'Nomadland' triunfa en los Oscars más repartidos en una gala solemne y fría

Frances McDormand se lleva su tercer Oscar como actriz y Chloé Zhao es la segunda mujer que gana como directora

BarcelonaNomadland era la favorita y Nomadland se ha impuesto. No por esperados dejan de ser importantes el triunfo de la película y sus tres Oscars: mejor película, mejor dirección y mejor actriz. En un año de pandemia y restricciones, con los cines cerrados, los Oscars han premiado la valentía de Chloé Zhao para mirar de cara a la realidad amarga de la clase obrera de los Estados Unidos: trabajadores precarios y sin casa que viven en la carretera, durmiendo en sus vehículos y formando comunidades informales con otros huérfanos del Sueño Americano. Nomadland es una película de perdedores sin glamur pero con dignidad, un material que a priori no parece muy oscarizable. La academia de Hollywood no ha tenido una relación precisamente fluida con el realismo, sobre todo cuando no está filtrado por una narrativa redentora, pero esto quizás ha cambiado gracias al chute de realidad de la pandemia y la crisis de los cines y de los propios Oscars, que pocas veces habían encarado una gala con tan poca expectación.

Gracias a Nomadland, los Oscars han hecho historia al premiar a una mujer en la categoría de dirección por segunda vez. Rompiendo la etiqueta de la noche con su calzado deportivo, Chloé Zhao ha recogido la estatuilla y ha recordado la lección que su padre le enseñó de pequeña: “Al nacer, todas las personas son fundamentalmente buenas, y yo siempre he encontrado bondad en la gente que he conocido”. Frances McDormand, protagonista del film, ha ganado su tercer Oscar como mejor actriz, con el que ha igualado el récord de Ingrid Bergman y Meryl Streep, a pesar de que ella también se lo ha llevado como productora del film, un momento que ha aprovechado para recomendar a todo el mundo que viera la película “en la pantalla más grande posible”. Y en homenaje a uno de los montadores de la película, muerto a principios de año, ha rematado el discurso aullando a la noche como una loba herida y orgullosa.

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Habría sido un final icónico de la gala, al estilo del "I'm the king of the world" de James Cameron, pero los organizadores tuvieron la atrevida idea de cambiar el orden habitual de entrega de los premios y anunciar el Oscar a la mejor película antes de los Oscars a los intérpretes protagonistas, que en la categoría masculina ha ganado por sorpresa –todas las apuestas apuntaban a Chadwick Boseman– el protagonista de El padre, Sir Anthony Hopkins, que no había podido viajar a Los Angeles y tampoco estaba disponible en conexión por satélite. Así pues, el clímax de la noche, o, mejor dicho, el anticlímax, ha sido una fotografía de Hopkins y la voz del presentador explicando que la Academia aceptaba el premio en nombre del actor, que con 83 años se convierte en el intérprete ganador de Oscar de más edad de la historia de los premios (y seguramente por eso ya no eran horas para él, que vive en Gales).

En el apartado interpretativo, la otra noticia ha sido, otra vez, la derrota de Glenn Close, la octava de su carrera (tiene el récord de nominaciones sin premio, junto con Peter O'Toole). Esta vez ha perdido ante la coreana Youn Yuh-jung, Oscar a la mejor actriz secundaria gracias a su emotivo trabajo en Minari. Youn Yuh-jung ha empezado su discurso –uno de los mejores de la noche– tirando la caña al presentador de la categoría, Brad Pitt. El premio al mejor actor secundario ha sido, como se esperaba, para Daniel Kaluuya, el entregado líder de los Black Panther en Judas y el mesías negro. Pero el primer Oscar de la noche se lo ha llevado la británica Emerald Fennel por el guion original de Una joven prometedora, una de las películas de la temporada que más división de opiniones ha provocado y que ha recibido tantos elogios por haber capturado el zeitgeist feminista como críticas por las trampas de su guion. Fennell, por cierto, ha recogido el Oscar igual que rodó la película: en un avanzado estado de embarazo.

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Ha sido, eso sí, unos de los palmareses más repartidos de la historia reciente de los Oscars: dos premios para Mank (fotografía y dirección artística), dos para Judas y el mesías negro (canción original y actor secundario), dos para Sound of metal (montaje y sonido), dos para Soul (película animada y banda sonora), dos para La madre del blues (vestuario y maquillaje) y dos para El padre, el de Anthony Hopkins y el de mejor guion adaptado. No hubo muchas sorpresas en el resto de premios: la danesa Otra ronda ganó el Oscar a mejor film internacional y Thomas Vinterberg hizo uno de los discursos más bonitos de la noche al dedicar el premio a su hija Aida, muerta dos meses antes de empezar el rodaje. La única película con producción española, el documental El agente topo, perdió ante Lo que me enseñó el pulpo, producido por Netflix, que, por cierto, batió su récord de Oscars –y de cualquier plataforma– con siete premios pero se quedó otra vez sin su triunfo más codiciado, el de mejor película.

Un 'travelling' para empezar una gala muy cinematográfica

En sintonía con la temática de Nomadland, la gala fue viajera y deslocalizada, con una sede principal inédita en una estación de tren en Los Angeles, Union Station, y conexiones con Londres, París, Seúl y Sydney. Ya había dicho Steven Soderbergh, uno de los productores de la gala, que los Oscars de este año estaban planteados como una película, un decisión conceptual y práctica, puesto que era la mejor manera de tener los permisos para tener a los invitados (menos que nunca) interactuando sin mascarilla –pero solo cuando las cámaras rodaban–. La ceremonia arrancó como una película, con un travelling a través de la estación siguiendo a la actriz y directora Regina King, títulos de crédito vintage y una imagen de textura cinematográfica acentuada por el formato extrapanorámico. La realidad pandémica transformó el habitual auditorio de los Oscars en una especie de gran restaurante de crucero de lujo con Questlove de The Roots como DJ y los diferentes presentadores de la noche entre las mesas donde se sentaban los invitados.

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El resultado fue una ceremonia extraña, seria y sin clips de películas ni momentos de humor. El foco no estaba en los chistes ni en las actuaciones musicales –de hecho, quedaron relegadas al show previo a los Oscars–, sino en las películas y los nominados, a los que se presentaba con pinceladas biográficas, algunas simpáticas, otras irrelevantes. No parecía un espectáculo, sino una celebración de la gente que hace las películas –que ya se trata de eso– y, en consecuencia, no se cortaron los discursos de los ganadores, que a menudo se alargaron. Pero el ambiente no era de celebración: un público frío, una escaleta rígida –excepto por el cambio final de orden– y muchos homenajes (a los trabajadores sociales, al director Tyler Perry) dieron un aire solemne de gala solidaria en la que, de vez en cuando, se repartían premios de cine. Básicamente, el problema es que no pasaban cosas, y cuando pasaban eran tan desconcertantes como un trivial sobre canciones nominadas (o no) a los Oscars que acabó con Glenn Close curándose las penas de la derrota y moviendo el culo a ritmo de hip hop.