Moda

El diablo que viste de Prada ya no da miedo

Anna Wintour en la King's Trust Global Gala celebrada en Christie's el 29 de abril de 2026 en Nueva York
12/05/2026
Analista de Moda i Tendències
3 min

Hace justo veinte años, Hollywood estrenaba, sin pretenderlo ni esperarlo, un film que acabaría convirtiéndose en un icono del mundo de la moda, El diablo se viste de Prada. Bajo la apariencia de una comedia ligera, la película escondía un trasfondo mucho más mordaz de lo que podía parecer a primera vista. El relato daba vida a la novela homónima de Lauren Weisberger, que partía de su propia experiencia como asistente de Anna Wintour, editora en jefe de Vogue y una de las figuras más poderosas de la industria. Pero aquello que podría haber quedado en una simple crónica del mundo de la moda se convertía, en realidad, en una reflexión más profunda: no tanto sobre la moda en sí misma como sobre las formas de poder que la sostienen y, en particular, sobre el grado de violencia que nuestra sociedad está dispuesta a aceptar cuando este poder se presenta como excelencia.Hablar de Anna Wintour no es hablar solo de la revista Vogue, sino de una figura que ha redefinido las reglas del juego de la moda contemporánea. Dotada de un olfato especialmente fino para detectar tendencias y nuevos talentos –como los de John Galliano o Alexander McQueen–, ha sido también la artífice de uno de los rasgos que hoy definen el sector: la hibridación entre la alta moda y las estéticas más cotidianas. Y, en paralelo, ha contribuido decisivamente a convertir la inauguración de una exposición de moda en un acontecimiento de alcance global, como la gala del Met, que justo ha tenido lugar el 4 de febrero. Sin embargo, siguiendo el relato de Weisberger y el calificativo con que ella misma la bautizó –demonio–, Wintour encarna también una determinada manera de entender el poder: como un ejercicio de violencia perfectamente normalizada, tanto dentro del sector como en relación con todas las personas que la rodean. Trabajar para ella implica asumir como naturales la vejación constante, la competencia extrema y la renuncia a cualquier forma de vida personal. Al fin y al cabo, como se repite en El diablo viste de Prada, “un millón de chicas matarían por este trabajo”, aunque eso signifique ver reducido un currículum brillante a tareas tan anodinas como llevarle el café, recogerle la ropa de la tintorería o satisfacer los caprichos de sus hijas.

Anna Wintour hablando con los medios de comunicación durante la gala del Met, una gala anual de recaudación de fondos que se celebra en beneficio del Costume Institute del Metropolitan Museum of Art con el tema de este año, 'Costume art', en la ciudad de Nueva York, en los EE. UU., el 4 de mayo de 2026.

Esta película, además de poner sobre la mesa esta crítica tan mordaz –con el añadido de incluir nombres y apellidos reales–, también tuvo la habilidad de explicar el gran número de mecanismos que se activan y los profesionales que intervienen en la pregunta aparentemente banal que todo el mundo se hace cada mañana: "¿Y hoy... qué me pongo?" Y precisamente por haber sabido conjugar este cruce analítico que la ha convertido en imprescindible para cualquier amante de la moda, el 30 de abril se ha estrenado El diablo se viste de Prada 2.Susan Sontag escribía en Notas sobre el 'camp' que el camp solo existe cuando no se busca. Cuando hay intención, se convierte en parodia, en estilización vacía, en artificio consciente de sí mismo. Posiblemente, en El diablo viste de Prada, un film con virtudes cinematográficas discretas pero con una gran capacidad de enfoque, aquello que lo convirtió en icono fue, precisamente, esta falta de autoconciencia: la inconsciencia de estar sacudiendo estructuras profundas.

Meryl Streep en el Paseo de la Fama de Hollywood el 30 de abril de 2026 en Los Ángeles, California.

La segunda entrega, en cambio, parece haber cometido un error de manual: aliarse con aquello que pretendía observar. Durante la promoción, Meryl Streep, caracterizada como Miranda Priestly, se ha fotografiado con Anna Wintour, hasta el punto de que ambas han compartido portada de Vogue en mayo de 2026. Lo que podía parecer una jugada perfecta –por el morbo de ver confrontadas realidad y ficción– se ha revelado, en realidad, como un arma de doble filo. Aquello que antes funcionaba como una sátira con distancia se ha convertido en una escenificación conjunta del poder. Ya no hay tensión entre representación y realidad: coinciden, posan juntas y se legitiman mutuamente. Y cuando el poder se representa a sí mismo, la crítica deja de ser posible porque ya no hay distancia. Curiosamente, una crítica que se desvanece al mismo tiempo que el poder de Anna Wintour y el diablo, a pesar de seguir vistiendo de Prada, ya está dejando de dar miedo.

stats