Más que lugares: seis historias, seis espacios
Los refugios íntimos de seis personalidades del país de mundos como la comunicación, el deporte o el ámbito artístico, que no son solo geografías, sino memoria, identidad e inspiración
¿A dónde van? ¿Qué aprenden? ¿Qué les aporta? El lugar predilecto de cada uno –para perderse en él, pasar un rato, trabajar o, incluso, vivir en él– se explica por motivos íntimos y profundos. Vivencias que, posiblemente, arraigan en la infancia; otras nacen fruto de impresiones que despiertan determinados paisajes, silencios, misterios o sutilezas que ponen al descubierto el porqué de una atracción. La vinculación de una persona con un espacio que siente como propio activa una pulsación interior. Un despacho donde las ideas se transforman en realidades, un mar que evoca historias de piratas, rocas bañadas de agua teñida de colores, profundidades y lejanías marinas que revitalizan, una calle cargada de historia y aquel primer lugar que despertó una vocación convertida en mucho más que una profesión: estas son seis historias de vida que comparten personalidades conocidas del país y que revelan hasta qué punto es importante, para ellas, el lugar al que vuelven, los aprendizajes que extraen de él cuando están allí y aquello que se llevan con ellas por el simple hecho de estar allí.Lluís Llach, cantautor
“Soy de aquí y lo tengo clarísimo”
“Aquí fue donde aprendí a nadar con mi madre”, recuerda el cantautor Lluís Llach. Con las toallas dentro de un cesto, aquella mujer avanzada a su tiempo –había estudiado para maestra durante la República y, en una época en que casi nadie tenía coche, incluso sabía conducir– acompañaba a menudo a su hijo hasta la playa de l’Estartit, con las islas Medas de fondo. Un rincón de la costa de l’Empordà con un mar repleto de historias de piratas que alimentaban las salidas de aquel niño y adonde continuaría yendo, también, de adolescente. Sus amigos le ganaban nadando, pero él siempre les superaba bajo el agua. “Sabía relajarme sumergido, que es muy importante”, asegura. Con su padre, en cambio, no venía tanto. “Era médico y no podía permitirse ir a la playa”, comenta Llach mientras admira este lugar “curioso” que se le presenta ante los ojos como un \u201thorizonte vivo” de geometrías y contrastes.
Podría ser perfectamente un espacio monótono, como el océano Atlántico en Senegal –donde Llach tiene la Fundación que lleva su nombre–, con grandes extensiones de agua, sin lomos ni macizos, pero es todo lo contrario: “Una de las cosas bonitas de la Costa Brava es la manera en que la tierra parece acoger trozos de mar y forma eso que llamamos calas. En esta playa, al atardecer, especialmente en otoño, el sol se coloca de una manera que proyecta como una especie de foco rojo. Las Medas tienen una iluminación teatral extraordinaria cada tarde: rojos limpísimos, el mar adquiere un color extraño... Llamamos la hora de los guapos. Además, vemos salir el sol detrás de las Medas –un periodo de días–, que es un espectáculo”, describe el cantautor. Podría ser, asimismo, un paisaje común, pero, en cambio, cautiva: “La gran ventaja del Empordà es que el horizonte está, casi, siempre limpio: ves aquella lenticular (nube lenticular) que la dibujan expresamente y no lo habrían hecho tan bien. En época de estorninos es maravilloso porque hacen figuras en el cielo”, añade. Es el universo de las Medas, que, de hecho, de broma llamaban “las metas”. “Por el pitagram que salía del mar: la meta grande y la meta pequeña”, rememora Llach, conocedor del arte de navegar –durante quince años tuvo una barca–: “El mar es un Dios extraño, se convierte en el demonio más espantoso cuando menos te lo esperas”; y también de la pesca: “Antes, te hacías tú mismo la caña, ibas a buscar plomos de alguna tubería y usabas una patata como cebo. En el región del Molí y en el Ter, las carpas iban hambrientas...”, afirma.
Esto era un tiempo en que en L'Estartit había “cuatro casas de pescadores” y “una fonda que se llamaba Montserrat”. La playa cambió con la llegada de los turistas –más concretamente, de las turistas–. Entonces, Llach compuso la canción La Madame, ideada en este rincón del litoral. “Las suecas, las francesas... Los chicos de aquí buscaban planillos con ellas ante la escasez del mercado”, ironiza Llach, nacido en Verges, que admite que ha vivido la transformación urbanística de la Costa Brava con un “gran dolor estético” y cree que “el único gozo” de la irrupción del turismo es pensar que “ha ayudado a vivir a mucha gente del Empordà”. “Hice muchos recitales para salvar playas y calas. Vivimos en una sociedad donde lo que prima es la producción y las ganancias –de esto lo llaman progreso– y con los años ves países devastados”, corrobora.
“La gárgola con aspecto de cordero siempre me transmite algo”Pilarín Bayés, ilustradora
“La gárgola con aspecto de cordero siempre me transmite algo”
A pesar del misterio que emana, a la ilustradora Pilarín Bayés le puede más la curiosidad. Ya de pequeña le atraía este “verdadero rincón”. “Soy entrometida por naturaleza”, explica. Se trata de una vía sin salida, concretamente la calle de l’Albergueria, situada en el centro histórico de Vic. Apenas le toca el sol y los edificios se han ampliado “por donde han podido de una manera más orgánica que arquitectónica”. Entre ellos, destaca la alberguería, construida en el siglo XI como hospital, lugar de alojamiento para acoger a peregrinos y viandantes sin recursos, y, además, residencia clerical, y que da nombre a la calle. El pasaje, que conserva diferentes elementos y muros del siglo XI –como un escudo de piedra–, esconde, al final, un tesoro arquitectónico: una gárgola esculpida como un cordero. “Tengo la idea de descubrimiento. De ver un cordero allí colgado, que me atraía. ¡Me encanta!”, exclama. También un rosetón, que pertenece a la capilla del Espíritu Santo de la catedral de Vic. Quien entra en este callejón medieval se encamina –aunque no se puede acceder directamente porque el acceso está actualmente cerrado– hacia el claustro románico, del cual era una salida. Según algunos expertos, unos grandes sillares de piedra que hay en una pared del final del callejón podrían pertenecer a la muralla romana de Vic.
Bayés, que de pequeña vivía en una casa de la plaza de la Catedral, tenía dos caminos para llegar a la escuela. Para poder ver la gárgola y el rosetón –que ha dibujado en tantas ocasiones– pedía, sin embargo, pasar siempre por aquí delante, a menudo acompañada por las campanas de fondo. “Como las repetían dos veces, a la segunda todavía llegabas a tiempo”, afirma. Su polideportivo era el atrio de la catedral. “Allí jugábamos a hockey y patinábamos. Había unos agujeros enormes, pero no lo notábamos”, rememora. Uno de sus deportes predilectos era ir al desván de su casa con uno de sus hermanos. “Había gallineros, depósitos de agua, dejaban de todo... Y nosotros hacíamos grandes descubrimientos: periódicos y revistas antiguas, zapatos viejos... Cada vez que entrábamos al desván era una expedición”, asegura. Con uno de sus hermanos –ella es la cuarta de cinco, y actualmente solo son tres– también habían llegado a hacer excursiones al tejado. “Los vecinos, alarmados, venían a avisar: ¡tenéis a los niños en el tejado! Mientras nosotros descubríamos mundos nuevos...”. Aunque se llama Pilar, su madre le decía Nin. “Y mis primos, para hacerme enfadar, me decían Lenin. Una vez que con las hermanas pasamos el verano en Salou, me dijeron Piluca y, al volver a Vic, una señora que trabajaba en casa nuestra lo oyó y respondió: «Si le decís Piluca, os las tendréis conmigo, ¡pobre criatura!»”. “Si me dicen Pilar por la calle no me giro nunca”. Esta forma diminutiva es tan suya que no la ve como un diminutivo.
Es una enamorada de cualquier barrio antiguo, pero del suyo, admite, está “particularmente enamorada” porque es donde nació y creció. La vida que había hace unos años en este callejón es muy diferente de la actual. “La alberguería era un lugar donde los peregrinos podían ser acogidos”, comenta. Durante los fines de semana, ahora, el ambiente proviene, según explica, de los scouts. “Las ventanas dan a la calle más ancha y hay un jaleo fantástico”. Muy cerca de aquí, se localizan el puente románico y las tenerías, un conjunto de antiguos edificios industriales donde durante siglos se desarrolló la actividad de la tenería. La artista, que actualmente vive en otra parte de la ciudad, cuando tiene que ir al centro con algunas de sus hijas pasa siempre que puede por este callejón presidido por el destacado edificio de la alberguería, declarado bien cultural de interés local y, actualmente, sede del centro de difusión cultural del obispado de Vic. Le continúa atrayendo. “Aparte de dar una imagen medieval formidable”, hay otro motivo: “La gárgola con aspecto de cordero siempre me transmite algo”. Es un punto “bonito”. “¿Una calle llena de historia, eh?”
Nani Marquina, diseñadora industrial
“La naturaleza, con sus imperfecciones, tiene una belleza única”
“Es donde empecé... Para mí, ha sido un reencuentro”Desde este banco, frente al mar de Tamariu, en el municipio de Palafrugell, donde le gusta sentarse, capta un paisaje “casi perfecto”. “Procuramos expresar esta belleza imperfecta o irregular cuando diseñamos, porque es lo que se acerca a la naturaleza”. Y destaca: “La naturaleza, con sus imperfecciones, tiene una belleza única: una misma roca, por ejemplo, tiene una raya o bien le falta un trozo a un lado, la arena no siempre es igual... Eso tiene un valor. Es estético”. Y se zambulle: “A mí me gusta destilar por qué me gusta esta flor, este árbol, la forma que tiene, el color y si se ha hecho una arruga”. Los colores son la base de su creatividad. “Cómo los mezclas... Y ver el mar me ayuda. No solo porque es azul, verde o gris, sino que también, a veces, tiene amarillos y rojos. El mar tiene todos los colores”, afirma.
Contemplar este mundo natural, con sus transformaciones implícitas, le ayuda a conectar con su propia existencia. “La vida es un cambio continuo y una continua aceptación. Las cosas, al final, son como son y lo hemos de aceptar”, expone. Desde su casa, en Esclanyà, también vislumbra este mar “que lo retiene todo como un espejo” y, contemplarlo, aquí o allí, le ayuda a vivir las diferencias entre las personas con una actitud más comprensiva. Lo dice ella que llega a esta premisa después de “muchos años persistiendo para intentar conseguir retos”. En los inicios, en la empresa, fundada en 1987, eran solo cinco trabajadores, y ahora ya son casi cincuenta. “La marca lleva mi nombre y yo me identifico mucho con ella, aún”.
La primera vez que fue a Tamariu tenía unos diez años. Llegó con sus padres, Rafel Marquina y Maria Mia Testor. “Recuerdo esta playa muy diferente de como es ahora, prácticamente solo con un pequeño hotel frente al mar. Comimos y dormimos en los apartamentos Els Bungalows”. Unos pescadores los llevaron con su barca a dar una vuelta, y fruto de esta experiencia Nani Marquina, ganadora del Premio Nacional de Diseño de la Generalitat, cree que este fue el primer lugar en el que se enamoró del mar. Después, vinieron Calafell, Palamós, Tossa de Mar, Mallorca o Ibiza. “Me quedo enganchada”, asegura. Es un ritual: ir al banco o salir a navegar con su barca. “Cuando trabajas, la cabeza no para, y venir aquí es como darse un baño de espuma. Te sientas y dices: ¡qué paz! Entras en un ritmo que es lo que necesitamos todos, el de estar con nosotros. El de parar, observar y conectar. Llevamos una vida alterada con mucha actividad y no se trata de parar solo cuando vas a dormir”. Las olas, sin embargo, van haciendo, y este ritmo constante le evoca, precisamente, el movimiento interno del propio cuerpo: la respiración, el latido del corazón y el flujo de las ideas. Es decir, todo aquello que no se detiene nunca –ni se detendrá–, como su capacidad creadora.
Jordi Basté, periodista, director y presentador de 'El Món a RAC1'
“Es donde comencé... Para mí, ha sido un reencuentro”
“Mucha gente te debe haber llevado a lugares bucólicos... Yo te traigo aquí”, afirma el periodista, director y presentador de El món a RAC1, Jordi Basté. Podía haber escogido algún rincón de Torredembarra, el Port de la Selva, Calonge o Llafranc; lugares especiales –y con los cuales siente una vinculación–, pero ninguno de ellos tiene el valor simbólico de este piso de la Via Augusta, número 17, de Barcelona. La primera vez que entró fue en septiembre de 1975. Tenía solo diez años: la telefonista se llamaba Pepi, había máquinas de escribir Hispano Olivetti y grabadoras Revox. Cuando Basté acababa el trabajo, los sábados por la mañana iba a buscar, para quien se lo pedía del programa y la redacción, bocadillos y bebidas en las galerías del pasaje Arcàdia.
Eran los estudios de Ràdio Joventut, una emisora que reunía, entonces, a unos jovencísimos grandes nombres de las ondas radiofónicas como Josep Maria Bachs, Alfons Arús, Antoni Bassas o el mismo Basté, que colaboraba en el programa infantil, llamado Peques Unic“Como no puedo vivir dentro del agua, procuro estar cerca de ella”Un tiempo después, el primer trabajo remunerado que hizo en Ràdio Joventut fue la retransmisión de la carrera de apuestas de galgos en el canódromo Meridiana, que habitualmente se hacía los domingos. Más adelante, vinieron otros, como un partido de baloncesto entre el Bosco de La Coruña y el Hospitalet. Y ya no se paró. Con una grabadora, se fue hacia el Palau Blaugrana a entrevistar al equipo femenino del Barça de baloncesto, concretamente, a Maria Planes, la entrenadora en aquel momento, y a tres jugadoras: Rosa Castillo, Anna Junyé y Roser Llop.
”. Actualmente, aunque anunció su retirada en 2023, también le emerge hacerlo. “Siempre acabo haciendo alguna pirueta. Andrea Fuentes y Gemma Mengual vinieron a casa a Menorca a pasar unos días y fuimos a nadar a una playa. Obviamente, nos pusimos a hacer En casa de los Basté, la radio no solo se escuchaba a todas horas sino que también se quería. El padre (y la familia) comía siempre con el transistor en marcha sobre la mesa. En concreto, escuchaba un programa de deportes de Ràdio Joventut que se llamaba Antorcha. Avance de los deportes. La madre tenía un transistor en la cocina, desde donde escuchaba también Ràdio Joventut o Luis del Olmo, Elena Francis... Que el hijo trabajase allí era un “gran orgullo” porque era una emisora diferente. “Ràdio Joventut tenía un espíritu muy similar al que ahora es RAC1. Fue la primera que retransmitió un partido de fútbol del Barça con cachondeo”, destaca el periodista.
Este lugar de recuerdos de una radio icónica es, desde hace un año, la oficina de la productora de Basté. “Teníamos una productora pequeña, Món Media, y nos hicieron la propuesta de absorber la empresa Never Say Never (NSN), del exjugador de fútbol Andrés Iniesta. Llegamos a un acuerdo para crear NSNMedia. NSN estaba en la Rambla de Catalunya y justo el día que fuimos a firmar nos comunicaron que cambiaban de local para ir a la Via Augusta. ¿Dónde de la Via Augusta? El número 17”. Y, efectivamente, también en la primera planta. “No me lo podía creer... O sea, la vida, porque Barcelona es enorme”, asegura. El día que entró, después de tantos años, tuvo la respuesta a una pregunta recurrente que le rondaba: “¿Qué habrá aquí arriba?”, se decía a sí mismo siempre que pasaba por delante. “Es donde empecé... Para mí, ha sido un reencuentro”.
“Por más bonito que sea el lugar de trabajo, el trabajo no se hace solo”Ona Carbonell, exnadadora olímpica de natación artística
“Como no puedo vivir dentro del agua, procuro estar cerca”
Escuchar las olas, mojarse los pies, hacer un tentempié en la arena, mirar los peces... A la nadadora artística Ona Carbonell le gusta tanto estar dentro del mar como fuera: el mar del Maresme y el de Menorca. Este idilio le ha permitido navegar las aguas tanto en momentos buenos, para disfrutar de lo que le aportan, como en algunas situaciones profesionales más complicadas para las cuales ha necesitado cobijo para reponerse. Si no fuera humana, “habría debido ser una sirena”, asevera, porque su mundo, es el agua, “si puede ser, salada”.
Es en la ingravidez como esta nadadora artística –con 23 medallas conseguidas en campeonatos mundiales– mejor se siente. “Es mi estado; mi medio. Me encanta. Puedo pasar más horas en la ingravidez que de pie, donde me siento más incómoda”, describe. En la piscina, durante los entrenamientos, podía estar en ella, junto con sus compañeras, hasta seis horas sin tocar los bordes. A partir de unos cálculos matemáticos, ha llegado a la conclusión de que, con entrenamientos y competiciones, es como si hubiera pasado siete años seguidos de su vida en la ingravidez. “Realmente, el agua es mi estado”, admite.
Indiscutible. Ya de pequeña lo sabía. Lo descubrió en el mar de Menorca. En la casa situada a tan solo unos metros frente al mar que sus padres tienen en una calita, Carbonell solo aparecía casi para coger el tentempié y volver hacia el agua. “Nos preparábamos una cesta con comida y íbamos en medio del mar a merendar sobre una mesa larga de surf de vela con las amigas”, recuerda. En aquellas aguas empezó a hacer, de manera espontánea, natación sincronizada. “Me encantaba el ballet. Hacía rítmica. Me gustaba la música... Así descubrí la sincro”. Actualmente, a pesar de que anunció su retirada en 2023, también le emerge hacerlo. “Siempre acabo haciendo alguna pirueta. Andrea Fuentes y Gemma Mengual vinieron a casa a Menorca a pasar unos días y fuimos a nadar a una playa. Obviamente, nos pusimos a hacer sincro. Los barcos grandes que había por allí empezaron a aplaudir. Nos invitaban a comer sobrasada... La gente flipaba”. En agua salada es muy diferente que en una piscina. “Flotas más, pero están las olas y las corrientes y es más difícil tener la precisión perfecta –corrobora–. Ojalá se pudiera competir en el mar, porque es idílico. ¡Ves los peces boca abajo mientras haces piruetas!”, exclama.
Nunca le ha dado miedo. “De pequeña, nadaba unos dos kilómetros mar adentro...” Sus padres siempre le recuerdan que estaban en un velero de unos amigos y, mientras Carbonell nadaba, vino un chubasco. Todos se pusieron muy nerviosos, pero ella cargó a una de sus amigas a la espalda, que también estaba en el agua, y se la llevó hacia la barca. “Realmente me mimetizaba con el mar y no tenía ningún temor”. Ahora reconoce que tiene más que antes, quizás porque “es madre” y eso le hace prever más los peligros. Aun así, el mar continúba inspirándola. Asegura que va a otro ritmo y rememora aquel tiempo en que, después de las grandes competiciones, necesitaba su “dosis” de Menorca. “Te daba aquella energía para inspirarte para la próxima temporada”. A los diecisiete años, le fue un bálsamo. “Después de cuatro años de darlo todo, me comunicaron que no iría a los Juegos Olímpicos de Pekín”, afirma. Desde una televisión que había en una caseta de pescadores vio, junto a su familia, la medalla olímpica de plata que consiguieron. “Quería ver a mis compañeras, a quienes admiro y quiero, pero también quería estar allí con el equipo. No sabía si sería capaz de mirarlo. Lloré de tristeza y, a la vez, de emoción por ellas. En los momentos más duros, el mar me ha acogido”.
Un mes y medio es el tiempo máximo de su vida que ha estado sin verlo. Fue durante un viaje con mochilas por Nepal, la India y Sri Lanka, que hizo con su marido. Para tenerlo presente, ha buscado la fórmula: “Como no puedo vivir dentro del agua, entonces procuro estar cerca”, asegura Carbonell, que, con su marido y sus tres hijos, reside en el Maresme, cerca de la playa; y también tienen una casa en Menorca, frente al mar. “El mar de Galicia me parece increíble. También el de Asturias. Pero hay lugares con olas muy grandes o corrientes. En Australia o en La Reunión se te puede comer un tiburón... Somos afortunados de poder disfrutarlo”. Siempre que va, se lleva consigo las pinzas o las gafas que le tapen la nariz. Y cuando llega a casa, no le importa meterse en la cama con regusto a sal. “A mucha gente le molesta ir a dormir salada; a mí, no. He estado demasiadas horas en mi vida con cloro”, ironiza. Es la magia del mar. “El mar lo tiene todo”. Lo dice ella, que se llama, precisamente, Ona.
Albert Serra, cineasta
“Por más bonito que sea el lugar de trabajo, el trabajo no se hace solo”
Trabajo y ocio conforman un todo. No hay distinción entre la vida laboral y la “normal”. Para el director de cine Albert Serra, “no existe un mundo aparte”. Prueba de ello es que el 99% de la gente con quien se relaciona tiene algo que ver con su mundo, es decir, el trabajo. Uno de los espacios que concentra esta esencia es uno de sus despachos, el de Banyoles. “Es donde trabajo, que es lo que me interesa hacer, aunque sea los fines de semana”.
De estética industrial, este espacio, con muebles de los años setenta, que le dan un efecto como “anticuado” –según describe–, y otros elementos, como un plafón en la pared con postales de Navidad (y esquelas de personas conocidas), una caricatura, fotos antiguas y algunos ordenadores sobre la mesa, acompaña su proceso creativo. A pesar de ello, “por más bonito que sea el lugar de trabajo, el trabajo no se hace solo. Lo importante es lo que pasa por tu mente”, afirma.
Hace unos dieciocho años que tiene este despacho en el edificio El Puntal de la Fundació Lluís Coromina. Además de él, también está la sede de otras entidades y asociaciones. De aquí, destaca un “relativo aislamiento” y también una “relativa proximidad” con las cosas que le interesan o le llevan hacia un mundo que le puede “inspirar”. A la hora de elegir los temas de sus películas, sin embargo, no escoge los que le atraen. “Muchos son aleatorios y no me interesan nada. Hablar de la tauromaquia no es el sueño de mi vida –refiriéndose a Tardes de Soledad–; o no me interesa nada en absoluto hablar de la Polinesia Francesa –en este caso, Pacifiction–”. ¿Entonces? No hay una explicación. Pueden rondarle diferentes temas y, al final, se acaba imponiendo uno. A veces, pregunta a la gente de su entorno qué les apetece más. “Ni siquiera soy yo…”
En sus películas y documentales busca un “componente inédito importante” y que “aporten cosas nuevas que lo anterior no tenga”. Rehúye reproducir originalidades: “Si copiar de los demás ya es patético, copiarse a uno mismo es el doble de patético”. Sobre sus trabajos, reitera que le es “igual” lo que piense o diga la gente. “No he venido a este mundo a escuchar las opiniones de los demás”. Solo muestra sus películas –en las últimas fases del montaje– a gente concreta para saber su valoración y, sobre todo, para hacerle preguntas precisas. “Una vez terminada, no me interesa la opinión de la gente. No servirá para cambiar nada. No leo nunca ninguna crítica. ¿De qué me serviría? Todavía te confunde…”
En este despacho ha hecho montajes como un fragmento pequeño de La mort de Lluís XIV, una parte de Liberté y la totalidad de Tardes de soledad, esta última galardonada este año con el premio Goya al mejor documental y también con los premios Gaudí a mejor documental y mejor montaje. “Los reconocimientos ayudan a sacar adelante proyectos nuevos y dan prestigio, pero son relativos: hay muchos que no te mereces y otros que te lo dan a ti y al año siguiente a un inútil. ¿Qué credibilidad tiene esto?”, comenta. Otros espacios predilectos son su despacho de Barcelona (también de la misma Fundació) o su casa –sin internet ni televisión y con un 4G que no funciona del todo bien–. “Para las cosas más creativas, internet no sirve para nada. Distrae”. Para escribir guiones u otras propuestas que requieran una concentración prolongada, se marcha. “Voy lejos: a Europa. Lugares desagradables, donde no haya ninguna distracción. Barrios baratos donde no puedas ir a un bar bonito ni a una librería. Ni en ningún sitio. No suburbios, pero casi”.