La cara desconocida de los transportistas

En la sala de espera de un centro médico coincido con un señor, alrededor de los sesenta, que lleva un cabestrillo en el brazo. La precariedad de la cobertura de teléfono nos obliga a prescindir del móvil y comentamos la lentitud en la atención a los pacientes. Iniciamos una conversación sobre los respectivos achaques y me cuenta que descargando una mesa enorme del camión se le dislocó el hombro. Trabaja como transportista para una empresa de logística. Está angustiado porque lleva un mes de baja y no mejora. Ha perdido la fuerza en el brazo y no puede coger pesos. Tampoco puede conducir por culpa del dolor. Teme perder el trabajo y, a su edad, cree que le sería muy difícil encontrar otro. Transporta muebles de estos que compramos por internet: mesas, camas, armarios, cajoneras, sofás y todo tipo de muebles de gran volumen. Me recita todas las marcas comerciales que les venden porque está convencido de que las conozco. Y tiene razón. Son portales muy populares de decoración y mobiliario. Dice que ni me imagino la gran cantidad de repartos que fallan a lo largo de cada jornada laboral. Muebles que han hecho un trayecto tan largo, desde países de toda Europa, cambiando varias veces de centro de logística y de camión, que los embalajes se deterioran y se estropea la mercancía. Muchas veces, descargan paquetes muy pesados ​​y una vez lo dejan al cliente y comprueba el estado del mueble, les pide que se lo vuelvan a llevar. De hecho, gran parte de los trayectos son devoluciones. Tienen que volver a recoger lo que entregaron unos días antes ellos mismos o sus compañeros. Dice que hay veces que ha estado hasta tres veces en la misma casa por los intentos infructuosos de que el mueble llegue como es debido. También me explica el montón de veces que no son suficientes trabajadores para cargar el peso del mueble. El día que se lesionó descargando la mesa, en el documento del transporte especificaba "mínimo cuatro trabajadores". Para ponerla en el camión, en el almacén, eran cuatro hombres con la ayuda de una grúa. Para dejarla en el domicilio eran sólo dos, que es lo habitual. Cada entrega es una aventura, y muchísimas son con un fracaso final. Hay sofás o armarios que no pasan por el agujero de la escalera del edificio ni caben en el ascensor. Después de todo el esfuerzo de intentarlo deben renunciar a la epopeya. A menudo, el fracaso va acompañado de abucheos y lamentos de clientes insatisfechos. El hombre me reconoce que él de negocios no sabe, pero que no entiende cómo estas empresas de muebles subsisten teniendo en cuenta las pérdidas que él constata, tanto de material dañado como de repartos fallidos. Mercancía lanzada, me dice, que vete a saber dónde va a parar. Hay una gran cantidad de muebles que después de pasearse por las carreteras arriba y abajo, no terminarán en casa del comprador. Él ya se ha acostumbrado, pero me asegura que no me hago cargo de la cantidad de muebles desconchados, rotos o con defectos de fabricación y montaje. Le ocurre tantas veces a cada jornada que cuando todo sale bien le parece un milagro, porque casi cada entrega tiene un problema. Coge el móvil, entra en la aplicación de fotos y comienza a tirar arriba las imágenes para que vea el montón de fotografías que acumula en el teléfono para dejar constancia de los desperfectos. No sólo lo hace por pasar el informe sino por protegerse de cualquier responsabilidad.

La pantalla de la sala de espera le indica que le ha llegado el turno de visita. Nos despedimos y le deseo mucha suerte con la recuperación. Le agradezco la información y el hombre ríe y me dice que si compro algún mueble quizás nos reencontramos en la puerta de mi casa. Ojalá, le digo, porque querrá decir que vuelve a estar en forma. Pero después de conocer con más detalle la otra cara de estas compras, no invita a probarlo.