Cine

Carlos Areces: "No hacer humor sobre minorías es el colmo de la condescendencia"

BarcelonaComo actor es una fuerza de la naturaleza de la comedia, pero Carlos Areces (Madrid, 1976) es muchas cosas más. Por ejemplo, cantante del grupo de subnopop Ojete Calor –su versión de Agapimú va camino de los 4 millones de visionados–, dibujante de cómics de un humor oscuro y absurdo, pionero del posthumor televisivo con La Hora Chanante, un gran coleccionista y defensor de la obra de Francisco Ibáñez, DJ con un gusto infalible y el actor que más veces ha interpretado a Franco en el cine (cinco). Este viernes estrena la comedia El club del paro, sobre unos amigos en el paro que quedan en un bar para pasar el rato y discutir entre ellos en una especie de versión ácida y negra de Los lunes al sol dirigida por David Marqués, el guionista de Campeones. Areces no se aburre: trabaja en las series La que se avecina y El pueblo y tiene pendiente de estreno una película de la HBO con Arturo Valls y la comedia de Marc Crehuet Espejo, espejo.

No deja de ser irónico que uno de los actores que más trabajan en el cine español protagonice una película sobre un grupo de parados.

— No te lo creas. Yo ahora no me puedo quejar, cierto, pero mi profesión es una montaña rusa. Y trabajamos menos de lo que parece. Quizás estrenas dos películas de golpe pero llevas tres meses sin que suene el teléfono. Como la mayoría de autónomos, nuestro trabajo depende de los otros.

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¿Cuál ha sido su peor momento laboral?

— Hacía 2001 tenía un buen trabajo como coordinador de dibujos animados en una empresapuntocom, pero yo lo que quería era trabajar en el canal Paramount Comedy, que era el lugar donde ir si eras cómico y no sabías qué hacer con tu vida. Ya hacía cosas en La Hora Chanante pero quería que me contrataran, y se me ocurrió que quizás no lo hacían porque sabían que ya tenía trabajo. Así que, muy ingenuamente, dejé el trabajo pensando que enseguida me ficharían, pero no lo hicieron. Mi situación económica empeoró tanto que tuve que ir a vivir a casa de un amigo. Para que entiendas la magnitud del drama: yo iba mucho al cine y me compraba cada semana la Guía del Ocio, que valía un euro. Pues un día me di cuenta de que ya no me la podía permitir. Ríete de los niños de los relatos de Charles Dickens. Y no me recuperé hasta que empecé a trabajar en El jueves gracias a un contacto que me pasó Albert Monteys.

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En El jueves hacía una serie de un humor negrísimo, Ocurrió cerca de tu casa. ¿Echa de menos el humor extremo cuando trabaja en televisión y cine?

— Sí, lo echo de menos y cada vez más, porque vamos a peor. En este mundo hiperconectado en el que todo el mundo expresa su indignación en las redes, ha desaparecido la ironía y el humor negro. Todo se lee de manera literal sin tener en cuenta el contexto. La mayoría de veces que alguien dice "maricón" no lo hace en tono despectivo y, aun así, alguien de Vox no utilizaría nunca este término. Si solo puedes hacer humor sobre hombres blancos heterosexuales que no pertenezcan a ningún colectivo, el mensaje es que no quieres hacer humor sobre minorías porque bastante problemas tienen. Y esto me parece el colmo de la condescendencia. La verdadera igualdad no pasa por aquí.

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Su personaje en El club del paro es un quejica, envidioso y amargado. De hecho, en sus personajes cómicos suele haber negatividad y frustración. ¿Esto tiene que ver con usted?

— La cruda realidad es que sí. Antonio de la Torre dice que lo que más le gusta es hacer personajes que no tienen nada que ver con él ni entre sí y crearlos desde cero. A mí esto me resulta imposible. Yo necesito saber qué tengo en común con el personaje y trabajar a partir de aquí, incluso con los personajes más mezquinos y malos. Y con el Fernando de El club del paro comparto, mal que me pese, que construyo mi escala de valores en relación con lo que tengo alrededor. Y como él, a veces pienso: “¿Por qué a este subnormal le va mejor que a mí?"

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Ha dibujado sus cómics, ha creado series de animación, escribe canciones con su grupo, Ojete Calor, y participa en los guiones de programas como Muchachada Nui o Museo Coconut, etc. En cambio, no ha escrito ni dirigido nunca cine. ¿Por qué?

— Cuando empecé, mi sueño era hacer una película. Era el gran objetivo, escribir y dirigir. Hasta que descubrí cómo se hacían las películas. Álex de la Iglesia lo explica muy bien: dirigir una película no es tener una buena idea y rodarla, sino tener una idea que a ti te parece buena e intentar hacer algo que se le parezca con un productor respirándote en la nuca, la mitad del presupuesto que necesitas, teniendo que confiar en gente que desaprueba totalmente tu visión y respondiendo constantemente a preguntas para las que no tienes respuesta. Con la ansiedad que yo tengo, mi desequilibrio general y los daños neuronales que acumulo, dirigir una película es lo último que necesito.

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Ganó el premio Sant Jordi de cinematografía por su papel en Balada triste de trompeta. ¿Qué representa esta película en su carrera?

Balada es el pilar que sustenta toda mi carrera, lo mismo que fue Malditos bastardos para Christoph Waltz. Antes, yo era un ser que pululaba por el mundo haciendo subproductos de culto sin repercusión. Balada en el fondo también es de culto, porque no reventó la taquilla, pero es una de las películas más importantes de Álex de la Iglesia. Y para mí fue un cambio radical: yo antes solo hacía comedias, y Balada también lo es, pero muy oscura, intensa y dramática, con un final muy negro y crudo, una locura absoluta. Es la película que más me ha costado hacer y la que más he disfrutado, la piedra de Rosetta de mi carrera.

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¿Y es para agradecerle todo esto a Álex de la Iglesia que se casó con su mujer, Carolina Bang?

— Sí, ¡y antes que él! [Ríe] Segundos platos no quiero, yo. Fue en un viaje que hicimos a los Estados Unidos para acompañar a Álex, que tenía una reunión. Fuimos a Las Vegas y lo primero que hicimos fue pedir unas piñas coladas de dos litros. Solo recuerdo que Carolina se bebió la suya en un suspiro y, muy animados, decidimos que no podíamos marcharnos de Las Vegas sin casarnos disfrazados en una capilla de esas. Yo quería ir de Elvis pero no les quedaban disfraces, así que cogí un vestido de novia, igual que Carolina. Y como no te piden documentos legales, dijimos que éramos los señores de Ojete. Tú imagínate: Carolina y yo borrachos perdidos, Álex de padrino y una señora filipina leyendo en español “Señor Carlos Ojete, toma como esposa a...” Lo ves en una película y no te lo crees. Por suerte tenemos fotos y un vídeo precioso.

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Acaba de publicar un libro con su colección de fotografía 'post mortem'. ¿Qué lo atrae de estos retratos de personas muertas?

— Lo que me atrae es la fotografía antigua en general. Si he publicado el libro es porque la fotografía post mortem es un tema más oculto, pero mi colección más importante es de fotografía de comunión, que es una cosa muy naif y a la vez sórdida que antes de la Guerra Civil no se podían permitir todas las familias. Me fascinan todas las fotos que tengan que ver con la intimidad familiar: bodas, comuniones, retratos de familia, escolares... La fotografía post mortem la descubrí viendo Los otros: hay una escena en la que Nicole Kidman mira un álbum de gente que parece dormida pero que en realidad está muerta. En el siglo XIX era habitual retratar a los muertos recientes porque cuando la gente se moría era fácil que no hubiera ninguna fotografía suya, sobre todo en el caso de los niños. Reconozco que hay una parte morbosa en la afición, pero al final el morbo es interesarte por los temas que la sociedad quiere ocultar. No hay nada más interesante que lo que la sociedad quiere mantener oculto. Además, la visión de la muerte en nuestra sociedad ha ido cambiando y convirtiéndose en tabú, y fotografías post mortem se han destruido muchas. Pero a mí la muerte me interesa mucho, como a cualquier ser finito en el tiempo y el espacio.