Crítica de música

Y Beethoven sonrió

Philippe Herreweghe y una excelente Orchestre des Champs-Élysées interpretan la 'Segunda' y la 'Octava' en el Palau de la Música

Philippe Herreweghe y el Orchestre des Champs-Élysées en el Palau de la Música.
06/02/2026
2 min
  • Palacio de la Música. 5 de febrero de 2026

El 23 de octubre del año pasado, Philippe Herreweghe ofreció un concierto beethoveniano frente al Orchestre des Champs-Élysées. Entonces escribí que una de las estrategias que un servidor utiliza para escribir críticas desde el Palau de la Música era observar el rictus de Beethoven, parapetado a un lado del escenario: si sonríe, significa que el concierto ha ido bien o muy bien. Y en aquella ocasión comenté que había sonreído a medias.

El jueves, sin embargo, la carcajada fue asustada, porque el rendimiento de la formación parisina no sólo fue excelente, sino que Herreweghe, algo descomido en el concierto de octubre, parecía ahora totalmente entregado a la causa.

El programa no podía ser más estimulante: las sinfonías Segunda y Octava (poco prodigadas, ya la misma altura cualitativa de las más célebres) y el Concierto para piano núm. 4, encomendado a un espléndido solista, Kristian Bezuidenhout, frente a un fortepiano, cuyo modelo no consta en el programa de mano (lo que sería recomendable para otra ocasión). El músico nacido en Sudafricano exhibió una implicación total hacia una obra atrevida en su concepción estructural y armónica, con los contrastes necesarios y una digitación de ensueño a lo largo de los tres movimientos.

Un inspirado Herreweghe dirigió con gesto moderado pero claro las dos sinfonías, resueltas por la orquesta con una sonoridad puntualmente ensuciada en algunos finales de movimiento (el primero de la Segunda o el cuarto de la Octava) pero siempre con hábiles y bien planificados diálogos entre secciones: madera de ensueño, metales impecablemente afinados y ductilidad en el fraseo de la cuerda reinaron sobre la ejecución de las dos sinfonías, con momentos especialmente intensos como el primer movimiento de la Octava o el delicioso y haydniano segundo movimiento de la Segunda.

Curioso que, como suele ocurrir cada vez más, un determinado sector del público aplaudiera entre movimientos. La costumbre poco a poco se va consolidando. ¿Espectadores-turistas? ¿De primera hornada? En cualquier caso, es posible que la cosa se acabe imponiendo, por desesperación de los puristas: en tiempos de Mozart –e incluso de Beethoven– no sólo se aplaudía entre movimientos, sino en medio de ellos. Eso sí, no se vivía la pandemia de la telefonía móvil y todo el mundo salía ganando.

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