Sin mi madre: un drama rural francés
'Genio la loca', de Inès Cagnati, retrata una Francia rural y pobrísima que solo podemos imaginar en blanco y negro y envuelta por una niebla que lo ahoga todo
'Genio la pintura'
- Inès CagnatiQuid Pro Quo EdicionsTraducción de Marta Marfany208 páginas / 22 euros
Publicada en 1976, Génie la loca es la novela más conocida de Inès Cagnati (1937-2007), una escritora francesa de origen italiano poco conocida entre nosotros y que, ahora, gracias al buen trabajo de la editorial balear Quid Pro Quo y una impecable traducción de Marta Marfany, tenemos la posibilidad de empezar a leer en castellano. Entre otros títulos que dejó, destaca por méritos propios esta historia dura y oscura como el mundo que retrata: una Francia rural y pobríssima que solo podemos imaginar en blanco y negro y envuelta por una niebla que lo ahoga todo. Los ríos, el viento entre los sauces y las margaritas que crecen en los márgenes de los caminos tienen el mismo peso y reciben el mismo tratamiento, exquisito y brutal a la vez, que los secretos más inconfesables de las familias.
En el centro de todo hay una historia de amor maternofilial difícil de superar en aspereza, pero que se intuye que está atravesada por un amor profundísimo. Las palabras madre e hija no aparecen ni una sola vez en toda la novela, y eso que la voz narradora es la de la hija. La madre, que es quien recibe el apodo de loca por culpa de un embarazo antes de tiempo, no tiene ningún gesto ni ninguna palabra de amor hacia la hija, sea cual sea la circunstancia que atraviesen, y las hay muy dolorosas. La hija solo corre detrás de la madre o la espera sola, de noche, en la puerta de casa, cuando vuelve de dejarse la piel trabajando en los campos, en los corrales o en las cocinas de las casas del pueblo.
Silencios heredados
El estilo de la novela se ajusta como un guante a la sequedad de lo que cuenta y actúa de potenciador de los dramas que se cuecen en ella. Con una alta conciencia del ritmo de la frase y una capacidad de síntesis que lleva a la evocación de aquello que no se explica, la fuerza de la novela radica en lo que pasa fuera de campo: si vemos a una niña con un vestido de flores arrugado y a un cura sentado en una silla a su lado, ya no hace falta explicar nada más. El primer tercio del libro, que es básicamente una presentación del personaje de la madre hecha solo a través de los ojos y la voz de la hija cuando aún es pequeña, es un prodigio.
La novela también es un homenaje al ritmo cíclico de la naturaleza: las cosechas, los animales en la granja, las zorras que rodean la casa casi a punto de asaltarla, las cosechas bajo el sol, la matanza del cerdo... y, junto a todo esto, que funciona como bálsamo, están las catástrofes que estallan en las comunidades pequeñas: terribles y, además, tapadas con silencios que se heredan de generación en generación. Familias que no perdonan ni un resbalón, abuelas que no quieren a sus nietas porque son bastardas y abuelos que solo se sientan en un rincón a leer libros sobre reyes antiguos y locos. Un mundo donde los hombres imponen la ley y las mujeres no son sino bestias de carga, siempre disponibles para limpiar una corte muy sucia o para entrar en una cama muy limpia: no hay diferencia entre el servicio que se presta en un lugar o en otro.