Trump pasará. León XIV permanecerá. La Iglesia ya tiene eso: dura 2.000 años. Su horizonte es lejano, infinitamente más estable que la legislatura de una estancada democracia liberal. A ritmo de eternidad, Robert Francis Prevost es el Papa número 267. La Iglesia no es democrática, claro. Es piramidal. Ahora quiere ser sinodal (de sínodo), es decir, más participativa y plural: el papa Francisco empezó a abrir puertas en los procesos decisorios a laicos y mujeres, y a figuras periféricas alejadas de los muros del Vaticano. León XIV está siguiendo este camino, el de un gobierno eclesial colegial y descentralizado. Cuando el joven Robert Francis un día preguntó a su madre, Mildred Martínez, si quería ser igual que los hombres, ella le respondió: "¡No, porque ya somos mejores!". Una mujer sabia y valiente tras el nuevo Papa americano. ¿El de una revolución silenciosa?
La anécdota la explica el periodista Vicenç Lozano en el libro León XIV, sombras bajo la cúpula (Pòrtic), un texto dialéctico, entrometido, bien informado. La obra pivota en dos influyentes fuentes anónimas, de esas que se pasean por la Santa Sede como en casa: las identifica como Il Dottore y Monseñor C. Opuestos ideológicamente, uno y otro ayudan a Lozano a entender cómo fue elegido, quién es y qué piensa el discreto papa agustino que pronto visitará Cataluña, una sociedad que conoce bastante bien. El Papa que enlaza con la Rerum novarum de León XIII (la respuesta social católica al capitalismo y la cuestión obrera) y con la renovación del Concilio Vaticano II.
Sin duda, Prevost no tiene el talante carismático de su predecesor. Es más discreto que Bergoglio, sí. Más reservado, también. Pero determinado. Cuando fue elegido hace un año, algunos creyeron que era un pontífice de compromiso (un progresista light), una figura de transición. Pues no: se está revelando como una voz serena y a la vez fuerte que en el terreno político planta cara a Trump: a favor de la acogida a los inmigrantes y contra la guerra; a favor de la justicia social y del respeto a la dignidad humana; en defensa de una ecología integral. Sin desearlo, en poco tiempo se ha erigido en contrapoder moral de un presidente de los Estados Unidos que siempre responde subiendo la apuesta: no ha tenido el más mínimo miramiento a la hora de blandir el nombre de Louis Prevost, el hermano MAGA del Papa. Cara y cruz de una familia.
Da igual. La continuidad de lo que inició un Bergoglio profético parece asegurada con un Prevost más diplomático y sutil: ha vuelto a vivir en el Palacio Apostólico, pero con austeridad; ha recuperado ciertas formas litúrgicas, pero como defensa contra la banalización del espacio religioso; ha permitido la celebración de alguna misa tridentina en la basílica de San Pedro, pero simultáneamente recibía okupas de la periferia romana y el pasado diciembre hizo que por primera vez en la historia del Vaticano 1.400 gais, lesbianas y transexuales peregrinaran a la Puerta Santa de la basílica de San Pedro en el marco del Jubileo.
Todo esto no aplacará, claro, la furia de los tradicionalistas, unos ultraconservadores que, preocupados por lo que consideran relativismo doctrinal y litúrgico, y molestos por la tímida apertura en cuestiones de moral sexual y de gobernanza, continuarán presentando batalla cultural y de poder dentro de la Iglesia. La reacción que comenzó contra el Papa argentino continuará con León XIV, un norteamericano educado en los suburbios de Michigan que se siente sobre todo peruano. En Chiclayo, durante dos décadas ejerció de misionero (y al final de obispo) en contacto con comunidades indígenas y con la pobreza, y confiando en ayudantes mujeres, tanto religiosas como casadas y solteras. El Papa habla inglés, castellano y... ¡quechua! Su sensibilidad social lo es también cultural. Y como Francisco, tampoco dará tregua en la denuncia de los abusos sexuales. Su objetivo de fortalecer la institución pasa también por aquí, por la tolerancia cero.
¿Qué más hace demasiado tiempo que hace tambalear la casa? La tesorería vaticana tiene un agujero multimillonario. Prevost, matemático de formación y buen gestor, racional y calculador, pragmático, sabe que sin dinero no se puede hacer nada. La recaudación del Vaticano —el llamado Obolo di San Pietro— se ha ido reduciendo en la última década, en especial porque las diócesis más ricas del mundo, las de las iglesias norteamericana y alemana, han rebajado sus aportaciones por razones opuestas: la una porque es muy conservadora, la otra porque es muy progresista. Ahora Prevost rasca ratos para estudiar alemán en el móvil con el Duolingo. Quiere poner orden en la economía. Pero no quiere que en Roma o el Vaticano se comercialice ningún producto con su imagen: lo ha prohibido. También aspira a poner fin a las fugas de ciberseguridad del Vaticano, otro quebradero de cabeza en un nido de intrigas donde todo el mundo vigila a todo el mundo.
¿Saldrá adelante, con todo esto? En términos eclesiales, es joven: 70 años. Juega al tenis y mira el fútbol con su secretario personal, el joven sacerdote peruano Edgard Iván Rimaycuna Inga. Cuando cada día se levanta antes de las seis de la mañana, la sonrisa de Prevost es dulce pero no ingenua. Alguien lo ha definido como un jesuita no-jesuita. Habla poco, sabe escuchar. No hay duda de su agenda reformista, pero es de los que actúa sin que se note el cuidado, sin grandes gestos, cambiando perfiles, rompiendo inercias, variando normas, poniendo nuevas prioridades... Actúa desde dentro, sin hacer estropicio ni ruido. Sin purgas, ha confirmado los cargos de Francesc, incluido su rival en el cónclave, el secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin.
No quiere polarizar. De hecho, hace exactamente lo contrario que la excitación ideológica narcisista de Trump, con su estridente nacionalpopulismo económico y religioso. León XIV se parece más al talante político chino: dejar que se equivoquen los demás, no precipitarse. Metódico, tranquilo, dialogante, es un Papa pastor, cauto, que quiere evitar escisiones. "Avanzar sin romper y resistir sin ceder", sintetiza Vicenç Lozano.
En un mundo cabeza abajo, caótico y remilitarizado, este Papa trabaja desde la autoridad moral para que la esperanza universal y el hambre de justicia ganen al miedo identitario que levanta muros. Su elección en 2025 ya fue eso: en la Capilla Sixtina, la esperanza ganó al miedo.