Nocaut

Pagar 500 euros para que te maltraten en un concierto

.
Periodista i crítica de televisió
3 min

En el primer concierto de Bad Bunny en Barcelona, los aficionados que habían pagado quinientos euros para disfrutar del espectáculo desde la zona vip colgaron vídeos muy angustiosos en las redes sociales. Enguilados en un espacio supuestamente privilegiado, quedaron comprimidos, sin posibilidad de moverse. Quedaron enganchados unos contra otros como si viajaran en los peores trayectos de Renfe. Algunos vídeos mostraban personas aplastadas contra las vallas que reclamaban ayuda al personal para abandonar aquel lugar, lamentando una situación inhumana y que a duras penas les permitía respirar. La organización ha contrariado las denuncias, pero, en cualquier caso, el panorama de los aficionados que se habían gastado el equivalente a un mes de alquiler de un pisito para ver a Bad Bunny parecía más un suplicio que una noche de euforia.

En los últimos años, los conciertos de las grandes estrellas de la música se han convertido en una excusa para maltratar a los fans. Hace unas cuantas décadas, la máxima penitencia para comprar entradas consistía en hacer colas de madrugada a las puertas de un centro comercial, con una cierta garantía de que si lo hacías con suficiente tiempo, lo conseguías.

Ahora, los grandes conciertos ya implican, como mínimo, unas horas absurdas de preliminares frente al ordenador. Hay que movilizar una red de familiares y amigos que deben acceder a unas dudosas salas de espera virtuales. Nada te asegura que aquella pérdida de tiempo estratosférica, muy a menudo en horario laboral, acabe con la compra de alguna miserable entrada. Horas pendientes de una cuenta atrás hasta que empieza una gincana de clics atolondrados que te marea por diferentes áreas de la grada. Esto si tienes suerte, porque después de tres horas, el sistema puede decidir expulsarte porque unos cuantos miles de personas te han pasado delante en la espera. O te puede ofrecer comprar entradas en una grada donde ya no hay butacas. Y vuelves a ser expulsado del sistema. O te marean con una jerga incomprensible de posibilidades: Early entry, Fast lane, First access, Golden circle, Front row package, Pit access, Meet & Greet, Platinum tickets, Diamond package o Hospitality package para que los más desesperados dejen allí el sueldo a cambio de alguna garantía. Hace unas semanas Olivia Rodrigo ofreció un concierto llamado secret en el Teatre Grec con aforo limitado donde, teóricamente, se priorizaban los fans que acumulaban más horas de streaming de canciones de la artista. Personas que recibieron una invitación que las convocaba a la cita exclusiva y privada de Spotify. Se les advertía que aquella invitación no garantizaba el acceso al recinto. Las puertas se cerrarían cuando el aforo estuviera completo. Después de horas y horas de cola, el aviso de que ya no se podía entrar se comunicó a los pobres fans minutos antes del inicio del concierto. Las invitaciones no solo superaban con creces las localidades existentes sino que entre la larga lista de famosillos, influencers, acompañantes y otras concesiones de marketing, las plazas reales eran muchísimas menos que las ofrecidas. Este maltrato al fan es un escaparate de ansiedad colectiva muy mediático. Una histeria que crea expectación. Inflar las colas, estimular la desesperación en las redes y generar frustración es la manera de fabricar el famoso FOMO. Provocar la catarsis de la gente, mostrar su sufrimiento, la capacidad de arrastrarse, estimula esa idea de que aquello es único, extraordinario e histórico. Los medios lo alimentan.

Los grandes conciertos se han convertido en experiencias de sacrificio donde se somete al aficionado a una segregación atroz, con jerarquías de entradas inauditas de precios abusivos, apelando a supuestas comodidades inexistentes. Se comprueba su resiliencia, también la económica, exprimiendo sus posibilidades. La opacidad de la reventa es flagrante e institucionalizada a través de portales oficiales. Se somete al aficionado a una humillación logística digna del capitalismo más voraz. Han convertido al fan en un cliente dócil y maltratado dispuesto a todo a cambio del “Yo estuve allí”.

stats