La mujer que logró el Nobel... para su marido
En la península del Cabo de Creus, en el término de Roses, se encuentra la cala del Calis, también conocida como cala del General, dentro de la bahía de Montjoi. Es donde estaba el restaurante Bulli –ahora una especie de museo sin comida– y, a su lado, justo sobre la calita, la casa Camprubí, una antigua ermita adquirida en 1885, medio siglo después de la desamortización de Mendizábal, por el general brigadiero Fèlix Camprubí Escudero, abuelo de la Zenobia Camprubí Aymar Jiménez.
Este rincón de mundo es un paraíso, sobre todo los días suaves de invierno y primavera. Antes también lo sería en verano... La casa hoy pertenece a la familia Galí, también descendientes de los Camprubí. Fèlix Camprubí pagó 1.750 pesetas, es decir, unos 11 euros, a su anterior propietario, Joaquim Vergonyós, un hacienda de Castelló d'Empúries que le había heredado en 1837 y que, según Josep Pla, era un "jugador de cartas recalcitrando y católicos aferrados" excelentes jugadores– pasaba temporadas en Montjoi comiendo buen pez, jugando al canario o al burro y oyendo misas”. A Pla este tipo de personajes conservadores crápulas le causaban una gran envidia e impresión.
Esta historia está en el origen del libro Zenobia Camprubí y los secretos de la cala Montjoi, (Editorial Calígrafo), de Francesc Galí, publicista, fotógrafo y músico. Su bisabuelo José también era general de brigada y hermano de Félix. Otro hermano, Raimundo, era el padre de Zenobia. La casa la han ido disfrutando distintas generaciones de la familia. El último inquilino fue Oriol Galí, fallecido trágicamente hace dos años al caer al mar mientras caminaba por el camino de ronda. Vivía como un anacoreta, solo. Su hermana es la arquitecta Beth Galí Camprubí, pareja de Oriol Bohigas. Beth había pasado también los veranos aquí.
Francisco Galí heredó de su abuela, Josefina Camprubí Darna, unas cartas dirigidas a su prima Zenobia datadas en los años 30 del siglo XX, durante la República. Ahora les ha quitado el polvo y ha ido estirando hilos en torno a la Zenobia y Montjoi. El resultado es este libro rompecabezas, escrito como una especie de dietario de una investigación. Se hace leer, siempre quieres saber más.
Zenobia y Juan Ramón, que se habían conocido en la progresista y luminosa Residencia de Estudiantes donde también estaban Lorca y Dalí, en los años 30 vivían en Madrid, donde coincidieron con el prometido de Josefina, Francisco Galí, ingeniero que trabajaba en las obras del metro de la capital española. Eran años de esperanza, trepidantes. Zenobia era una de las primeras mujeres que en Madrid conducía coche. Hablaba idiomas, leía y escribía. No paraba.
La guerra lo internó todo. Al estallar, Zenobia y Juan Ramón acogieron en su casa a un grupo de doce niños huérfanos. Pero el 20 de agosto de 1936 –un día después del asesinato de Federico García Lorca–, se marchan al exilio, dejando a su cocinera a cargo del piso y los niños. Le dan dinero y le seguirán enviando. La pareja entra en Francia por La Jonquera el 22 de agosto. «Quiero creer que pasaron las últimas horas en la piel de toro, felices, mirando al cabo Norfeu desde la terraza» de la Casa Camprubí donde ella había pasado veranos memorables, escribe Francesc Galí.
Nunca pudieron regresar del exilio. En Nueva York, un hermano de Zenobia era propietario del famoso diario en castellano La Prensa, desde donde recogió fondos para la República española. El exilio lo ocurrió entre EEUU –ella había vivido muchos años de juventud, estudiante–, Cuba y Puerto Rico, de donde venía la familia materna de Zenobia. Él depresivo y ella con cáncer, el fin de la pareja fue complicado y una carrera contra reloj para obtener el Nobel: fue Zenobia quien realmente lo logró, moviendo cielo y tierra. Mujer emancipada e intelectualmente muy bien formada, traductora de Tagore, fue la musa y el pilar de Juan Ramón Jiménez. Agotada, murió pocos días después de la concesión del Nobel a su esposo en octubre de 1956. Él, al año y medio.
La casa Camprubí forma parte de la memoria de Zenobia y Juan Ramón. La gente de allí, el valle de Magrigul, con las masías de Montjoi de arriba –habitada– y de abajo –ahora en proceso de rehabilitación–, históricamente la conocían como Can Rubí, una variante de Camprubí. Las obras en Montjoi de abajo, donde hasta hace no tantos años había una imponente torre medieval que se cayó y que se ha vuelto a levantar, las está haciendo el nuevo propietario, un descendiente norteamericano de otra estirpe con pedigrí rosinco, los Pi-Sunyer, Larry Williams Jr. Pi-Sunyer.
Por el libro, pues, circulan los Camprubí, los Galí –el bisabuelo paterno del autor es el pintor noucentista Francisco de Asís Galí i Fabra– y los Pi-Sunyer, que también se esparcieron por el exilio americano. El autor no se olvida de Bulli, claro, con Hans Schilling y Marketa, con Juli Soler y Ferran Adrià. Francesc Galí tiene recuerdos personales de sus veranos de infancia y adolescencia.
La casa Camprubí, tan bien puesta sobre la cala del General o de Calis, se mantiene como testigo de unas vidas que merecen ser recordadas. Una mancha de luz blanca sobre el mar. "Yo sé que cuando me vaya, / como el alma tengo que volver / a esta tierra en la que hoy espero".