Madame Bovary en el Eixample de Barcelona
Etna Miró debuta con 'Amelia de las Camelias', una novela que disecciona con ironía a un grupo de jóvenes universitarios barceloneses
'Amelia de las Camelias'
- Etna Miró
- Cabo de Brote
- 304 páginas / 21 euros
A todo novelista que debuta se le pide una voz. También una técnica, un estilo, una habilidad o la capacidad de crear personajes memorables, pero lo que le hará destacar de entre la masa es si ha sido capaz de dejar una carta de presentación diferente, original. Si ahora mismo estuviéramos dentro de la novela de Etna Miró (Barcelona, 2001), "diferente" y "original" irían en cursiva para marcar ironía y distanciamiento, que son dos de los mecanismos que más y mejor utiliza la autora para describir un conjunto de habitantes de Barcelona, las que ella ha tenido la feliz idea de batir, que estudiantes de filología, literatura estudiada (sic) o ciencias políticas que, como un enjambre que zumcea con mucha inteligencia social por la colmena que configuran las islas del señor Ildefons Cerdà, van y vienen y charlan de todo excepto de dinero, como si siempre estuvieran delante de un público. Lo que no está previsto es que tengan "crisis espirituales", y eso es lo que le ocurre a la protagonista de la novela, Amelia de las Camelias, un nombre queridamente recargado, pasado de moda, todo él una referencia literaria obvia. Quien se la ha empujado es la propia Amelia, que se ha puesto un caparazón de concha preciosa, pero que no sabe que está vacía: es una Emma Bovary que, por más que lea, no capta ni una sola de las ironías de la vida.
Hacia el final de la novela, que se va oscureciendo progresivamente sin dejar de hacer reír, Amèlia se siente sola, pero se trata de una soledad que "por primera vez, para ella, no era ninguna fantasía ni ninguna proyección de una lectura": la novela traza con maestría la auge y la novela traza con maestría la auge ficción, que no entiende que el personaje que ha creado a partir de sí misma es sólo eso, un personaje, y no una persona que debe tomar decisiones adultas. Ni la serie de desengaños amorosos que sufre la hacen reaccionar: ahí radica parte de la grandeza de la novela, que no hace aprender nada a nadie, ni siquiera a la protagonista, sino que se limita a colocarla dentro de una serie de estampas que la dejan, a ella ya sus amigos, francamente en ridículo.
Favores, chantajes y luchas de poder
La sátira de la cultura barcelonesa, subsección catalana, contiene todos los escenarios y personajes que hacen falta: el papel de envolver de la librería Espitlleres, los encuentros de lectoras chamánicas del Cercle Rodoreda en la librería Poma, editoras que se parecen muchísimo a Ester Andorrà, escritores sin obra que consiguen un Bernat Dedéu cualquiera), jóvenes estudiantes de Literatura Estudiada intolerantes al gluten que tienen debates posthumanistas, escenas del Festival de los Clásicos que hay que comentar "haciendo una copita" en el Comedor de la Beckett, seducciones etílicas y patéticas en el bar L'Ascensor... Todas las descripciones son cuidadas y las sistema cultural, los favores, chantajes y luchas de poder son corrientes subterráneas que generan una serie de exhibiciones públicas más o menos sinvergüenzas. Esto Miró lo borda, porque lo conoce bien y porque tiene la inteligencia suficiente para reírse de todo y de todos, y probablemente también de sí misma, que ha estudiado teoría literaria y literatura comparada y hace un doctorado sobre Marcel Proust. Quizás el exceso referencialista restará lectores a la novela, pero éste es un riesgo que se intuye calculado, porque es un libro que sabe a quién se dirige.
La lengua que Miró ha elegido para contar esta historia es queridamente refistolada, algo antigua (hay "sus") y algunas frases son un poco demasiado largas: esto va en detrimento del ritmo de lectura, pero también le da un aire de parodia de bildungsroman romántico o de novela modernista que le sienta del todo. Todo tiene un motivo y nada está fuera de lugar en este debut que tiene una voz más que propia: anoten el nombre de Etna Miró.