La visita del papa León XIV a Madrid y Cataluña ha convertido las televisiones públicas en la tele vaticana. Y no solo por las horas que están dedicando a cubrir el acontecimiento, sino por un tratamiento más propio de catequistas que de periodistas, arrastrados acríticamente por el show. El nivel de inflamación se convirtió en esperpéntico en el encuentro del pontífice con la comunidad diocesana de Madrid en el Santiago Bernabéu. Cualquier acto religioso practicado de manera multitudinaria en un estadio (sirve también para el Lluís Companys de Barcelona) es de un industrialismo inquietante que pone al descubierto los engranajes más frágiles. El supuesto recogimiento se convierte en un acto catártico de adoctrinamiento a través de unos espectáculos de ofrenda de resultado dudoso. En Madrid, la realización nos llevó la cámara hasta la garganta de David Bustamante, que cantó con unos alaridos de éxtasis que provocaban estupor. Lo más lamentable llegó con una especie de coreografía futbolística narrada por Manolo Lama y Paco González con un apasionamiento castizo que provocaba vergüenza ajena. A través de una metáfora ridícula cantaban los supuestos goles de la Iglesia: “¡Una parroquia abierta! ¡Asistencia perfecta contra la soledad! ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! ¡Goooooool! [...] ¡Siguiente jugada, Paquito! ¡Comedor lleno! ¡Nadie pregunta de dónde viene! ¡Te acogen con una sonrisa y te hacen sentir como en casa! [...] ¡Definición impecable! ¡Gol contra la desigualdad!” Es un infantilismo inquietante.En Montjuïc no fue muy diferente. Lo único que marcaba las diferencias culturales fueron los Castellers de Vilafranca, con un castillo tan lejos del Papa que se perdía el impacto visual y emocional que tiene esta tradición.Ya se entiende que la visita a Montserrat, perfectamente realizada, sea como fue. Es lo que corresponde a la institución y la televisión se limita a mostrarlo. Pero el envoltorio televisivo del Tot es mou, con vistas a la Sagrada Familia, era empalagoso. En TV3 las retransmisiones se han olvidado del espectador no creyente o desvinculado de la Iglesia. Una audiencia, por cierto, a la que no han dejado muchas alternativas. El miércoles por la mañana el programa de Helena Garcia Melero, empapado de una especie de espíritu celestial, fue perdiendo el tono hasta desinflarse. La televisión pública no debería forzar esta trascendencia. Ésta es la tarea de la Iglesia, no de los periodistas. Incluso el equipo del programa parecía vestido para ir a un bautizo. Melero, conmovida e ilusionada, entrevistó a algunos expertos con un discurso más propio de la evangelización y el adoctrinamiento que de la voluntad de divulgar para el gran público. Nos han sometido a un curso intensivo y soporífero de catequesis, pero también muy revelador. “La persona que está visitando Catalunya y Barcelona, que tanto lo necesitan estos días, es precisamente Jesús”, nos llegaron a decir. La pedantería y el vacío de los mensajes, propios del autoayuda más elemental, conectan solo con los que ya están convencidos. Al resto, ánimos. Ya queda menos.