Literatura

'El juego del silencio': crítica de la novela de la cuando todo el mundo habla

La primera novela de Gil Pratsobrerroca se ha convertido en uno de los fenómenos editoriales de los últimos meses

'El juego del silencio'

  • Gil Pratsobrerroca
  • La Campana
  • 320 páginas / 20 euros

En literatura, a menudo existe un desprecio hacia los géneros considerados comerciales o populares que en cine nunca se ha dado, ni siquiera entre finóleos pedantes y especialistas sofisticados. No son pocos los críticos, académicos y periodistas que se dedican a lo literario, en cambio, que adoptan una actitud medio condescendiente siempre que leen una novela policíaca, de aventuras o de terror, o con elementos sobrenaturales o de thriller. Como si Dumas y Stevenson no fueran constructores de personajes y mundos increíbles, como si la de Raymond Chandler no fuera una de las mejores prosas en inglés del siglo XX, como si la terrorífica Shirley Jackson y el visionario Stanislaw Lem no fueran literatos –estilo e ideas– de primera. Digo estos nombres y podría decir tantos otros. Estos lectores condescendientes ignoran que escribir una novela de género es dificilísimo.

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Lo pensaba leyendo El juego del silencio, de Gil Pratsobrerroca (Vic, 1997), que se publicó hace unos pocos meses y que se ha convertido en un auténtico fenómeno: ya ha superado los 10.000 ejemplares vendidos y acaba de lanzarse su octava edición.

Un cóctel prometedor

Pratsobrerroca, que es guionista audiovisual, ha querido hacer una novela trepidante, entretenida y vistosa, con ingredientes de thriller policíaco (la desaparición de una niña de siete años, una subtrama relacionada con el tráfico de drogas), con un toque de película de terror (psicopatías, atmósferas, atmósferas, atmósferas, atmósferas, melodrama sentimental (infidelidades, paternidades dudosas). El cóctel es prometedor, en especial por aquellos que somos entusiastas de estas mezclas de géneros y por ejemplo nos gustan las novelas de Gillian Flynn y las series de HBO y Netflix estilo Task o Untamed.

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El resultado, sin embargo, no está a la altura de las expectativas. La impresión es que, más que una novela terminada, El juego del silencio es una de las primeras versiones de un guión. Los personajes son planos y sus comportamientos son activados por motivaciones de las que se nos explican las razones pero que ni psicológica ni emocionalmente comprendemos. Además, las relaciones entre ellos –entre la pareja protagonista, entre la pareja en cuestión y su hija, entre los padres y la niña y toda la galaxia de secundarios que les rondan– son presentadas y bruscamente apresuradas, no construidas y desarrolladas. La prosa, por su parte, se limita a vehicular de forma funcional, a veces recurriendo a clichés, lo que es pura información narrativa: escenografías de cartón piedra (la Barcelona gentrificada, un pueblecito pirenaico), situaciones sin alma y hechos sin fondo.

Diría que uno de los modelos de Pratsobrerroca ha sido El caso Harry Quebert, de Joel Dicker: la estructura troceada, los saltos en el tiempo, el ritmo de cuenta atrás... Ocurre que en la novela de Dicker había un dominio narrativo –dosificación de la intriga, informaciones plantadas sutilmente y recuperadas de forma inesperada, giros argumentales que te dejaban sin aliento, golpes de efecto directos en la cara–. Todo ello es tan rocambolesco que da una impresión de artefacto inconsistente e inverosímil. Y alerta: la verosimilitud no consiste en que lo que leemos nos resulte creíble porque nos parece que es creíble según nuestra concepción de la realidad, sino porque el autor nos lo sabe hacer creíble mediante una prosa expresiva y unos personajes que nos conmueven. Es evidente que Gil Pratsobrerroca tiene una imaginación atrevida, pero aquí, y más allá del éxito, todavía no ha demostrado su potencial.

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