Marilyn Monroe: la estrella vulnerable hace cien años
El desencaje empapa todos los textos que nos dejó la actriz, que fue una ávida lectora
BarcelonaCuando Marilyn Monroe murió, el 4 de agosto de 1962, sus pertenencias fueron a parar a Lee Strasberg, que había sido su profesor en el mítico Actor’s Studio y se convirtió en su persona de confianza. Entre las posesiones de la actriz, había un puñado de manuscritos, cartas y algunos poemes propios, textos que Monroe garabateaba a menudo en los papeles de carta de los hoteles donde se alojaba. Todos estos escritos personales se editaron por primera vez en el año 2010, bajo el título de Fragments (edición en castellano en Seix Barral), y ofrecen una panorámica privilegiada al mundo interior, expresado en primera persona, de esta actriz que nació hace cien años, el 1 de junio de 1926. También nos devuelven una imagen menos conocida de la estrella: la de la ávida lectora; la de la actriz que se siente segura ante los fotógrafos pero no cuando tiene que hablar con periodistas; la de la mujer que conecta con las inquietudes políticas progresistas de la época; la de la intérprete que encuentra en Nueva York un territorio de enriquecimiento artístico en las antípodas del glamour de Hollywood.
Oh maldita sea, ojalá estuviera/ muerto —absolutamente inexistente— lejos de aquí...Oh damn I wish that I were/ dead —absolutely non existent— gone away from here..." (Oh, mierda, ¡ojalá estuviera muerta —totalmente inexistente—, desaparecida de aquí…).
En otro texto recuerda que "ya de niña/mi intacto primer deseo era ser actriz". La Norma Jean adolescente se da cuenta de que, a pesar de su timidez, tiene la capacidad de atraer las miradas. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando David Conover, un fotógrafo del ejército, hace un reportaje sobre el esfuerzo de guerra femenino en la fábrica de aviones donde ella trabaja con su suegra, enseguida tiene claro que la imagen de aquella chica morena de sonrisa contagiosa es la que le interesa. Conover la anima para que se convierta en modelo, y así empieza a aparecer en portadas de revistas como Laff, Peek, Pageant o Parade, el camino más directo para llegar a Hollywood. Una representante espabilada, Emmeline Snively, consigue que los estudios se fijen en ella. Comienza la construcción de la estrella Marilyn Monroe a partir de la pin up Norma Jean: un nuevo corte de pelo, el tinte rubio platino, el cambio de nombre, un baño de sofisticación que deja atrás a la chica cotidiana de las portadas, y las pruebas de cámara que convencen a los jefazos de que la joven tiene aquel don especial ante el objetivo a pesar de que aún le falte experiencia interpretativa.
Pero a Marilyn le cuesta arrancar una carrera: los responsables de los estudios ven a la starlet, pero aún no a la estrella. Y mucho menos a la actriz. Al principio, solo hace apariciones puntuales en La jungla de asfalto (John Huston, 1950) o Eva al desnudo (1950). En este espléndido film de Joseph L. Mankiewicz, el crítico de teatro que encarna George Sanders elogia “el punto idiota” de la actriz ingenua pero atractiva a quien da vida Marilyn, y le augura una carrera triunfante gracias precisamente a eso. Incluso desde la ficción, la imagen de Marilyn ya se asocia al arquetipo de la "rubia tonta". Sin embargo, en sus primeros papeles significativos puede demostrar un potencial como actriz todavía alejado de la imagen de rubia explosiva que la convertirá en estrella. Fritz Lang la implica en uno de sus melodramas noir, Clash by night (1952), adaptación de un éxito teatral de Clifford Odets, donde encarna a una chica de clase trabajadora en un pueblo pesquero que admira y se muestra cómplice con su cuñada, la protagonista a quien encarna Barbara Stanwyck. Ese mismo año, también protagoniza Niebla en el alma (Don’t bother to knock), un thriller psicológico de Roy Ward Baker, donde se pone en la piel de una canguro con problemas de salud mental. La actriz aparece allí con el pelo corto pero castaño, y puede lucirse en un personaje que se define por su complejidad psicológica y no por el atractivo físico.
La Marilyn del imaginario popular
Pero en 1953 tres títulos fijan a Marilyn Monroe como la bomba sexual con más impacto de Hollywood: Niagara de Henry Hathaway, Los caballeros las prefieren rubias de Jean Negulesco y Los caballeros las prefieren rubias de Howard Hawks. Es sobre todo su papel de Lorelei en este último film, donde canta aquello que Cahiers du cinéma, por ejemplo, adoran la película. Jacques Rivette, el primer gran exégeta del cine de Howard Hawks en la revista francesa, se encuentra entre los grandes reivindicadores del film y de Marilyn. Hasta el punto de que se inspira en la amistad de los personajes de Monroe y Jane Russell para rodar su película más conocida como director, Céline y Julie van en barco (1974). Hay que subrayar la importancia del vínculo femenino en Los caballeros las prefieren rubias, porque en el Hollywood de la época, todavía bajo el código Hays, son muy escasas las películas con una relación entre dos mujeres en el centro.
El trabajo de Marilyn en este musical emblemático también nutre uno de los mejores textos de Richard Dyer, el impulsor del análisis académico de las estrellas cinematográficas. Para el teórico, la interpretación que hace Monroe de Lorelei, la cazafortunas de talante ingenuo, encapsula como pocas otras la contradicción que a menudo se da entre la imagen de una estrella y el papel que interpreta. Dyer recuerda que el personaje de Lorelei en la obra original de Anita Loos en que se basa el musical es la material girl" por excelencia, la mujer consciente de su atractivo sexual que lo utiliza de forma interesada como vehículo de acceso a una vida de lujo. La Lorelei del film dirigido por Howard Hawks mantiene esta personalidad de base, pero desprovista del cinismo del personaje original. Monroe otorga una genuina inocencia a un personaje que se define por su capacidad de manipulación y por su falta de interés en el amor. La actriz encarna desde la ingenuidad dos valores que a menudo se cargan de culpa y premeditación: el sexo y la ambición. Aquí radica su singularidad.
En las dos comedias que protagoniza a las órdenes de Billy Wilder, La tentación vive arriba (1955) y Nadie es perfecto (1959) ofrece variantes de este arquetipo. En la primera, Monroe encarna la fantasía sexual masculina por excelencia del hombre corriente de los años cincuenta: la rubia ingenua que se expone sexualmente, pero sin la ambición de la cazafortunas ni la amenaza de la femme fatale. La década posterior a la Segunda Guerra Mundial supone un proceso de redomesticación de las mujeres, condenadas a retornar a sus roles tradicionales después de haber demostrado que podían asumir los mismos trabajos que los hombres durante el conflicto. Este conservadurismo se traslada también al cine, donde se marginan los roles femeninos más independientes, de las reinas de la screwball comedy a las femmes fatales. Mientras que Marlon Brando y James Dean encabezan una renovación del estrellato masculino basada en la rebeldía juvenil y el desencanto hacia el mundo adulto, las nuevas estrellas femeninas exhiben una sexualidad más desinhibida, pero no pueden expresar el mismo descontento. En La tentación vive arriba impugna el imaginario fundacional del cine de Hollywood: los antiguos La mujer y el monstruo (Jack Arnold, 1954), el film que ha ido a ver con el protagonista a quien da vida Tom Ewell.
La Monroe capaz de ver la humanidad tras la máscara del monstruo tiene por fin un personaje a su altura en The Misfits (1961), la película de John Huston a partir de una obra de Arthur Miller, su marido de entonces. Pocos títulos con un aura de maleficio en la historia del cine como este proyecto que reunió a un grupo de intérpretes al borde del colapso, cada uno desde su propio desgaste. No solo supone el último film para Monroe, también para Clark Gable y Montgomery Clift. Repleta de personajes decadentes, traumatizados y a la deriva, The Misfits impugna el imaginario fundacional del cine de Hollywood: los antiguos cowboys ahora son entertainers tronados en Reno. La secuencia en que el personaje de Monroe reacciona desesperada a la caza de los caballos es una hito emocional sin parangón. Aquí por fin la actriz puede encarnar una forma de rebelión femenina contra una forma de violencia masculina naturalizada, la del dominio y la depredación de la inocencia salvaje. La intensidad con que interpreta este momento deja claro que ella entendía bien esta forma de depredación.
Cien años después de su nacimiento, Marilyn Monroe no solo se mantiene viva en el imaginario popular como el paradigma del sex symbol cinematográfico. La actriz conecta aún hoy con públicos de diversas generaciones de una manera que no han alcanzado otros iconos como Brigitte Bardot o Sophia Loren. Monroe ha acabado encarnando la idea de estrella como figura contradictoria: su fama mundial no la salvó de la soledad profunda. Y es en esta vulnerabilidad que traslucen sus textos, su imagen y sus interpretaciones, que se identifican aún hoy millones de espectadores y espectadoras.