La edición de verano de Joc de cartes arrancó con una intensidad digna de las altas temperaturas. Un melodrama de fogones que nos enganchó al programa. En el Pirineo de Lleida, Marc Ribas buscaba “el mejor restaurante informal”, un concepto que, una vez visto el programa, más bien parecía un eufemismo para justificar lo que vimos.El capítulo disponía de los ingredientes más potentes para que estallase el conflicto. En primer lugar, y como factor determinante, una cocina sucia. Nada provoca más fascinación que descubrir un obrador que dé asco. A los espectadores se les activa el espíritu morboso. La televisión facilita la distancia prudencial para que nos sintamos lo suficientemente alejados de la cocina y tengamos la tranquilidad de no tener que probar ningún plato. Pero detectar en la pantalla cubiertos sucios, sartenes roñosas y extractores llenos de grasa provoca aquella clase de placer culpable similar a los vídeos de Instagram tan exitosos donde sacan tapones de cera de las orejas o desatascan tuberías de mierda. El espectador disfruta de una manera exacerbada ante las neveras llenas de porquería y comida mal conservada. Y, además, hay un cierto grado de sadismo cuando se intuye que el presentador y el resto de concursantes tendrán que hacer una comida cocinada en aquel espacio. El miércoles, además, alcanzamos unos niveles insospechados de tragedia cuando una de las participantes se negó a comer nada que estuviera cocinado en aquel establecimiento, y se quedó de brazos cruzados mientras miraba cómo los otros engullían. Su marido lo remató pidiendo unas patatas bravas “por cortesía”, que después ni tocó. Habría sido interesante analizar qué entendía él por “cortesía”, teniendo en cuenta el mal rollo que vertió a la mesa.El otro ingrediente esencial para el drama es el vínculo familiar entre participantes. En este caso, triple ración. Dos madres con los hijos y un matrimonio. Cuanto más estrecho el nivel de parentesco, mejor. Ante las críticas, en el caso de las madres con su descendencia, se produce un efecto madre coraje o hija justiciera que deviene maravillosamente épico. Desarrollan una defensa a ultranza del ser amado que acelera el conflicto de forma exponencial. En el caso de los matrimonios, normalmente siempre hay uno que adquiere un gran protagonismo, mientras el otro sufre en silencio las excentricidades de su pareja. El programa gastronómico deviene también una especie de reality para poner a prueba las grietas afectivas de la unión sentimental.Otro requisito indispensable es que el chef Marc Ribas juegue un poco a la puta y la Ramoneta: por una parte, anime a la concursante a no pedir nada si no quiere y, por la otra, se abrace a los responsables de la cocina sucia como muestra de solidaridad para aliviar su disgusto.Finalmente, hay otro factor explosivo: pon un cocinero italiano en el programa. La intensidad, la fanfarronería, la mala leche y la desinhibición de los que hemos visto hasta ahora han incrementado la adrenalina en el juego. Puestos a aguantar las altas temperaturas del verano, ya está bien que en Joc de cartes salten chispas.