Literatura

¿En qué lugar de la península ibérica hacían negocio con "jamones excelentes" hace 2.000 años?

'Iberia', de Estrabón, que Xavier Biosca ha traducido por primera vez al catalán para Adesiara, permite averiguar qué sabían los antiguos griegos sobre "la piel de toro"

18/05/2026

Barcelona"Iberia se asemeja a una piel de toro extendida de Occidente a Oriente en cuanto a la longitud, con las partes anteriores orientadas hacia el este, y de norte a sur en cuanto a la anchura. Tiene aproximadamente seis mil estadios de longitud; en cuanto a la anchura, en la banda más grande, tiene unos cinco mil, aunque hay lugares por debajo de los tres mil, sobre todo en los Pirineos, que están en el lado oriental". Estas palabras sirven de introducción al libro tercero de los diecisiete que integran la ambiciosa Geografía de Estrabón (c.63 aC–24 dC), centrada en explorar la actual península Ibérica hace más de 2.000 años. El autor se adentra en sus principales ciudades, templos y ríos, pero también en los pueblos que la integraban, entre los cuales había los astures, los lusitanos, los celtíberos, los ceretanos y los layetanos. ¿Qué sabían los antiguos griegos sobre nosotros? ¿Hasta qué punto hemos cambiado?

Hasta ahora inédita en castellano, Iberia se ha convertido en un pequeño fenómeno desde que Adesiara la puso en circulación poco antes de Sant Jordi. "A las cuatro de la tarde nos habíamos quedado sin ejemplares en el puesto de la editorial –comenta Jordi Raventós, su fundador–. Volaron una treintena en pocas horas, y habríamos vendido más, porque había paseantes que nos lo pedían expresamente". No es la primera vez que Adesiara consigue atraer a los lectores con libros escritos hace milenios: lo han hecho con las antologías Sabiduría griega arcaica, a cargo de Jaume Pòrtulas y Sergi Grau, una nueva traducción de El arte de amar, de Ovidio, a cargo de Jaume Juan Castelló, y también con la primera novela de la historia, Calírroe, de Caritón de Afrodisias, versionada por Jaume Almirall Sardà.

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Redescubrir la tierra donde vivimos

Ha sido el filólogo y profesor Xavier Biosca (Manresa, 1960), que se estrena como traductor con Ibèria, quien ha dado a conocer el volumen, que sirve para redescubrir la tierra en la que vivimos a través de la mirada erudita de un geógrafo y escritor del que no tenemos muchas noticias. "Estrabón había nacido en Amasia, en la costa del mar Negro –recuerda Biosca–. Era griego por nacimiento, pero también por formación y cultura". Aun así, la época que le tocó vivir era la de la expansión y consolidación de Roma, que en vida del autor se convirtió en imperio, del cual César Augusto asumió el poder absoluto desde el 27 a.C. y hasta su muerte, el 14 d.C.

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"Un tratado como esta Geografía estaba pensado para ser una guía para los políticos de la época, de cara a saber qué se encontraría la gente a quien quisieran enviar –continúa el traductor–. La ambición de Estrabón era describir todas las tierras del ecúmene, el mundo habitado y conocido por los griegos, sobre todo alrededor del Mediterráneo". Se ocupó, además de Ibèria, de lugares como Italia, las regiones de los Alpes, Asia Menor, la India, Egipto, Libia y Mauritania. "Escribió sobre los lugares y la gente que vive allí, siguiendo al dedillo a autores como Posidonio, Eratóstenes y Artemidoro. Junto a ellos también tenía a Homero como fuente de sabiduría –añade–. Llegó a aplicar como topónimos de Ibèria algunos de los nombres que aparecen en la Odisea y la Ilíada". Estrabón trabajaba desde la erudición, sin moverse de casa. "En este sentido, fue una especie de Julio Verne, que vivió hace más de 2.000 años", reconoce Biosca.

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De Málaga al secreto de la Cerdaña

En el cuarto apartado de Ibèria, Estrabón se ocupa de la Mediterránea y el interior peninsular. El recorrido arranca desde Málaga (actual Málaga) y sube por Carthago Nova (Cartagena) y Sagunto hasta llegar a la "misma desembocadura del Iber [Ebro], donde está la colonia de Dertosa [Tortosa]", escribe Estrabón. Acto seguido entra a describir la actual Cataluña: "Entre el delta del Iber y las cumbres de los Pirineos (...), Tarraco [Tarragona] es la primera ciudad, sin puerto, pero alzada en una bahía y provista de muchas otras cosas de manera bastante conveniente". Estrabón salta desde Tarraco hasta Emporion [Ampurias]. "Los ampuritanos son bastante hábiles a la hora de trabajar el lino –afirma–. Ocupan el interior del país; una parte es fértil, pero otra es una zona que produce esparto de un junco de mala calidad que crece en una zona pantanosa. La llaman llano Juncaria [nombre del cual deriva La Junquera]".

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A Xavier Biosca le llama la atención que el geógrafo pase por alto mención alguna a Bàrcino [Barcelona]. "Hacía como mínimo tres siglos que había sido fundada, y César Augusto, del que Estrabón siempre habla bien, había estado allí", explica. Sí que aparece Ilerda [Lleida], y se fija en una historia curiosa vinculada a los ceretanos, una tribu ibérica emplazada en la actual Cerdaña. "Elaboran unos jamones excelentes –leemos en Ibèria–, que proporcionan a estos pueblos unas ganancias no pequeñas". Hace dos milenios, los ceretanos ya hacían negocio comerciando con jamón curado. Además de Estrabón, ensalzan los jamones ceretanos el historiador Polibio y el poeta Marcial.

El traductor de Ibèria oyó hablar de Estrabón por primera vez en la facultad de clásicas, pero no fue hasta al cabo de unos cuantos años que los traductores Joaquim Gestí y Montserrat Franquesa le animaron a presentar el proyecto a la Fundació Bernat Metge. No prosperó porque estaba demasiado ocupado en el instituto donde enseñaba griego. Fue a partir de la jubilación, ahora hace cuatro años, que se volvió a poner. "Traducir es un trabajo exigente y apasionante –admite Biosca–. Aunque sea difícil, me he dado cuenta de que no puedo dejar de hacerlo". El segundo libro que publicará en Adesiara este otoño es Records de Sòcrates, de Jenofonte, con el que ganó el penúltimo premio Vila de Martorell-Memorial Montserrat Franquesa. Este, a diferencia de Ibèria, de Estrabón, se podía leer en catalán gracias a la traducción que Carles Riba hizo en 1929 para la Bernat Metge.

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