Goldman Sachs y Barça: buenas palabras y un problema oculto
Aunque la financiación del Camp Nou no ponga en riesgo la propiedad del club, está vinculada a intereses, comisiones y renegociaciones
BarcelonaHace unos días generó bastante debate una entrevista a Jorge Alcover, director general de Goldman Sachs. El mensaje principal que transmitió al Todo cuesta de Catalunya Ràdio fue tranquilizador: según el banco, la financiación acordada con el Barça no pone en riesgo la propiedad del club ni su modelo asociativo. Formalmente esto es cierto. Pero centrar el debate sólo en la propiedad es quedarse en la superficie del problema.
La relación entre el Barça y Goldman se basa en dos grandes operaciones: la refinanciación de más de 600 millones de euros en el 2021 –de los que todavía se deben casi 500– y la financiación de las obras del Espai Barça a través de un fondo específico. Este fondo debía servir para construir no sólo el nuevo estadio, sino también el Palau y otras infraestructuras. Sin embargo, hoy ya es evidente que, a lo sumo, cubrirá el estadio, debido a los retrasos y excesos de costes. Una parte importante del proyecto inicial ya no se hará tal y como estaba previsto.
Este tipo de financiación no es excepcional, pero tampoco es inocente. Los bancos de inversión no entran en este tipo de operaciones por romanticismo, sino porque ven un negocio a largo plazo: intereses, comisiones y, a menudo, sucesivas renegociaciones. Es legítimo. Forma parte de su modelo.
Durante la entrevista se planteó una pregunta clave: si el Barça no pudiera pagar, ¿podría el banco acabar controlando el club? La respuesta fue clara: no. La estructura de la financiación impide que el acreedor se quede con la propiedad. Y aquí es donde es necesario hacer una precisión importante: el gran riesgo no es perder la propiedad del club de un día para otro. El riesgo real es perder su control económico.
El Barça es hoy el club más endeudado del mundo del deporte, con una deuda superior a 2.500 millones de euros. Para llegar hasta aquí, el club ha tenido que avanzar ingresos futuros -como derechos de televisión o palcos vip– y vender activos estratégicos, especialmente en el ámbito digital. Esto significa que una parte importante del dinero que va a generar en el futuro ya está comprometido antes de llegar.
En este contexto, los nuevos ingresos del nuevo estadio no servirán principalmente para reforzar el equipo o competir mejor, sino para pagar deudas, intereses y compromisos adquiridos. El estadio, que iba a ser una gran palanca de crecimiento, se convierte sobre todo en una herramienta para aguantar la estructura financiera.
Si el club no puede asumir estos pagos, no existe un escenario dramático inmediato. Nadie ejecuta el club ni cambia su propiedad. Lo que ocurre es más lento y más peligroso: nuevas renegociaciones, más costes, más dependencia. En cada paso el margen de decisión se reduce un poco más. Menos capacidad de invertir, menos libertad deportiva y mayor fragilidad. Una pérdida progresiva del control real del proyecto.
¿Qué alternativa hay?
La solución no es negar el problema ni buscar culpables, sino reducir la dependencia y recuperar control. Ninguna institución con la dimensión y fuerza de marca del Barça debería depender casi de un solo acreedor. Cuando la mayor parte de la financiación se encuentra concentrada en una sola entidad, el club queda en una posición débil. No es una estrategia sólida; es una dependencia.
El primer paso debería ser repartir riesgos. Abrir la financiación a más actores, diversificar las fuentes de dinero y evitar que un solo acreedor tenga una posición dominante. Esto da mayor capacidad de negociación y reduce la presión a corto plazo. El segundo paso es reforzar la gestión interna. El Barça necesita a personas con experiencia real en financiación compleja, capaces de pensar a largo plazo y de negociar con grandes entidades sin urgencias. No se trata de tener más asesores puntuales, sino tener criterio propio y continuidad.
Existen alternativas viables: fórmulas de financiación repartidas entre diferentes inversores, estructuras más equilibradas o mecanismos que permitan alargar plazos y aligerar la carga anual. No son soluciones mágicas, pero sí más sanas: Un claro ejemplo de cambio de estructura sería sustituir parte de la financiación actual por una emisión sindicada de bonos, con tramos diferenciados: un tramo senior a largo plazo, con menor coste y apoyado en ingresos recurrentes; un tramo mezzanine, con mayor rentabilidad pero riesgo acotado; y eventualmente un tramo vinculado a criterios de sostenibilidad, que aprovecharía el atractivo internacional del proyecto del estadio.
Hay que decirlo claramente: para un banco de inversión, el negocio no es sólo prestar dinero, sino estar presente durante años en refinanciaciones y reestructuraciones. Es legítimo. Pero lo bueno para un banco no siempre es bueno para un club deportivo con una función social y un modelo único. Por eso, la independencia económica del Barça no es un eslogan ni una batalla ideológica. Es una necesidad práctica. Y sólo reduciendo dependencias, recuperando control y profesionalizando en serio la gestión financiera se puede garantizar que el futuro del club no quede condicionado por intereses que no son los suyos.
Iván Cabeza es economista y profesor del departamento de Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona