Bad Bunny y el mensaje político de un traje de Zara
BarcelonaEn la última actuación de Super Bowl, no hay margen para la duda: Bad Bunny ha hecho historia. Más que actuar, tomó partido. No sólo por la música y el formato del espectáculo, sino porque convirtió uno de los escenarios más normativos y sistemáticamente despolitizados de la cultura norteamericana en un espacio cargado de simbología y de posicionamiento político inequívoco. Un gesto especialmente significativo en un contexto marcado por las deportaciones indiscriminadas, la violencia institucional y la brutalidad ejercida por el ICE, con una comunidad latina sistemáticamente criminalizada y profundamente damnificada.
El mismo formato de la actuación ya funcionaba como una declaración de intenciones a través de un falso lipdub. Sin ser un verdadero plano secuencia, proponía un recorrido de continuidad espaciotemporal por elementos idiosincráticos de la cultura puertorriqueña. En este desplazamiento constante, Bad Bunny rompía la estructura habitual del halftime show: una cámara circular pensada para glorificar la estrella, situada en el centro y rodeada por un cuerpo de baile que acentúa su hegemonía. Aquí, en cambio, el artista cuestionaba su propia centralidad al rebajar la distancia entre él y el resto. Así, el cuerpo de baile y todos los que ocupaban la escena dejaban de ser decorado para convertirse en comunidad. Una forma de mostrar cultura que no pasa por la exhibición folclórica ni por el orden coreográfico clásico, sino por la afirmación orgullosa de ser sujeto cultural.
En Bad Bunny, la indumentaria tampoco es nunca un accesorio. Lo dejó claro recreando, con su traje hecho a medida por Zara y con la vestimenta del resto de participantes, la figura del jívaro. El jívaro es la figura histórica y cultural del campesino puertorriqueño, asociada al mundo rural. Pese al desprecio colonial que le consideró durante siglos atrasado e inculto, con el tiempo se ha convertido en un símbolo identitario de resistencia, dignidad y arraigo cultural ante la colonización, la pobreza y la subordinación política. Colores terrosos, vinculados tanto a la escasez de recursos como a la relación con la tierra, y la pava como pieza emblemática: un sombrero de paja trenzada pensado para proteger del sol durante el trabajo agrícola que Bad Bunny ha lucido con orgullo incluso en la gala del Met, elevándolo a categoría de símbolo nacional, memoria colectiva.
Identidad caribeña
La estética de Bad Bunny está siempre atravesada por elementos identitarios caribeños. Es el caso de la guayabara, camisa de lino o algodón con cuatro bolsillos y pliegues verticales, que encarga a diseñadores puertorriqueños. También el traje sastre claro, tan recurrente en su imaginario, es fruto del mestizaje con los patrones europeos. Sin embargo, en manos de los sastres caribeños, este vestido rompe la rigidez y la disciplina del modelo occidental mediante tejidos más porosos, estructuras más relajadas y decoraciones verticales derivadas de la guayabara que, además de ornamentar, facilitan la ventilación y adaptación al clima tropical. Bad Bunny, de forma consciente, al reivindicar la identidad boricua –la forma puertorriqueña de afirmarse culturalmente más allá del marco colonial– revierte siglos de colonialismo estético que han pretendido imponer la cultura hegemónica a base de borrar la de Puerto Rico.
NUEVAYoL, una de las canciones que sonaron en la Super Bowl, no es la más famosa de su repertorio, pero sí una de las más elocuentes por entender cómo Bad Bunny reflexiona sobre la migración, la diáspora puertorriqueña, el acento y la ciudad vivida desde la periferia social. En NUEVAYoL, lo que podría ser motivo de burla –el cambio de la "L" por la "R"– se convierte en título de canción. Porque en Bad Bunny, el acento –como la ropa– no se corrige ni se esconde; se exhibe con orgullo.
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