El libro de Gisèle Pelicot y todo lo que se lee entre líneas
Gisèle Pelicot, la mujer a la que su marido drogó durante muchos años con el fin de violarla y ofrecerla a otros violadores mientras grababa sus imágenes, acaba de publicar el libro Un himno en la vida (Ahora libros con traducción de Imma Falcó). El título quizás fuerza un optimismo vital del que cuesta encomendarse mientras lo lees, aunque la autora está determinada a hacer, de su resiliencia, un alegato por una sociedad mejor y un deseo personal de ser feliz a pesar de todo.
El libro se nota editado desde la sensibilidad. No tiene pretensiones literarias, pero documenta cuidadosamente una cronología íntima de los hechos que se alterna con episodios biográficos del pasado, tanto de ella como de su exmarido. La infancia y adolescencia se convierte en un poso que se lee entre líneas. No sirve para justificar sus acciones sino para entender que, casi siempre, nuestro talante y decisiones vienen determinadas por razones inconscientes cultivadas durante años en los entornos familiares.
Gisèle Pelicot, ahora ya Gisèle Guillou, relata una circunstancia anecdótica pero terriblemente significativa que se produjo en las horas inmediatamente posteriores a descubrir las atrocidades que había cometido Dominique Pelicot contra ella y, posiblemente, contra su hija Caroline, que también aparecía en algunas de las de las. Caroline, fuera de sí, aturdida por el dolor insoportable, empezó a romper objetos de casa de sus padres. Llena de ira, cogió un cuadro que su padre había pintado hacía años y que tenían colgado en la pared. Era la imagen de una mujer con la espalda desnuda. Caroline siempre había pedido a su padre que le quería recibir en herencia porque le gustaba mucho. Mientras estaba en la terraza intentando destrozar el cuadro, apareció el título que Dominique había escrito detrás con lápiz negro. Un título que, teniendo en cuenta todo lo que acababan de saber, daba heredado: "La dominación". Caroline le destrozó.
Una sumisión cotidiana
La anécdota trágica es representativa de lo que nos encontramos en el libro. Unas circunstancias latentes, enterradas, implícitas o veladas que Gisèle no parecía detectar pero que siempre habían estado allí. Para el lector, esa ceguera que la propia Gisèle reconoce ahora, puede ser incómoda. También lo es para sus hijos. La forma en que ella, al inicio, explica que le preparaba la ropa a su marido para que se vistiera al día siguiente deja entrever una sumisión tan cotidiana que pasó a ser invisible. Quedó disfrazada de amor y dedicación familiar. Es sintomático como explica que el resto de hombres de la familia de su marido tenían conductas machistas, aberrantes o, al menos, inquietantes, mientras consideraba que su marido era la excepción. En algunas ocasiones, Gisèle recuerda situaciones con suficiente audacia para que el lector sospeche íntimamente de otras vilezas que quedan implícitas.
El juicio contra Dominique Pelicot erigió a Gisèle en una heroína internacional empoderada y valiente, seguramente gracias a la épica mediática que se queda siempre en la superficie. Ella no se reconoce en ese estereotipo que le hicieron a medida. Un himno en la vida deconstruye intencionadamente cualquier heroicidad. Cuenta con honestidad una relación de pareja que estremece y el infierno que vivió después, empezando por las consecuencias sobre su salud: "A los pocos días fui a la unidad de medicina legal de Versalles. Mi cuerpo era una pieza de convicción". Gisèle tuvo que asumir las deudas de su marido, resignarse a una vida nómada tras vender la casa, aceptar la manipulación de la que había sido víctima y, lo que es peor, ver deteriorada la relación con sus hijos. Gisèle rompe el mito que las desgracias unen. El libro es más revelador para entender el poder aniquilador de un maltratador en lo cotidiano que por los detalles de lo que se convirtió en escándalo.