria Buhigas, Joan Busquets, Montse Rivero, Vicenç Casals y Enric Batlle. Es un libro imprescindible.

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Rubió i Tudurí es un personaje tan interesante como desconocido del gran público. Para Barcelona, es el Cerdà verde. Todavía hoy seguimos su huella. Al igual que Pere Garcia Fària (1858-1927), otro desconocido, es el Cerdà subterráneo: diseñó el sistema de alcantarillado.

Quién era y qué hizo Rubió? Menorquín de nacimiento, fue el primero de cinco hermanos. La madre era de una estirpe isleña acomodada y el padre, Marià Rubió i Bellver, un ingeniero militar nacido en Reus. Un hermano del padre, el arquitecto y cazador Joan Rubió i Bellver, fue alumno y colaborador de Gaudí y es un antepasado de la estirpe de arquitectos Solà-Morales.

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El padre de nuestro protagonista pronto se trasladó a Barcelona, donde dirigió la Sociedad Anónima del Tibidabo, promovida por el doctor Andreu. En la capital catalana, Nicolau Maria obtiene el título de arquitecto en 1915 con Domènech i Montaner de director de la Escuela de Arquitectura, al mismo tiempo que asiste a la escuela de arte noucentista de Francesc d’Assís Galí.

Por influencia del padre, se convierte en el ayudante que Jean-Claude Nicolas Forestier necesita para hacer realidad el encargo de convertir Montjuïc en un gran parque. El pintor Josep Maria Sert, establecido en París, había conocido a Forestier y se lo había comentado al joven político Cambó, que unos años antes (1905) ya había participado en la elección de otro francés, Léon Jaussely, para monumentalizar e introducir espacios verdes en la ciudad, enlazando el Eixample de Cerdà con los núcleos suburbanos. En Montjuïc se iba a celebrar la Exposición de Industrias Eléctricas, de la cual era asesor el padre de Nicolau Maria y que finalmente sería la Exposición Internacional de 1929.

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Un joven 'encantador' y sociable

Encantador y sociable, el joven Nicolás María aprovecha bien la oportunidad. Con Forestier se hicieron "amigos al instante". Fue su colaborador hasta la muerte, en 1930, del botánico-urbanista seguidor del París de Haussmann, un Forestier que creó el sistema de parques de la capital francesa apropiándose de la idea de los parkways (paseos ajardinados) del norteamericano Olmsted, el autor del Central Park de Nueva York.

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En 1917 Rubió y Tudurí ya es nombrado director del Servicio de Parques Públicos y Arbolado de Barcelona. Entre 1920 y 1924 ejerce de secretario de la Sociedad Cívica Ciudad Jardín. Establece alianzas entre el sector público y el privado (en especial con los empresarios de la horticultura). Promueve la adquisición de terrenos (incluido el Park Güell y la plaza de la Sagrada Familia), la creación de viveros y de la escuela de jardineros (no lo consigue hasta 1933) y el Concurso de Rosas Nuevas de Pedralbes (1929).

Durante aquellos años también hace divulgación en la prensa y ejerce de arquitecto con un estilo ecléctico. Como escritor, escribe novelas y teatro, y traduce ni más ni menos que a Montaigne. Y en su vertiente artística, crea, con el ceramista Llorens Artigas, una sesentena de jardines en miniatura que se exponen en París, Londres y Nueva York.

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Pero sobre todo desarrolla una propuesta paisajística propia para Barcelona (1917) inspirada en los casos de Boston (mirada supramunicipal), Baltimore (dos ríos como anillo de parques) y Viena (los espacios de las antiguas murallas como rondas verdes). El libro ahora recuperado es la culminación de esta visión, a la que hay que añadir su concepción de jardín meridional —mediterráneo y latino—, con los bancales como elemento clave, con el que marca distancias con el paisajismo inglés y el formalismo francés.

Esta brillante trayectoria se ve truncada por la guerra y la dictadura, que le llevan a pasar ocho años de exilio en París, donde sobrevive haciendo de artesano artístico: como figurinista del modisto vasco Balenciaga, como diseñador de joyas y como decorador de escaparates. En aquellos años se relaciona con artistas e intelectuales catalanes como el mencionado Josep M. Sert, Lluís Nicolau d'Olwer o Pablo Picasso. En la capital francesa, cumplidos los 50 años, se casa con Montserrat Pla. Al volver a Cataluña, depurado, tiene que dedicarse a hacer jardines privados para particulares, empresas y grupos hoteleros: en Cataluña, el País Valenciano, Madrid, el País Vasco, las Baleares y las Canarias.

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Pensador, arquitecto y gestor, catalanista, federalista y defensor del Mediterráneo, su legado lo forman más de 175 entornos ajardinados, entre los cuales se encuentran, de los años 20 y 30, la reforma del Palacio de Pedralbes, la plaza Francesc Macià o el Turó Park; y de después, los jardines posteriores del Putxet para Bertran y Güell, Can Forns en l’Ametlla del Vallès para Salvador Millet, los jardines de Cap sa Sal en Begur y los del Hotel de Mar en Palma.

Rubió i Tudurí murió a los 90 años en 1981, ahora hará 45 años.