Confesiones de un intento de feminista
Confieso que me apunté en el carro de la militancia activa feminista no hace ni diez años. Y que hasta entonces nunca había pisado manifestación alguna del 8M. Más aún: de jovencita, las feministas de militancia activa me caían mal. Siempre me he considerado feminista. Casi autocombustiono de indignación cuando mis padres defendieron que las tareas en el hogar podían ser distintas según eras hombre o mujer. Pero de eso a que me jodieran en el mismo saco que las feministas que llamaban a las manios del 8M, tan poco mainstream (y ahora sé que tan necesarias) de mi juventud, pues no. Tuvo que pasar el tiempo para que entendiera que se me había activado un mecanismo de defensa que se dispara a muchas mujeres, consciente o inconscientemente: no querer que te identifiquen con las problemáticas. Con las chungas. Y yo también caí de cuatro patas.
Confieso que desconozco (o todavía no he leído) a tantas y tantas mujeres que han hecho avanzar el feminismo a golpe de pensamiento y de libro de ensayo. Y en 2017 saqué un libro, Corazón de cactus y otras formas de amar (Cruïlla/SM) y con mis editoras decidimos que aunque el contenido era feminista, no diríamos la palabra para no hacer huir a los lectores. Dos días más tarde el #metoo y el #cuéntalo llenaron las redes y de repente la palabra "feminismo" empezó a verse de otra forma. Pero el libro ya había salido... Aunque todavía está vivo y más que nunca, porque me dediqué a cuestionar el amor romántico de mierda. Ehem.
Tomar conciencia de los privilegios
También admito que durante mucho tiempo he vivido con la inconsciencia de no prestar atención a mis privilegios. Y al hacerlo me tocó darme cuenta de una obviedad: soy mujer, por tanto, en la casilla de salida siempre salgo con menos cincuenta puntos, pero también soy blanca. Y nací en Barcelona, o sea, Europa, o sea, mundo occidental. Y en una familia acomodada. El lugar del que parto no es el mismo que el de tantas y tantas mujeres que lo tienen mucho más jodido. Y sé que no puedo hablar por ellas. Si lo hiciera cometería el mismo error que aquellos hombres que saben lo que pensamos las mujeres mejor que nosotros. Pero sí puedo reclamar que estén, escucharlas, dialogar con ellas para saber qué puedo hacer, qué necesitan. Y asumir que la lucha por la igualdad es la misma, pero que su camino es diferente y más empinado.
Y finalmente confieso que estoy convencida de que llegar más tarde al feminismo activo no me hace peor feminista. Tan sólo que tengo más cosas que aprender y todo a agradecer a las compañeras que ya estaban allí. Porque el activismo feminista me hace ver la vida de una forma más lúcida y, a pesar de las dificultades del momento y el avance de la ultraderecha y el conservadurismo, con más esperanza. También me gusta pensar que mi activismo feminista es la consecuencia lógica de la militancia en el pacifismo de mi juventud. Porque el mundo no podrá tener paz sin la igualdad de derechos entre mujeres y hombres. Y de ese deseo, no pienso avergonzarme nunca. Al contrario.