Las tres muertes de Gerardo Pisarello
Cuando tenía 5 años, el pequeño Gerardo vio cómo unos encapuchados entraban en su habitación y se llevaban a su padre en calzoncillos y sin gafas. Fue la última vez que le vio. La madre le dijo que había muerto de un ataque al corazón. Él se lo creyó. Un imperativo autoengaño. Hasta que a los 23 años encontró el papel que certificaba que había sufrido "traumatismos diversos". Aquel abogado y político había sido torturado y asesinado por la dictadura argentina. Eso ocurría en San Miguel de Tucumán el 24 de junio de 1976, un día después de que le naciera otro nieto a ese padre-abuelo. El Flaco Pisarello se había atrevido a defender a los presos políticos tras el golpe de estado del general Videla de tres meses antes, el 24 de marzo de ese año. Ahora se cumple medio siglo de aquella infamia.
Esta muerte ha marcado el destino de Gerardo Pisarello, el pequeño de una familia al que quisieron proteger de la barbarie, borrándola. Él debía tener el derecho a empezar de cero, sin traumas. Pero ha sido precisamente él quien ha acabado siguiendo los pasos políticos de su padre. Cuando la madre, la maestra Aurora Prados, Aurorita, le veía triste, le decía: "¡Salta de la cama, sonríe y enseña los dientes, Gerardito!". Así lo ha hecho. Es la cita que abre y cierra la obra autobiográfica Bajo este cielo abierto. Viajes, amor y revolución, que la próxima semana llega a las librerías.
Publicada por el histórico sello mexicano Fondo de Cultura Económica, sale simultáneamente en castellano (la lengua en la que lo ha escrito) y catalán (la lengua de sus hijos, Dani y Lua, y su de adopción; en traducción de Eva Pallarès). Es un libro emocionante, un viaje de vuelta a Argentina para reencontrarse con la memoria del padre, pero también para tratar de superar las recientes y casi simultáneas muertes de su mujer, Vanesa Valiño (de cáncer), y de su hermana mayor, Tatá (de un ataque al corazón fulminante). Duelos superpuestos. Viaje en medio de una tormenta de ceniza con música de Bob Dylan, Silvio Rodríguez, la Oración del remanso de Jorge Fandermole y Atahualpa Yupanqui (en cuya casa se detienen), y evocando al Lorca encarnado por su amigo Juan Diego Botto, fabuloso actor y también hijo de un asesinado de la dictadura.
Se hace suyo el poeta catalán Martí i Pol: "Camina. Hay gente / para hacerte compañía. / No te rechaces a ninguno / de los horizontes que te llaman". Acompañado de dos amigos también con familiares represaliados por la dictadura, Mario (perdió a su padre ya su madre; él es un activista social sin partido) y Nati (todavía tiene una tía desaparecida; ella es una feminista militante y sindicalista del mundo de la aeronáutica), emprenden un viaje en coche de Buenos Aires –donde se manifiestan en la calle contra los recortes de Milei, claro–a Tucumán, 1.300 kilómetros. Sin miedo, dispuestos a hacer memoria "en este mundo tan descabellado que nos acoge": "Un mundo a menudo tan feroz y, a la vez, tan lleno de belleza y de vida".
Viajan hacia el norte y hacia las profundidades de sí mismos. Recuerdan. A la muerte del padre, con las tres hermanas mayores emancipadas, Gerardo y Aurorita fueron acogidos en casa de una tía, donde "como en muchos hogares argentinos, se pasaban por alto los abusos cometidos por la dictadura, o incluso se justificaban". "En fútbol, mi padre era del Boca. A mí me hicieron del River. Él vivía el compromiso político y social. A mí me inculcaron la antipolítica. Crecí y me configuré en medio de esa singular bastardía, hijo de la dignidad persistente de la madre y del fantasma proscrito del padre". Estudió la primaria en una escuela pública, después fue a los salesianos, pudo acudir a la universidad en Berkeley e hizo el doctorado en Madrid. Y de allí, a Barcelona.
"He convertido a Catalunya en mi pequeña nación adoptiva. Pero, en el fondo, y por carácter, soy como Don Quijote, un entusiasta de todos los pueblos peninsulares y de su buena gente: vasca, gallega, asturiana, castellana, portuguesa, y siempre lejos, eso sí, de las definiciones de arroga lo español». Por citar sólo dos nombres, es amigo del nacionalista gallego Xosé Manuel Beiras y del senador de Bildu Gorka Elejabarrieta. Y, de nuevo sobre su arraigo catalán, añade: "Muchos de mis ideales de libertad e igualdad han encontrado inspiración en la historia de la Catalunya rebelde", dice citando desde Frederica Montseny hasta Lluís Companys y, más hacia ahí, el pacifista cristiano Arcadi Oliveres, "que amaba mucho a Vane y al que ambos admirábamos".
Lleva también, claro, las Américas en el corazón. Pudo conocer al sabio presidente uruguayo Pepe Mujica en su modesta chacra, se enamoró de México en los años que dio clases universitarias y quisiera exhumar su enterrada identidad quechua y aimara. Incluso se siente africano: su familia vivió unos años en Tanzania, donde su padre fue embajador. Su presidente, Julius Nyerere, propugnaba una vía comunitaria al socialismo a través de la ujamaa, "que en suajili significa más o menos fraternidad". O, quizá, en el lenguaje político de este Gerardo indoafroamericano, sería frenteamplismo.
Con Vane, Tatá y el Flaco Pisarello en el corazón, Gerardo llega al final del viaje, Tucumán, calle Las Piedras, 772. Las ausencias se hacen presentes, también la de la madre que "nos llenó de cariño y protección para que el resentimiento no se adueñara de nosotros". Junto a los muertos queridos, una paciente impaciencia le mantiene vivo. El viaje sigue.