Un puesto de la Policía Nacional en la ciudad de los prodigios

Un Sant Jordi sincrético o el lujo de salvar el catalán con buenos libros

23/04/2026

BarcelonaRealmente, Sant Jordi es como el capitalismo, que todo lo integra. En la rambla de Cataluña, entre puestos de rosas, ONG y partidos políticos, tropiezo con uno de la Policía Nacional, justo por debajo de la calle Mallorca. Noto un escalofrío e instintivamente me alejo. Diría que de los Mossos no hay: de momento se les ha dado la misión de entrar de paisano en institutos de secundaria. En un día como hoy, a los polis catalanes quizá les tocará recitar poemas que no inciten a la violencia, sin dragones ni Sant Jordis, para alegría del Mendoza. Mientras tanto, los polis de toda la vida reparten folletos a los niños en la rambla de Cataluña. Barcelona, en efecto, continúa siendo una ciudad de los prodigios.

Más abajo, en un chaflán, está el rincón del PSC. Cuando paso por allí, lo atraviesa una cola larguísima. Esperan la firma de Pedro, pero no de Sánchez sino de Almodóvar, que está en la librería Finestres. Delante del puesto del partido de Illa, unas trabajadoras sociales aprovechan la aparición del expresidente Montilla: “¡Servicios feminizados, servicios precarizados!”, gritan. Un grito parecido lo he oído un rato antes en el Portal de l'Àngel por parte de las bibliotecarias en huelga. La calle más cara de Barcelona este año también tiene puestos, incluida la del ARA, donde no regalamos el diario, pero lo damos a un precio nada abusivo. “Por lo que cuesta una cena tienes la suscripción digital todo el año”, le respondo a un amable señor. Los globos azules sí que los regalamos.

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Delante del hotel más lujoso de Barcelona, el Mandarin del paseo de Gràcia, está la editorial Adesiara, dedicada a los clásicos antiguos y modernos. Lujo cultural frente a lujo de ricos. Por un día, el editor Jordi Raventós hace de librero. “Está saliendo bastante bien el libro de Kaminski”, un periodista alemán que vivió los primeros días de la Guerra Civil en Barcelona hace ahora noventa años. Era de los que pensaban que la revolución triunfaría. Pero en 1936-39 Sant Jordi no mató al dragón franquista.

El 'hater' de Bolaños

Vuelvo al Sant Jordi sincrético del 2026. Ahora me encuentro al ministro Félix Bolaños, que ha querido saludar a David Trueba. Me explica que había vivido en Barcelona y que le encanta la fiesta del libro y la rosa. Aquí hizo de letrado del Banco de España. La gente se hace selfies y, de lejos, un espontáneo le grita: “¡Qué poco te queda!”. “Por Sant Jordi, hasta los haters guardan las distancias civilizadamente”, dice Daniel Fernández, presidente del Gremio de Editores.

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La mayoría de las colas que veo son para autores en castellano o extranjeros traducidos también al catalán. La Nobel coreana Han Kang, Joël Dicker, Sonsoles Onega... Pregunto a dos responsables sobre la salud del catalán. ¿Salvaremos el idioma que habla habitualmente un 32% de la gente y que quién sabe cuántos leen habitualmente? Ambos me responden con un optimismo a prueba de bomba: “¡Y tanto!”. Son el consejero de Lengua del Govern, Francesc Xavier Vila, y Marta Salicrú, comisionada de Uso Social del Catalán.

Como buen sociolingüista, Vila aporta datos: cada año sumamos 20.000 nuevos hablantes, “aunque no son de los habituales”. En tono de confidencia, me hace notar que el presidente Illa, que está a favor de la regularización de inmigrantes, tiene claro que el catalán “ha de ser requisito”. Perfecto. Y a ver cómo lo hacemos.

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¿Liberarnos del castellano?

Por el momento, el día antes hemos sufrido el impacto aragonés (no del expresidente, sino de los vecinos): el nuevo gobierno PP-Vox quiere liquidar la lengua que se habla en la Franja, la de Duran i Lleida o Francesc Serés. Han pactado “liberar Aragón de la imposición del catalán”. ¿Imposición? En fin, Josep Benet diría “genocidio cultural” y no iría tan desencaminado. ¿Alguien se imagina un gobierno catalán con un programa en el que constase “liberar Cataluña de la imposición del castellano”? La cruzada mediática, política y judicial que se organizaría sería de traca y mocador.

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Gregorio Luri, pedagogo e intelectual navarro catalanizado, ahora hace de editor, “y todavía no sé qué son los números rojos”. Sí, Sant Jordi va de letras y también de números. Hoy, lo importante es que los datáfonos funcionen, me dice la consejera de Cultura, Sònia Hernández. La fiesta volverá a ser un éxito de números y letras. También de espacios. Pep Lafarga, secretario general del Gremi, lo tiene claro: “No hace falta crecer más, pero sí seguir esponjándonos”. Letras, números, espacios... ¿y lectores? Para los buenos lectores, una primicia: en junio Proa presentará una edición entera, en tres volúmenes, de Las vidas de Giorgio Vasari: 200 biografías de pintores, escultores y arquitectos del Renacimiento. Por tradición familiar, Martí Domínguez se ha encargado de ello. El lujo de salvar el catalán con buenos libros.