En la muerte de António Lobo Antunes
Para él (son palabras suyas) escribir era un encuentro de amor, de conocimiento, y lo que pretendía era transformar el arte de la novela. Lo esencial no era la historia, y la intriga no le parecía lo más importante. Lo que António Lobo Antunes, fallecido este jueves, deseaba no era tan sólo que lo leyeran, sino que vivieran cada uno de sus libros.
Decía que a la hora de escribirlos tenía muy presente la música de Bach porque es necesario ser implacablemente eficaz, de una precisión casi matemática. Por eso, corregía obsesivamente y tenía un estilo tan personalísimo. A pesar de que debía luchar constantemente con las palabras, con la resistencia de las emociones, consideraba que éste era el encanto de su trabajo. "No puedes solo sufrir cuando escribes, debes sentir gozo y alegría", afirmó.
A veces, soñaba con frases, según él fantásticas, que al despertarse había olvidado. En su proceso creativo decía que perdía las tres o cuatro primeras horas y cuando ya estaba fatigado era cuando la escritura empezaba a fluirle. "Los últimos capítulos de mis novelas creo que son los mejores porque ya estoy más cerca de este estado, aunque nunca lo alcance del todo y hay un momento en que el libro te expulsa. Lo quieres seguir corrigiendo, pero ya no quiere que lo toques más".
Cuando empezaba una obra, ya sabía los capítulos que tendría, conocía a los personajes principales, pero no los veía físicamente, no sabía cómo era su rostro. Un buen libro, aseguraba, es aquél que parece escrito para ti, que te lo sientes tuyo, como propio, y cuando alguien te habla te pones celoso porque piensas que sólo es tuyo.
Reconocía que en los escritores existe un cierto exhibicionismo, pero sobre todo el deseo de ser leído y querido. A él, una parte de la sociedad portuguesa no acabó de quererle mucho porque encontraba que escribía contra el país y su historia. Además, a veces resultaba algo provocador: "Entiendo -ironizó- a los lectores que compran Paulo Coelho porque es gente que trabaja demasiadas horas y al llegar a su casa está la familia, el televisor... y se necesitan libros de evasión". Los suyos no lo son, pero si haces el esfuerzo de entrar, acabas hipnotizado.
Psiquiatra de profesión, trabajó en el hospital Miguel Bombarda, de Lisboa, hasta que gracias al éxito y ventas de sus libros se pudo dedicar completamente a la literatura. "Mi ritmo es infernal, trabajo doce horas diarias. Cuando soy de viaje para presentar un libro, recupero el tiempo perdido durante las noches y escribo hasta las dos o las cuatro de la madrugada. (...) Tengo que escribir todos los días, lo necesito para no sentirme culpable", decía. "La novela debe ser implacable y debes conseguir, al igual que con la música, que el lector te siga, te acompañe página tras página", añadía.
Yo lo he hecho durante años seducido por la magia musical de su portugués y la atmósfera absorbente de sus obras.
De entre las quizás mejores de su corpus literario, me gustaría destacar las que ya están traducidas al catalán: El manual de los inquisidores, por Xavier Pàmies, y El esplendor de Portugal, Exhortación a los cocodrilos, No entres tan rápido en esta noche oscura y Ayer no te vi en Babilonia, por Joan Casas.
En sus novelas, lo reconoció él mismo, siempre existe un sustrato autobiográfico y su melodiosa arquitectura verbal suele tener como base muchas de sus vivencias personales. Sobre todo las de la guerra colonial de Angola, en la que tuvo que participar como médico suboficial y es un tema recurrente que aparece (sólo hay traducción castellana) en Memoria de elefante, En el culo del mundo, Conocimiento del infierno, Comisión de las lágrimas y Fado Alejandrino.
En su último libro, La última puerta antes de la noche, se introduce en la mente de cinco imputados en un juicio por la muerte de un industrial disuelto en ácido sulfúrico, pero al que quiera iniciarse en su mundo y su estilo, le recomendaría especialmente sus libros de crónicas, que recogen los artículos publicados quincenalmente, durante años, en la prensa. Un muestrario diverso y muy interesante de temas, apuntes, reflexiones, historias, magistralmente redactados.
Escritor comprometido que empezaba a entender que "no podemos vivir sin una conciencia política de la vida", y que consideraba su obra una especie de "epopeya lírica", confesó: "Yo creo que no tengo talento y que todo lo he conseguido a base de un gran esfuerzo, con mucho trabajo". Un trabajo y un esfuerzo dedicados a una pasión que ya no podrá vivir más: la escritura rigurosa de una prosa que, según María Luisa Blanco, autora del libro Conversaciones con António Lobo Antunes, "es de una belleza estremecedora y de una profundidad insondable."
Para él, escribir era también "una actitud frente a la muerte, escribes contra la muerte", sentenció, pero la muerte nunca muere y ahora se la acaba de llevar.
A sus agradecidos lectores nos conforta literariamente pensar que las grandes obras, los grandes libros, tampoco mueren, y los suyos lo son.
Y pervivirán.