El misterio de las cartas del tarot en un espectáculo demasiado estático y contenido
'El número dieciséis de los arcanos mayores' de Oriol Puig Grau abre interrogantes con elementos sobrenaturales
El número dieciséis de los arcanos mayores Texto y dirección: Oriol Puig Grau
- Intérpretes: Lluïsa Castell, Mariona Pagès, Alba Pujol y Laura RoigSala Beckett. Hasta el 2 de agosto
El título de la nueva propuesta de Oriol Puig Grau, autor del celebrado Karaoke Elusia, contiene el misterio que anida detrás de las cartas del tarot. Especialmente, este misterio hace referencia a la carta de la Torre, que en general se interpreta como la ira divina que anuncia una catástrofe, el caos y la ruina. Sin embargo, también puede tener un sentido positivo: remover a la persona para sacarla de su comodidad y hacer que se confronte con el mundo. El número dieciséis de los arcanos mayores se alza sobre la primera interpretación. La obra de Oriol Puig Grau plantea una especie de investigación periodística sobre la historia de una casa aislada y herida por un rayo. En el edificio, situado en las afueras de un pueblo, la juventud hacía raves, y estaba habitado por una misteriosa mujer rusa.
La periodista quiere escribir un reportaje después de ver una extraña fotografía con algunos de los asistentes. Para ello, organizará entrevistas con una de las chicas habituales de las fiestas, con la antigua propietaria de la casa y con la hija de un chófer y mago que servía a los padres de la propietaria.
Como en un guion de David Lynch, las informaciones abren interrogantes y van creando un misterio con elementos sobrenaturales. La obra funciona bien en las dos primeras conversaciones, pero en la tercera el protagonismo de la figura del chófer-mago (y no cualquier mago, sino un trasunto de David Copperfield que hace desaparecer personas e incluso casas) desvía el misterio en beneficio de informaciones sin interés para la trama.
La puesta en escena del autor es tremendamente estática, con una dirección de las actrices deliberadamente contenida. Destacan la solvencia y la presencia escénica de Lluïsa Castell, pero la dirección queda descuidada, con detalles como el intento de grabación imposible de las conversaciones a tres metros de distancia, o bien el hecho de que la periodista diga que no ha visitado la casa en cuestión. En consecuencia, parece desconocer la regla del género del reportaje, que no es otra que ir, ver y explicar (esto es importante para hacer preguntas a los implicados). Tampoco ayuda un espacio escénico de aire barroco sin ninguna utilidad, que quiere evocar sin lograrlo una atmósfera inquietante.