La gran lección de Piotr Beczala
El tenor polaco protagoniza en el Palau de la Música uno de los mejores recitales de esta temporada
Piotr Beczala y Sarah Tysman
- Palau de la Música. 13 de abril de 2026
Apenas un aforo de medio Palau la noche del lunes para acoger uno de los mejores recitales de esta temporada hasta ahora: el que protagonizó Piotr Beczała y la pianista Sarah Tysman. Poca gente pero clima recogido, de suma atención y máximo respeto, sin móviles ni ataques de tos y con devoción total por lo que sucedía sobre el escenario.A estas alturas, y con más de treinta años de carrera, el tenor polaco no tiene que demostrar nada a nadie. Sencillamente, continúa siendo uno de los mejores cantantes líricos de su generación, con una trayectoria tan coherente como brillante, tan seria como bien elegida. Y este acierto en la elección planeó igualmente sobre el repertorio seleccionado en la ocasión que nos ocupa.Como un rey Midas, las bonitas pero intranscendentes canciones de Mieczyslaw Karlowicz se convirtieron con la voz fresca de Beczala en puras filigranas, gracias a un dominio técnico y a una sensibilidad sencillamente admirables. Todo ello antes de dar paso a una brillante página del también polaco Stanislaw Moniuszko extraída de la ópera La casa embrujada. Medias voces y semiagudos resueltos con sinuosas esfumaturas se apoderaron también de las cuatro Canciones gitanas de Dvorák, antes de cerrar la primera parte con el aria del príncipe de Rusalka del compositor checo.Segunda parte rusa con siete preciosas canciones de Chaikovski, a lo largo de las cuales la pianista francesa Sarah Tysman mostró mucha más sensibilidad, dejando de lado la ayuda en el pequeño lapsus de memoria de Beczala al final de Vesennie vody de Rajmáninov con que se cerraba oficialmente la velada, que previamente tuvo otro de sus platos fuertes con la celebérrima Kuda, kuda de la ópera Ievgueni Oneguin de Chaikovski.Beczala se mostró en todo momento comprometido con aquello que tenía entre manos, sensible, entregado y muy buen comunicador, consciente de que aquel no era un repertorio ni fácil ni habitual entre el público barcelonés. Pero supo emplear todos los recursos de su arte –que no son pocos– para adueñarse del escenario. Y para rematar, dos bises de regusto hispánico como No puede ser de La tabernera del puerto, de Pablo Sorozábal, y la canción Granada, todas dos con impecable pronunciación. Y por si no hubiera suficiente, la siempre eficaz Non ti scordar di me de Ernesto De’Curtis. Un broche de oro a una noche igualmente dorada para los anales del Palau de la Música.