Crítica teatral

Dos fabulosas interpretaciones de Pere Arquillué e Imma Colomer

'Dinamarca', de Lluïsa Cunillé, es una fantasía con aroma de los clowns de Beckett y una poderosa evocación de 'Hamlet'

01/06/2026

Dinamarca Autora: Lluïsa Cunillé

  • Intérpretes: Pere Arquillué e Imma ColomerDirección: Albert ArribasSala Beckett. Hasta el 14 de junio)

La madre y el hijo que protagonizan esta Dinamarca de Lluïsa Cunillé, publicada en 2017 (Arola Editors) pero escrita en 2014 —cuando el rey español abdicaba para eludir las responsabilidades con Hacienda—, son los clásicos personajes cotidianos de la autora: gente sin nombre que se arrastran por la vida sin esperar casi nada de ella. Cunillé los refleja sin expresarlo en el príncipe Hamlet y su madre Gertrudis de la gran tragedia de Shakespeare. Una madre y un hijo en una humilde casita en Copenhague con un tresillo de teatro burgués en medio y con moscas (algo huele a podrido). Ella duerme delante del televisor y el hijo llega.

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Cuando murió el padre, la madre se casó con el tío y el hijo sospecha que aquel la habría asesinado para quedarse con la mujer y el negocio. Pero no tiene ninguna prueba ni hay ningún fantasma reclamando venganza. Al fin y al cabo, este Hamlet es un pobre diablo atado todavía a su infancia, que confiesa que no quiere ser nada, que ha aceptado la indecisión como forma de vida: “Nunca he querido ser nada en concreto, ni un hombre ni una mujer, ni alto ni bajo, ni rico ni pobre, ni joven ni viejo, ni inteligente ni estúpido”, dice. No hay, pues, tormento. No hay dolor. No hay, pues, tragedia. Solo una insulsa cotidianidad no exenta de ternura que se enfrenta al dilema de si ir o no ir a ver al tío ingresado en una residencia.

Este es el punto de partida para entrar en un intenso juego teatral, salpicado de un irónico humor, que la dirección de Albert Arribas potencia con cuidado y sin miedo. Arribas remarca el falso realismo inicial acercándose al absurdo hasta llegar a lo grotesco. También respeta mayoritariamente el texto (aunque cambia el principio y el final), modula acertadamente la tensión de las muchas pausas que indica la autora e introduce una serie de acciones físicas de gran eficacia teatral de la mano de dos soberbias interpretaciones. Pere Arquillué camina entre la ambigüedad sexual y la memoria del infante e Imma Colomer está maravillosamente poseída por la fantasía. Una fantasía con el aroma de los clowns de Beckett que llenarán la platea, sin duda.