Rosalía, un talento desmedido en el Palau Sant Jordi
Éxtasis colectivo en el primero de los cuatro conciertos en Barcelona de la gira del disco ‘Lux’
Rosalía
- Palau Sant Jordi. 13 de abril de 2026
Miles de vídeos y crónicas compartidos en las redes sociales y en los medios de comunicación han explicado al detalle el espectáculo que Rosalía estrenó en Lyon el 16 de marzo. Ha habido una avalancha de interpretaciones estéticas, escénicas, musicales y hasta psicológicas sobre este show que tiene el disco Lux como columna vertebral. Con todos estos impactos fragmentarios es posible formarse una opinión sobre el concierto, maravillarse y admirar la propuesta de la artista de Sant Esteve Sesrovires. Sin embargo, vivir el espectáculo en directo es otra cosa mucho más impactante, tal como demostró en el primero de los cuatro conciertos en el Palau Sant Jordi, todos ellos con las entradas agotadas.
En cuanto a las novedades respecto a otras actuaciones de la gira, los sobretítulos para poder seguir las letras de las canciones eran en catalán. Otra novedad fueron las lágrimas de agradecimiento al público y a Barcelona. "Hoy el corazón me iba a mil porque estoy en mi casa. Cuántas ganas tenía de volver", explicó en catalán. "Cantar en tu ciudad es lo más intenso y gratificante, y también lo que más impone", añadió en un breve discurso en el que recordó que Peret una vez le había recomendado que no se pusiera nerviosa antes de cantar. La tercera novedad tiene que ver con el confesionario, donde se sentó la actriz Yolanda Ramos, que explicó una historia divertida y patética a la vez sobre una mala experiencia con un músico del Taller de Músics, una depilación de pubis y un vaso de agua lleno de pelos.
Un inicio desbordante
Atrevida por naturaleza, Rosalía está en un nivel artístico difícil de superar. La ambición y el cuidado con que ha diseñado el espectáculo y el sonido es abrumadora, y puede ocurrir que el impacto de vivir un concierto de Rosalía sea más potente que el impacto que transmite la interpretación de las canciones. El mérito de la autora de Lux es conseguir las dos cosas a la vez, y dejarlo muy claro en el primer acto, uno de los inicios de concierto más impresionantes de los últimos años. Con media hora de retraso, compareció para derrochar emoción y contundencia enlazando Sexo, violencia y llantas, Reliquia (extraordinaria de voz), Porcelana y Divinize (con la coda del Thank you de Dido) mientras la escenografía acogía en el escenario a una bailarina frágil y la música, potentísima, equilibraba la sonoridad electrónica y la de la orquesta de cámara megaamplificada que ocupa un escenario secundario con forma de cruz latina en el centro de la pista.
Como en Lyon, el público barcelonés también reaccionó con ovaciones de admiración y calidez a las exhibiciones de voz y armonía, talento con propósito dramatúrgico. "Merci, Barcelona", dijo simplemente tras rendir a la gente con Reliquia. En este sentido, la culminación del primer acto fue especialmente significativa. Vestida con el hábito blanco de una dolorosa, o de una reina del melodrama, hizo enmudecer el Palau Sant Jordi con la emoción contenida de Mio Cristo piange diamanti. El estallido del público al final de la canción puso la piel de gallina; fue casi tan emocionante como la victoria del ciclista Wout van Aert en el velódromo de Roubaix el pasado domingo.
Como en los conciertos anteriores de la gira, el de Barcelona siguió la división en diferentes actos, cada uno con un todo estético y emocional propio, jugando con blancos y negros en el vestuario y aprovechando la versatilidad coreográfica de (La)Horde y Charm La’Donna, y la imaginación de Dimitris Papaioannou. La potencia liberadora de la versión tecno de Berghain precedió a la celebración hedonista del universo Motomami, con Saoko, La fama y La combi Versace alimentadas con nuevos arreglos de cuerda, más incisivos al final de Saoko. Es Rosalía divirtiéndose antes de refugiarse en la solemnidad flamenca de De madrugá (casi sinfónica) y El redentor, espiritualidad antigua antes de entrar en la feria de las vanidades de la versión de Can’t take my eyes off you, con la artista enmarcada como la Gioconda y desafiando las miradas con el paisaje de Montserrat a la espalda.
Poco a poco se va filtrando el hilo de un feminismo que une buena parte de las canciones de Lux, donde Dios funciona como metáfora que describe todo aquello que las relaciones con los hombres no han sido. En este contexto, el confesionario sería la versión cotilleo y La perla, con la impresionante coreografía de Papaioannou, la canción de despecho definitiva. Aunque no incluye Jeanne en el repertorio de la gira, es una santa guerrera, como una Juana de Arco sin armadura que mata al dragón de los hombres que no están a la altura, y que baja la escalera del anhelo y la tragedia en la interpretación de La yugular, otro de los momentos memorables de la noche.
"Bota, bota, bota..."
El confesionario y la interpretación con Llorenç Barceló de Sauvignon blanc (en que recomendó vinos catalanes: "un Penedès, un Empordà, un Priorat") se entienden como momentos para relajarse en un espectáculo milimetrado hasta el último detalle. Es el aire que necesita para atacar un bloque frenético en medio de la pista con la orquesta, desbocada en La rumba del perdón y en una CUUUUuuuuuute que introdujo gritando "boti, boti, boti, fill de puta qui no voti" y bailando bajo un botafumeiro techno. Otras piezas de la era Motomami como Bizcochito y Despechá suministran la fiesta (magnífica, la entrega del público) antes de la muerte y la primavera final, antes de la tragedia operística que despliega en Focu 'ranni y de una impresionante Magnolias, adiós terrenal y resurrección cósmica, culminación después de dos horas de una aventura insólita: el triunfo de un talento fuera de medida, la consagración de Rosalía como obra de arte total.
[Las fotografías de esta crónica las facilitó la promotora Live Nation. Rosalía no acredita fotoperiodistas de prensa en esta gira.]